“Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador b) embalsamados c) amaestrados d) lechones e) sirenas f) fabulosos g) perros sueltos h) incluidos en esta clasificación i) que se agitan como locos j) innumerables k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello l) etcétera m) que acaban de romper el jarrón n) que de lejos parecen moscas.» Es imposible leer estas palabras de Borges que pertenecen a «El idioma analítico de John Wilkins», sin sentir, como lo sintió Michel Foucault, que la lógica a que estamos acostumbrados estalla en mil pedazos y que la forma que tenemos de mirar el mundo y que lo que tomamos por “natural” es una construcción cultural arbitraria y caprichosa. Todos estaríamos dispuestos a pensar, por ejemplo, que el gesto para decir «no» es universal, se gira la cabeza a izquierda y derecha varias veces o se mueve el dedo índice como si fuera un limpiaparabrisas. Sin embargo, para un coreano serían gestos inentendibles, dado que para decir «no» en esa cultura hay que cruzar por la muñeca las manos desplegadas como si estuviera por hacer karate.

El libro de cuentos de Mariana Sández, Algunas familias normales, publicado recientemente por Cia. Naviera Ilimitada, muestra, precisamente, lo poco común que hay detrás de la gente llamada común. Y de lo poco común que es el sentido común. No porque, como suele decirse, sea el menos común de los sentidos, sino porque no es más que un conjunto de creencias cristalizadas resistente a ser puesto en cuestión. Una construcción cultural tan sólida que llega a pensarse natural, casi biológica, como nacer con dos brazos y dos piernas. ¿Qué puede derribar esta construcción y poner en evidencia su carácter de artificio? Quizá mirarla desde cerca con espíritu inquisitivo, o desde lejos con extrañamiento de observador en un terreno desconocido.  Pero, para compartir lo observado, quizá la forma más directa sea la ficción, porque, como dice la propia autora en un cuento que se llama “Literatura”: «la ficción es lo que no puede decirse de ninguna otra forma”.

-¿Estos cuentos fueron escritos antes de tu novela Una casa llena de gente?

-Sí, yo había publicado un libro de ensayo, luego los cuentos, en 2016, y después la novela. Pero para esta nueva edición agregué cuentos nuevos, los dos últimos. «Literatura» y «El sueño de Leila» que de algún modo están conectados con los personajes de la novela. “El sueño de Leila” es un desprendimiento de la novela. El otro era originalmente un diario de Leila, pero lo reconvertí. 

-Creo que en tus cuentos hay una ficción de lo que es la normalidad, de lo que es un amor, de lo que es la felicidad. Y, por lo general, esa ficción no tiene nada que ver con lo que sucede en la vida real.

-Para mí el concepto de normalidad tiene que ver con lo que decís: es un estereotipo, una estructura, una idea, una entelequia. Algo muy abstracto. Siempre me llamó la atención y me pregunté quién funda esas bases y por qué todos nos guiamos ciegamente por esos modelos, esos estereotipos. Me pasa también con el lenguaje. No sé por qué, pero desde muy chica me gustó llamar a las flores “piedades”, por ejemplo. Inventaba palabras para llamar a las cosas porque no relacionaba significado y significante, me preguntaba quién decidió que a las flores se las llama flores y no de otra manera. En Cien años de soledad de García Márquez hay un personaje que vuelve a nombrar todas las cosas y que me fascina. Siempre me pregunté quién tomó las decisiones que todos los demás seguimos.  En el fondo de los cuentos me parece que está esa pregunta.

-Mientras leía tus cuentos recordé la famosa enciclopedia china a la que alude Borges en El idioma analítico de John Wilkins y que fascinó a Foucault. Al leerla lo que se descubre es la artificialidad del mundo, la arbitrariedad de las clasificaciones que uno considera como algo natural.

-Claro, cualquier palabra podría estar en el lugar de cada palabra. Con las costumbres pasa lo mismo. ¿Quién decidió que ser flaco es lo lindo? ¿De dónde surgen los parámetros? Me impresiona que ninguno de nosotros se lo pregunte. Actuamos mecánicamente de acuerdo con lo que está preestablecido. No es que piense en eso cuando escribo los cuentos, pero siento como un «rum rum» que tengo en el fondo y que de algún modo determina lo que escribo. En la novela aparece el planteo de si tener un hijo o tener más. Dos de las protagonistas tienen una hija cada una y se sienten unidas en el cuestionamiento social. Eso lo viví. Yo tengo una hija y lo pasé. Me decían: ¿y el segundo? Se da por sentado que hay que tener más de un hijo y a mí me resultaba muy fuerte. Te miran como diciendo “pobre, ¿no vas a tener otro?” Todas estas cosas flotan alrededor de lo que escribo, aunque no necesariamente estén puestas así en la escritura. Pero, por supuesto, lo que escribo tiene que ver con mi forma de mirar el mundo.

-Además de cuestionar lo instituido, tus cuentos también cuestionan los límites entre la ficción y la realidad, si es que esta última existe.

