Suicidios juveniles: cuando no hay salida entre la presión por llegar a Primera y la desilusión por quedar libre

Con 111 días de diferencia, dos chicos se quitaron la vida después de que sus clubes los dejaran libres. De cada 100 pibes de inferiores, sólo tres logran convertirse en profesionales: a los otros 97 el ambiente del fútbol les da la espalda, desentendido ante temas tabú.

(Foto: Pablo Barruti)
12 de septiembre de 2020

Alexis Ferlini era arquero. Nacido en Santa Tomé, en las afueras de Santa Fe, le decían el Pulpo. Tenía 19 años. Había llegado a principios de 2019 a las divisiones inferiores de Colón. Suplente, quedó libre a fin de año. En pleno encierro forzado por la pandemia, el 15 de abril se suicidó en Buenos Aires. Había buscado ingresar en Arsenal y Platense, mientras esperaba el envío de su pase. “El bajón de Colón lo rebalsó –expresó Ariel Ferlini, su padre–. Los dirigentes de Colón no saben el daño que les causan a los chicos, cuando en otros clubes los tienen como tiene que ser”.

Leandro Latorre era delantero. Le decían el Polaquito. Tenía 18 años. Había llegado a Aldosivi en 2017. Siempre titular, el club lo dejó libre en diciembre después de que le sacara a mitad de año el lugar en la pensión, lesionado y a 924 km de su pueblo. El 4 de agosto se quitó la vida en Ingeniero Huergo, provincia de Río Negro. Dejó escrito en una carta que sus cenizas fueran esparcidas en Mar del Plata. Por Aldosivi.

Con 111 días de diferencia, dos chicos se suicidaron después de ser descartados por el fútbol.

De los que empiezan a jugar en las inferiores de AFA con 13 años en Novena División, sólo entre el 3 y el 4% se convierten en futbolistas profesionales. El 97% (no solo) queda afuera del sistema. Después de no “llegar”, aparece un combo: desilusión y depresión. Rafael Crocinelli, licenciado en Comunicación por la Universidad de La Plata, escribió Cuerpos que (no) importan, tesis próxima a editarse como libro. Hizo una veintena de entrevistas entre juveniles que quedaron libres de Estudiantes de La Plata, futbolistas profesionales y entrenadores. También vivió en carne propia ese vacío: jugó hasta la Cuarta de Sarmiento de Junín. “No se pueden realizar generalizaciones, pero los chicos decían que el mundo se les venía abajo, que se sentían inservibles y sin plan B, que no se veían fuera del mundo del fútbol. Y manifestaban cierto enojo con el club por el desagradecimiento. No se los prepara, al igual que cuando llega el retiro”.

“Si no se rompen el culo, van a terminar igual que Latorre”, les advirtió Fabio Radaelli, actual coordinador de las inferiores de Aldosivi, a otros juveniles en el entretiempo de un partido, delante de Leandro Latorre. Terminar como él: sin pensión, casi libre. “Por detrás está la presión de los clubes, el maltrato, el 'no digas nada porque si no, no vas a ser citado para jugar'. Toda tragedia deja una enseñanza”, dice Sergio Latorre, el padre de Leandro. “Llegó a fin de año con un desgarro de un centímetro y medio en el isquiotibial. Entregó todo dos años y medio y vio injusto que por medio año lo sacaran de la pensión y lo dejaran libre. Su gran dolor fue no tener revancha, aunque sabía que era un número. Estos casos son extremos, pero muchos chicos quedan con daños psicológicos. Te exploto, te exprimo, te saco todo el jugo, pero tu cáscara no sirve para nada. El trabajo tendría que enfocarse más en los chicos que no llegan a Primera”. A diferencia de otros padres, Sergio Latorre dice que no quería que su hijo se dedicase al fútbol profesional. “Hay algunos padres que quieren un Messi. Otros no queríamos ni siquiera que jugara y mirá lo que nos toca”. Pero lo apoyó porque se divertía. Sin pensión, le alquiló un departamento en Mar del Plata. “Leandro y yo sabíamos que si no rendís, podés quedar libre. Pero hay formas. Radaelli no puede tener más contacto con los chicos. Nunca me atendió el teléfono. Hay cosas que no se hacen. Si corresponde, pediré una medida cautelar”, sostiene Latorre, juez de paz en Río Negro.

