María Rosa Lojo: "Yo considero que soy una artesana de la palabra"

Escritora prolífica, acaba de publicar otra novela: Sólo queda saltar. Una conmovedora historia de inmigrantes protagonizada por dos chicas huérfanas que viajan desde la sofocante España franquista a la Argentina a reunirse con su tío.
(Foto: Tiempo Argentino)
Por Mónica López Ocón - monicalopezocon@gmail.com
23 de Diciembre de 2018

María Rosa Lojo confirma en cada nueva obra que estamos hechos de relatos, que éstos son nuestra mayor herencia y que también delinean nuestra identidad. Hija de padres españoles que llegaron al país huyendo de la miseria de la posguerra y de la asfixia de la España franquista, ha guardado para siempre la nostalgia paterna  de la tierra lejana y las historias familiares de las dos orillas. Estos son los materiales que reaparecen de manera recurrente en su escritura exquisita que va tejiendo como si se tratara de un encaje de bolillo. Sólo nos queda saltar (Santillana) es otro ejemplo de que al narrar su historia  familiar, narra un poco la historia de todos.

-¿Cuál es la gravitación que tiene en tu escritura y en tu vida el hecho de ser hija de inmigrantes?

-Fue constitutivo en mi vida. Marca de dónde viene uno, quién es y hacia dónde va a construir su vida. Mis padres eran españoles y llegaron a la Argentina por separado en 1948. Se conocieron acá. Ése es precisamente el año que elijo para la llegada a la Argentina de esas dos hermanitas de mi última novela, Celia e Isolina, aunque las circunstancias eran distintas. Mis padres eran personas que tenían más de 30 años. Si bien eran distintos en su formación, en su sustrato cultural e incluso tenían sus diferencias políticas, ninguno de los dos llegó pensando en quedarse en Argentina. Ambos vivían pensando en volver a España, si bien se habían ido de allí porque se sentían descontentos. España era sofocante y para mi padre era insoportable políticamente. Mi madre había tenido una pequeña librería en Madrid que había tenido que cerrar porque la posguerra era miserable, no había perspectivas. Pero pese a la atmósfera opresiva de su país, nunca dejaron de tener esperanzas de que hubiera otra vida mejor en el futuro. Siempre miraban hacia España. Recibían cartas, enviaban cosas. Mientras la Argentina estuvo bastante bien, mi madre nunca dejó de mandar paquetes de libros y revistas, porque nosotros producíamos lo que no había en España. La Argentina fue por un tiempo una potencia editorial.

-¿Cómo te afectó eso?

-Crecí con la sensación de que mi familia estaba de paso en este país, que mi patria de nacimiento era transitoria, pero que la verdadera patria -etimológicamente patria es  la tierra de los padres- era el lugar de donde venían ellos. Construirme una identidad argentina fue todo un trabajo personal. Durante bastante tiempo también viví con la idea de la transitoriedad de mi permanencia, de que algún día todos íbamos a volver. La realidad es que ellos nunca volvieron. Se enfermó Francisco Franco y luego se enfermó mi papá. Él pensaba regresar cuando Franco ya no estuviera en el poder, pero la vida le impidió concretar lo que había soñado con mi madre. Por mi lado, terminé la carrera de Letras, conocí a quien es hoy mi marido, me enamoré y me di cuenta de que yo tenía un arraigo en Argentina, que en definitiva yo había nacido acá. Pero siempre quedó una ambigüedad que, por un lado, era muy conflictiva y, por otro, muy rica. Mi mandato era volver al país donde no había nacido, regresar al país en el que nunca había estado. Eso aparece de manera muy explícita en mi novela en Árbol de familia y un poco en Todos éramos hijos. Fui a España pero para visitar, para honrar la memoria, pero volví a vivir acá. Creo que pertenezco a los dos mundos. Aprendí a ver esa hibridez, esa pluralidad de mundos como una riqueza, como un plus. Hay una frase de Isolina hacia el final del libro que es muy representativa de mí misma: “Cuando me voy nada dejo porque todo viaja conmigo. Soy la casa sin ancla, soy mi propia barca que cruza los abismos llevando la memoria de todas las orillas”. 

-Tus textos son líricos, rozan siempre lo poético. ¿Lo reconocés como un rasgo distintivo de tu escritura?

-Absolutamente. Además empecé escribiendo poesía. Mi lanzamiento público en el mundo literario fue con un premio de poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires en 1984. Creo que soy una poeta de la narrativa.

-Tus libros demuestran que hacemos nuestros los recuerdos de nuestros antepasados.