-Sí, tal cual, si es que existe. Yo creo que no y, a la vez, que sí. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción o que la realidad es ficción. La situación que vivimos con la pandemia, por ejemplo, tiene vueltas de tuerca cada vez más delirantes. Ahora sale un crucero solo para vacunados. Es todo un delirio. Por lo menos a mí me marca estar dentro de la literatura o no. Cuando hablo de la realidad me refiero a la vida cotidiana que siempre me resulta más incómoda y forzada que estar dentro de la literatura. Las obligaciones, pagar, hacer trámites, el colegio de mi hija, todas estas cosas me resulta agobiantes: lo que no me sucede cuando estoy escribiendo o leyendo. Es en este sentido que distingo literatura de vida cotidiana.

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-¿Cuáles son los disparadores de tus cuentos? Creo que con el referido al acta de la reunión de consorcio nadie que viva o haya vivido en un departamento puede dejar de sentirse identificado.

-En cada caso es distinto. En ese caso fue por acumulación de todas las reuniones de consorcio ridículas a las que fui. Vi un acta que decía cosas obscenas, grotescas. Eso y todas las otras reuniones vividas se enlazaron y fueron el disparador. Cada personaje de ese cuento habla de la soledad, de lo egoístas que somos como sociedad. A cada uno le importa lo suyo exclusivamente, ninguno piensa en el bien común. En cambio, “Para que no sobre tanto cielo” se desprendió de una frase que escuché en un parque donde un chico estaba sacando fotos y el padre le enseñaba cómo hacerlo, justamente para que no sobre tanto cielo. Me apropié de la frase, que me pareció magnífica. Eso se me junto con una escena que había visto en que una enana se despedía a su padre y a partir de allí construí la historia. “Las hermanas Requena” está basado en una profesora que tuve que era así. Iba siempre del brazo de su hermana. Eran idénticas. Mientras la que iba a la facultad daba clase, la otra la esperaba afuera. De ellas no sabía nada, solo las veía llegar, irse y a veces comer en el bar de enfrente. La muletilla de la profesora era “Dios mediante nos vemos la próxima clase”. Luego ligué ese recuerdo con el personaje de un violinista que existe o existió en Belgrano. Es una especie de homeless, de linyera tal como lo describo en el cuento. Por una razón que no podría explicar, se me juntaron esos personajes. “Diario de un animal” es el producto de un sueño. En las escenas más ridículas me aparecen mensajes y a veces construyo las historias desde allí.

– En “Literatura” te referís a todas las vidas que uno lleva y que son paralelas a la vida “real”. También hablás de lo que llamaría “el estado de escritura». ¿Cómo surgió este cuento?

-Comenzó con una protagonista de Una casa llena de gente que mantenía un diario, que finalmente no entró en la novela, y que reutilicé en el cuento incluyendo el tema de la pandemia. Esa protagonista de la novela está muy atravesada por la literatura, es como si todo lo percibiera tamizado o condicionado por sus lecturas. Por eso en una nota se dijo que es de esos personajes cuya cabeza funciona a partir de lo que leyeron, como El Quijote o Madame Bovary.  Y sí, habla, como decís, del estado de escritura. No solo porque habla, como dice Vila-Matas, del “planeta paralelo”, sino porque es como si ese personaje solo viviera dentro de los libros.

-¿La literatura es una enfermedad, como el mal de Montano del que también habla Vila-Matas, que se contrapone a la “normalidad”?

-Se armó un reguero de pólvora con eso de la literatura como enfermedad, de lo que Vila-Matas se arrepintió un poco. La palabra «enfermedad” tiene una connotación negativa, pero habría que pensar otra palabra, quizá “obsesión”, una necesidad muy vital. A mí me gustan mucho los autores como Vila-Matas o Eduardo Berti que hablan de literatura mientras hacen literatura. Y aún si quisiera escribir sobre otro tipo de personajes, no sé si podría. Durante muchos años corregí libros de artistas y trabajé en museos. Quizá por eso me resulta difícil hablar de un tipo de persona con una profesión u oficio considerado “normal”. La literatura es un juego. Aún en las situaciones más complicadas he pensado “esto me sirve para escribir”.

La literatura como artificio y como juego

«Me gustan los autores como Perec», dice Mariana Sández. «Él, a diferencia de Vila-Matas o Berti, no necesariamente habla de literatura, pero siempre está poniendo por delante el artificio. Ya cuando pone un título como  La vida, instrucciones de uso está tratando el libro como si fuera el manual de una heladera. Lo mismo hace en Especies de espacios o Tentativas de agotar un lugar parisino.  En él también se mezcla el ensayo, el pensamiento o, para decirlo de otro modo, la no ficción con la ficción.  Estos autores muestran que la literatura es un artificio y eso es lo que a mí me gusta. Poder jugar con eso me divierte.»

«Yo lo que quiero es escribir, no me importa hacer el esquema previo. Me da fiaca, no se me ocurre otra palabra que no esté relacionada con la pereza. A veces me reprocho el gusto de improvisar cuando escribo. Me gusta aprender mientras escribo, me gusta que la historia me sorprenda a mí. Eso es lo que más disfruto, que de repente se me ocurra un juego con algo, ya sea una palabra, una situación, un personaje que no había considerado. Escribo para saber qué quiero escribir. Como dice Marguerite Duras: ‘escribir es descubrir lo que escribiría, si escribiera’.”