Javier Fernández, el operador judicial que sale de las sombras

El Auditor General de la Nación, histórico lobbysta de tribunales, declaró ante el juez Claudio Bonadio en la causa de los cuadernos, donde figura como receptor de supuesto dinero ilegal.

Por Ariel Zak - Para Tiempo Argentino
7 de Agosto de 2018

Javier Fernández tenía todo el poder acumulado en su teléfono. Le bastaba una llamada directa o a través de un intermediario para torcer el rumbo de una investigación judicial. Su agenda era inagotable. Jueces, fiscales, políticos. Podía llegar a todos con total discreción.

Pero ese poder se agotó. O al menos parece haber entrado en un período de severa crisis: su nombre, su dirección y algunas de sus características personales aparecieron en los cuadernos que el chofer arrepentido Oscar Centeno dijo haber escrito. Fernández figura como receptor del supuesto dinero ilegal que, según la causa judicial, movía el ex secretario de coordinación del ministerio de Planificación, Roberto Baratta. Este martes tuvo que declarar como imputado ante el juez federal Claudio Bonadio. (ver declaración)

Siempre odió que los sindicaran como operador judicial. De hecho, nunca quiso confesar en público que esa era su especialidad. Asegura que es un simple integrante de la auditoría general de la Nación y que la fama de influyente la carga desde que fue secretario de Rodolfo Barra en el Ministerio de Justicia durante la década menemista.

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Alguna vez, alguien que lo visitó en su despacho de la Auditoría General de la Nación le sacó algo parecido a una confesión. Corría la gestión kirchnerista y se decía que el joven secretario de Justicia, Julián Álvarez, recorría los tribunales federales de Retiro con el objetivo de jubilar a Fernández. “Hace años que no voy a Comodoro Py, no me hace falta", respondió el auditor molesto con el rumor.

Aunque no se reconocerá a si mismo jamás como un “operador”, nunca tuvo problemas en afirmar que ayudó a conseguir trabajo a muchos de los jueces que pueblan los tribunales federales de Retiro. Desde Ariel Lijo y Rodolfo Canicoba Corral hasta el camarista Martín Irurzun, dice en su entorno, todos necesitaron de sus buenos oficios. Al parecer con Bonadio la cosa es distinta.

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Como buen operador, nunca  le faltó un lazo fuerte con los servicios de inteligencia. Es amigo íntimo de Antonio “Jaime” Stiuso, el espía todo terreno que fue despedido del aparato oficial de inteligencia durante el último año de gestión kirchnerista. Esa relación era un secreto a voces que termino de blanquearse cuando Stiuso declaró en la causa por la investigación de la muerte del fiscal Alberto Nisman y dijo que consideraba como un mensaje para él un ataque armado contra el auditor Fernández.

Con el cambio de gobierno, o aún un poco antes, la figura de Fernández se desdibujó. “Ayuda a algunos políticos y a muchos empresarios”, decían poco tiempo atrás quienes siguieron tratándolo. Este martes su destino volvió a cambiar: regresó a Comodoro Py aunque creía que jamás volvería a hacerlo.

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