-Sí, estoy de acuerdo. Si los escritores tenemos alguna misión creo que es la de ser portavoces. A través nuestro pasan las voces de la memoria colectiva. Yo he vivido esto de una manera muy fuerte. Mientras escribía Árbol de familia por momentos sentí que me estaban dictando el libro, que otras personas estaban hablando en mí. Incluso volví a recordar palabras viejas, palabras españolas de mi infancia que no oía desde hacía años. Todo ese capital tan potente de relatos, de experiencias que se transparentaban no sólo en palabras sino también en gestos, en actitudes, en silencios creo que lo transmito en mi literatura, que pasa a través de mí. En ese sentido me siento muy humilde. No me considero la creadora de un mundo, sino que hay un mundo que está más allá de mí y que se encarna en los libros a través de mi persona. Hay una voz que me atraviesa.

-La inmigración nos dejó una marca de identidad.

-Sí, la inmigración creaba redes cuando no existía Internet. Eran redes de la memoria que se potenciaban por el silencio, por la dificultad de las comunicaciones. En mi casa se hablaba de “los de allá” como si vivieran a la vuelta y lo mismo sucedía del otro lado. La presencia de los ausentes era muy fuerte. En la novela, el tío Juan que se fue de su tierra muy joven en busca de progreso y logra su objetivo después de muchos contratiempos, se siente muy comprometido con estas niñas que son hijas de su hermana y que han quedado huérfanas  de padre y madre. El padre, un maestro republicano, ha muerto en la cárcel. Juan les ha mandado dinero para sostenerlas y ésta era una práctica muy común. El que lograba tener algo en América, mandaba dinero a la familia, enviaba lo que podía. Los que se hacían realmente ricos construían casas a veces muy lujosas en su tierra de origen y hacían donaciones importantes al lugar donde habían nacido. A veces donaban escuelas, bibliotecas o ayudaban a construir un hospital.  A estos inmigrantes que habían hecho fortuna, en Galicia, en Asturias los llamaban “los indianos”. Eran filántropos y querían dejar su marca en la memoria colectiva. Este fue uno de los lados de la inmigración, pero no fue el caso de mis padres que no se hicieron millonarios. También hubo historias muy tristes porque la inmigración también era un negocio y había empresas que ganaban mucho dinero aprovechando la situación, que a veces no era de hambre, pero sí de falta de horizonte. Para llegar a América había que tener el dinero del pasaje y de otros gastos y a veces la gente contraría deudas y esas empresas ganaban dinero.

-En el acápite de la novela decís que tomaste prestados los nombres de tus primas Isolina y Celia, pero también del personaje de Celia creado por la escritora Elena Fortún. ¿Qué admirás de esa escritora?

-Fue una escritora española identificada con la República que vino a la Argentina. Creó un personaje maravilloso que es Celia, una niña que se transforma en jovencita, una adolescente que tiene que cuidar de sus hermanos porque la madre muere. Sus personajes son muy parecidos a Mafalda. Mi madre tenía los libros de Elena Fortún y su personaje de Celia me deslumbró cuando era chica

-La tapa del libro tiene fotografías viejas. Aparece en tu novela, la fotografía del que partió a buscar fortuna. ¿Circulaban muchas fotos en tu casa?

-No, porque la fotografía era cara y en la zona rural era bastante poco común. Se hacían fotos sólo para los acontecimientos familiares importantes. Pero sí tiene importancia dentro de la novela la foto del tío Juan, porque los “indianos” cuando progresaban mandaban fotos a su familia. Eran imágenes que se producían con mucho cuidado, en las que los fotografiados usaban las mejores ropas. Eran toda una puesta en escena. De mi abuela Rosa, cuyo nombre llevo, no tengo casi ninguna. Su historia la cuento en Álbum de familia. Las que aparecen en la tapa de mi última novela no son de mi familia, sino del Archivo General de la Nación y fueron muy bien elegidas por quien tuvo a su cargo el diseño de la tapa, Florencia Gutman.

-¿Hay algo característico de los hijos de inmigrantes?

-Creo que quienes descendemos de inmigrantes cargamos con todo lo que nuestros padres y no pudieron hacer. Eso es la vez un acicate y una deuda. Yo, por lo menos, lo he sentido de una forma bastante fuerte. La vocación que tengo genuinamente fue alentada en mi casa. Mis padres hubieran querido estudiar, pero no pudieron. Cada vez que en mi vida tengo un logro, algo positivo, pienso en ellos, en cuánto les hubiera gustado enterarse y, de alguna manera, se los dedico.

-Celia e Isolina traen manteles con encaje de bolillo en su baúl. ¿Por qué reparaste en eso?

-Esa es una tradición que hoy está puesta en valor, son joyas. Yo soy una torpe total para tejer. A veces pienso que traslado a la literatura esas artesanías sutiles que no sé practicar con las manos. Coso y tejo con las palabras. Una investigadora de Brasil hizo una tesis de doctorado sobre las telas, los tejidos y las texturas en mi obra de ficción. Mi abuela quiso enseñarme, pero yo no aprendí. Creo que la deuda con ella por su esfuerzo la pagué con mi artesanía verbal. Proyecté en otro universo lo que ella quiso enseñarme. La literatura es un tejido de hilos múltiples, de bordados, de voces que se entrecruzan. Yo soy una artesana de la palabra.  «

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