Mentiras deslavadas

(Foto: Xinhua)
Opinión
Por Fernando Rabossi - Universidad Federal de Rio de Janeiro
17 de mayo de 2020

Carlos es ingeniero de la armada brasilera, con maestría en la universidad donde doy clases. Surfista, vecino amable aquí de Laranjeiras, Rio de Janeiro, Es un crítico apoyador de Bolsonaro pues se considera más de centro. Días atrás me mandó un video por whatsapp donde un “periodista argentino” denunciaba que el día 7 de abril, George Soros había llamado a Alberto Fernández antes de su reunión con los gobernadores para convencerlo de no levantar la cuarentena; algo que aparentemente ya estaba decidido. Según el “periodista”, Soros se comprometía a ayudar a Argentina si el país mantenía la cuarentena, ayudaba a desestabilizar al gobierno de Bolsonaro, aprobaba el aborto, implementaba la reforma educativa basada en principios de género de vanguardia y permitía el ingreso de una farmacéutica española dedicada a la producción de plasma anti-coronavirus que él controlaba.

Le respondí a Carlos que el periodista argentino no era tal sino un militante de ultraderecha y coordinador del grupo antifeminista “Libertad y equidad”. Que no había ningún consenso antes del 7 de abril para levantar la cuarentena (el presidente había sido entrevistado casi una hora en TN el día antes y era claro que la cuarentena continuaría). Por último, que la satanización de Soros era el producto perverso de las estrategias de marketing de la ultraderecha en Hungría reproducidas en el mundo, tal como el economista y periodista Hannes Grassegger ha demostrado junto a los marqueteros que produjeron esa campaña. Los mismos marketeros de miembros del Partido Republicano, de Netanyahu y de Orban, dicho sea de paso. El detalle es importante por el principio que guió esa campaña y que guía la lógica trumpiana y bolsonarista: lo que importa es tener un enemigo y si no lo tenés, hay que inventarlo y sustentarlo. 

Carlos se sintió incomodado con lo que parecía un engaño por parte de los que habían amplificado esa noticia. La misma había aparecido en una página de “noticias” llamada Estudos Nacionais, y el título decía “Soros promete ajudar Argentina se Fernández prejudicar Bolsonaro e prolongar quarentena, afirma jornalista.” “Por qué colocan esas cosas?”, me dijo, “yo no conozco nada de tu país, por ese te mande.” Sin embargo, terminó la conversación dudando de que podamos responder a la pandemia utilizando las mimas estrategias en todos los lugares ya que cada país es un mundo diferente. Algo así como que “hasta podría aceptar que la cuarentena no es producto de una conspiración, pero no puede ser la única salida”.

El site Estudos Nacionais es formado por olavistas convencidos – seguidores de Olavo de Carvalho, el gurú del bolsonarismo – y hace parte de una red ya consolidada de producción de noticias alternativas a lo que ellos llaman de “extrema-prensa”: todos los medios de comunicación que no son bolsonaristas. Esa red pública es el lado visible de un conjunto más amplio de redes sociales que diseminan informaciones falsas o tendenciosas cotidianamente, potenciada por robots y por miles de personas.  Redes que son la base militante de sustentación del bolsonarismo. Como uno de los hijos de Bolsonaro lo expresó de forma clara hablando de los actos contra el parlamento y la corte suprema en la que su padre participara: “O Brasil vai ser salvo é pela "tia do Zap, sabe?"

De hecho, parte de la crisis enfrentada por el gobierno es el avance en las investigaciones sobre noticias falsas tanto en la Corte Suprema de Justicia como en el Parlamento. La primera, a través de una investigación solicitada a la Policía Federal para investigar la producción de noticias falsas y de amenazas contra la Corte. La segunda, a través de una investigación de una comisión parlamentar sobre el uso de noticias falsas en las elecciones y posteriormente.  Ambas investigaciones apuntan a uno de los hijos de Bolsonaro como el organizador del llamado Gabinete del Odio, un conjunto articulado de actores financiados para atacar, destruir reputaciones, amenazar e intimidar.

Nada que sea novedad. De hecho, es la estrategia olavista de lidiar con discusiones. El periodista Denis Russo Burgierman participó del Curso On-Line de Filosofía (COF) de Olavo de Carvalho, que ofrece desde Estados Unidos y cobra por cada participante. Denis cuenta que frente a la pregunta de una alumna de cómo combatir el marxismo cultural, Olavo respondió: “No busque discusión de ideas. Investigue alguna putería del sujeto y destrúyalo. Esa es la norma de Lenin: no discutimos para probar que el adversario está errado. Discutimos para destruirlo socialmente, psicológicamente, económicamente.”  Dónde Lenin dijo eso, no sabemos. Pero para el olavismo, esa es la estrategia de debate político.

Esa estrategia se inserta en un fundamento singular. Tal como Arthur Hussne Bernardo lo describe en su artículo Olavismo e bolsonarismo, el olavismo es “una síntesis entre paleo-conservadurismo norteamericano, reaccionarismo romántico europeo y elementos filosóficos-aristotélicos tomistas. Súmese a esto indicaciones bibliográficas abundantes, sensacionalismo ofensivo y elocuencia verbal.”  Su objetivo: “reconfigurar el campo discursivo, las posibilidades culturales y el horizonte de lo que es aceptable o inaceptable en la esfera pública.” ¿Su efecto? “Bajo el pretexto de crear una derecha que no existía en el país, Olavo dio legitimidad a un movimiento que expresa lo peor que existe en la sociedad brasilera: preconcepto, violencia, presión, ultraje a las instituciones, odio político – todo autorizado debidamente por una supuesta autoridad filosófica de primera orden. Es el empoderamiento de la barbarie.”


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