Ahora, Radaelli marca que, cuando se suicidó, Leandro Latorre ya no era jugador del club. “Son decisiones muy difíciles dejar libre a un nene. Es una profesión para nada fácil. Nos cayó tremendo”, dice el coordinador de las inferiores de Aldosivi. “Trabajo desde el año 2000 y es la primera vez… Te diría que no me tocó nunca. No es que quedó libre el 1 de diciembre y eso fue el 3. En el fútbol se sabe todo… ¿Se ha suicidado más gente cuando la dejaron libre o cuando se pelearon con la novia?”, pregunta Radaelli, y agrega: “He optado por el silencio y el respeto. Me he sentido injustamente maltratado. Sé cómo actué en toda mi carrera”.

El fútbol suele hacerse el desentendido ante temas tabú. Mirar para el costado y echar culpas. No cuando un jugador debuta en Primera, es vendido a Europa y juega un Mundial. Ahí aparecen los “descubridores”. Pero no todos los que participan de la “picadora de carne”, como dice José Alonso, vicepresidente de Colón, último club de Ferlini. “Es cierto que hubo una demora en la libertad de acción –admite Alonso–. Pero es injusto endilgarle la causalidad a Colón. No sé cuál habrá sido y si hay una sola. El chico jugó sólo un año y claro que es muy doloroso. Si el 97% que queda libre hiciera esto, tenemos que irnos todos. El jugador sufre mucho de chiquito. Y la sociedad no sólo te margina: te castiga. No sé qué pasó con Ferlini, pero hay padres que también tienen que asumir responsabilidades…”.

El entrenador de las inferiores de Colón pide reserva. Y, como Radaelli, repite que, cuando se suicidó, Alexis Ferlini no era jugador del club. “Todos los años dejamos libres a chicos, y por uno o dos casos no podemos hacernos responsables de los problemas personales. Hay padres separados, decepciones amorosas, inconvenientes escolares. No siempre es la frustración deportiva. Hay países que tienen una tasa muy alta de suicidios juveniles y no son futboleros. En todos los clubes de AFA trabajamos la parte mental. Con coaching, con psicólogos deportivos, con gente de experiencia. En la vida son más las que se pierden que las que se ganan. Y tenés que preparar a todos también para lo que no es”.

Rubén Rossi salió campeón juvenil con la selección argentina en el Mundial de Japón 1979. Con Diego Maradona de compañero. Y trabajó como coordinador de inferiores en Unión de Santa Fe, River, Quilmes y Colón. “En el fútbol formativo no están dadas las condiciones ni la infraestructura para contener este tipo de casos. No pensemos en River y Boca. Pensemos en el resto”, dice Rossi, y puntualiza: “A veces necesitás un preparador físico más y te lo niegan. Imaginate si le decís que necesitás tres psicólogos, dos asistentes sociales, dos psicopedagogos. Y si se traen, siempre es apuntando a maximizar el rendimiento deportivo, no pensando en el chico que circunstancialmente juega a fútbol desde el aspecto humano. No sé si los protegemos tanto. Y hago un mea culpa. Todo está apuntado al rendimiento deportivo. Entrenamiento, comida, psicología. Y el hombre que es un niño que juega al fútbol, ¿a quién le importa? A nadie”. Cuando trabajó en River entre 2002 y 2005, Rossi, actualmente asesor de Conmebol y profesor en la Universidad del Litoral, logró crear una bolsa de trabajo a través de un convenio con la Universidad del Museo Social Argentino para aquellos que discontinuaran la práctica del fútbol. “La responsabilidad mía son los que no llegan –resalta–. Siempre se hacen cargo de los que 'sacaron'. Por eso es tan importante acompañarlos a los que no llegan. Y no sé cuántos clubes se ocupan. El futuro de los niños es hoy, como decía Gabriela Mistral. El huevo de la serpiente hoy no está en el fútbol juvenil: está en el infantil, porque los hacen 'trabajar' y no jugar”.

Entrenadores de Boca y Estudiantes de La Plata que les hablan de “trabajar” a pibes que pasan pruebas límite. Padres que insultan al borde de la cancha de baby. Chicos que lloran. Que no terminan la secundaria. Que les muestran que pueden “valer” millones (o nada). Representantes que exigen porcentajes del pase. Familias necesitadas. El sufrimiento por el desarraigo de los que viven en la pensión. Y cómo se dejan libres a juveniles, esos martillazos en la cabeza. “¿Carballo también?”, les pregunta Claudio Vivas, coordinador de las inferiores de Estudiantes entre 2004 y 2007, a los entrenadores con el listado en la mano de los jugadores que van a quedar libres. Y remata: “Pobre Carballo…”. Más adelante, Vivas llora en soledad después de dejar libre a un chico. Son escenas de un documental de Sergio Iglesias que expone la realidad de una industria que en 2020 produjo suicidios juveniles. Es de 2007. Se llama Argentina y su fábrica de fútbol.

Tiempo Audiovisual

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