"Siempre guardo un cariño especial por esa parejita"

El revelador testimonio de un compañero de armas del coronel Perón sobre el encuentro que cambió para siempre la historia de la Argentina.
Por Pedro Saborido - Escritor, guionista y humorista
5 de Mayo de 2019

 Sólo sabrás

Que yo puedo amarte

Cuando te dé

Lo que no quiero darte

Enrique Cadícamo

Yo estuve ahí

Dado que la mayoría de los seres humanos deciden formar una pareja, es de suponer que la misma reporta beneficios para sus miembros. De todo tipo: sexual, afectivo, existencial, social, etc. La colaboración mutua, el proyecto común, el intercambio y la satisfacción de demandas también pueden ser parte de lo que se busca al formar una pareja.

La verdad es que uno se siente bien cuando por ahí, un poco, hace de Cupido. Digo, cuando pone su pequeño tornillito, o una arandela digamos, en la máquina del romance. Y ahí junta dos almas.

Porque yo estaba esa noche en el festival solidario por el terremoto de San Juan. Yo era coronel y me crucé con Perón, que también era coronel. Nos saludamos como nos saludamos entre coroneles, que es un saludo muy especial. Un leve toque de puños en paralelo, luego giramos sobre nosotros mismos moviendo los brazos e imitando a una gallina y terminamos con tres choques cortos de glúteos. El último un poco más intenso. Y ahí nomás, en confianza, ya saludados, resulta que Perón va y me dice:

–Che, estuve hablando con esa mina que esta allá…

–¿Cuál? –pregunté yo.

–La rubia…

–Ah, la actriz… Ema Duarte.

–Eva… no Ema. Se llama Eva.

–Es lo mismo… ¿Y?

–Y… me gusta.

–Y dale para adelante, entonces, che. No seas otario… Invitala a salir.

–Sí, la invité a salir… pero no sé…

–¿Por?

–Le pregunté si quería ir al teatro o al cinematógrafo… o qué le gustaría hacer después de cenar…

–¿Y qué te dijo?

–Que le gustaría cenar, salir a tomar un helado, y después armar un movimiento político de masas, que tuviera como eje una auténtica reivindicación de las clases más humildes. Que luche ferozmente contra la oligarquía, organizando a millones de obreros a través de sindicatos, como fuerza y motor de una revolución que lleve a la construcción de una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

–Y…  ¿antiimperialista también ese movimiento?

–Obvio. No quiere saber nada ni de yanquis ni de marxistas.

–Y bueno. Hay que ver las cosas que hacemos los hombres con tal de conseguir horno para el peceto, darle agua a la merluza, y frotar la franela para sacarle lustre a la berenjena. Es así. Hay que poner el alpiste si querés que el canario cante.

–Pero… ¿te parece que puedo? Yo podría llevarla a bailar… Cuando me dijo eso, medio que me rajé para acá… No sé si volver. Y ahora me está mirando.

–¡Pará, belinún! Vas a quedar como un chambón, un pajarón, un pipistrelo. Mirá… A las mujeres les gusta siempre algún halago, una cortesía. Y, obvio, ver que el hombre hace "un esfuercito" para conquistarlas. Y si ella lo único que te pide es ir a cenar y después cambiar para siempre la historia de la Argentina, introduciendo un componente reivindicativo en las clases obreras que, acompañadas por sectores nacionales de la burguesía, desarrolle una épica de lucha contra el imperialismo y sus agentes locales, siempre en defensa de un pueblo a desarrollarse en todos sus potenciales, y que en el futuro sea el eje de toda disputa política aun haciendo despertar la parte más cruel de los intereses del imperio, que está dispuesto a la peor de las represiones para seguir con sus objetivos… ¿qué querés que te diga?

–Decime.

–Y... si te gusta la piba… ¿qué te cuesta darle un gusto?

–¿Te parece?

–Por supuesto. La historia vale un buen polvo…

–Eh… che… más respeto –se molestó un poco Perón.

–Estoy hablando de sexo con amor… con amor, che –dije yo sonriendo, suavizando la situación. Y le recomendé:

–Andá. Jugatelá, no seas bólido.

–Bueno, ahí le voy a decir... –me dijo , y fue hacia ella, todavía un poco temeroso.

La cuestión es que los vi irse muy sonrientes. Dos días después, me encontré con Perón. Me dijo que habían ido a bailar. Y en el medio de un bolero, le susurró dulcemente al oído el nuevo Estatuto del Peón, además de la idea de un salario anual complementario al que le iba a poner "aguinaldo". Por supuesto que ella se mojó toda. Y ahí siguió la cosa.

Yo me distancié un poco después, y colaboré desde mi puesto en el Ejército en la coordinación de las fuerzas aeronavales que bombardearon Plaza de Mayo en el '55. Pero más allá de eso, siempre guardo un cariño especial por esa parejita.

(Testimonio del Cnel. Atilio "Hijo de Puta" Rojete,                                   Vida amorosa de los enemigos a fumigar, Editorial Perpetrar, 1957)                                  

Análisis y reflexión

Si usted ya pensó algunas cosas después de leer lo anterior, dése el lugar para luego darle crédito a lo siguiente.

Clarisa Praga y Danilo Rosendo, antropólogos y politólogos, conversan:

     

Praga: –El pedido de Eva es de corte romántico. Así como la princesa necesita del héroe, del caballero que vence dragones para rescatarla, Eva pide vencer a la oligarquía. Luchar contra ella es la prueba de amor que exige. 

Rosendo: –Prefiero ver no un pedido de Eva sino un ofrecimiento: armar una familia. Eva es hija bastarda. De ahí su necesidad de ser híper-madre. Reproducirse en una masa gigantesca de hijos. Volver siendo millones de hijos.

Praga: –Creo que el peronismo es un deseo de Eva, más que un logro de Perón. Ella agita el 17 de octubre. Lo obliga a Perón a no renunciar, a seguir adelante.

Rosendo: –No es un deseo de Eva. Es una familia de ambos. De ahí la empatía de millones que los ven empáticamente como una madre y un padre.

Praga: –Eso implica que subyace la posibilidad del conflicto de la familia primigenia: el conflicto de Caín y Abel.

Rosendo: –¡Opa! No lo había pensado. 

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