Vitillo sonríe. Saca zapateos desde el fondo más profundo de su corazón y cuando no zapatea, se abraza al bombo y también saca esos sonidos secretísimos. En los golpes, están sus hermanos, sus papás, su vida en Santiago del Estero, su adolescencia en Buenos Aires, sus viajes por Japón, por Nueva York, por el mundo; están otra vez sus hermanos ahí, acompañándolo. Entonces, Vitillo vuelve a sonreír.

Si hay una palabra que lo define es vitalidad, y claro, humor. Ese humor irónico, observador y en voz baja que caracteriza a los norteños y enamora. No hay uno sólo de estos detalles que no se vean en Ábalos, historia de cinco hermanos, una realización de Josefina Zabalía Ábalos y Pablo Noe y que tiene como protagonista a Vitillo Ábalos y su sobrino nieto Juan Gigena.

El mismo apellido tantas veces en la misma realización no es casual. Josefina y Juan son sobrinos nietos de Vitillo, el hermano número cuatro de esa familia santiagueña que sentó las bases de la música popular argentina. El proyecto surgió con la idea de rescatar y revalorizar una historia única: cinco hermanos que dedicaron 50 años ininterrumpidos de su vida a la música.

No hay nadie que alguna vez en su vida no haya escuchado alguna creación de los Hermanos Ábalos. La obra de los músicos permanece intacta no sólo en grabaciones sino también en las nuevas generaciones que siempre rescatan algunas de sus canciones.

La película emociona de principio a fin. Pero con esa emoción que alegra. Alegra la vitaldidad de Vitillo, alegra el tierno ímpetu de Juan y alegra sobre todo ese encuentro musical entre este bombisto criollo y el violero rockero, (Juan es guitarrista de la banda Ciro y los Persas).

Vitillo ensaya un chiste ante Juanjo Dominguez y luego se somete a la dirección de Roger Waters. Con la sapiencia de un hombre que viajó con su música a Japón, a Brasil, a Nueva York, que compartió cartelera con los mismos Beatles pero sobre todo que pisa un escenario con la fuerza ancestral de la música de sus pagos.

Así se cuenta la historia en la película dirigida por Josefina Zavalía Ábalos y que fue presentado por primera vez en el Festival de Cine de Mar Del Plata acompañada de una marcha de bombos. Llegó a Buenos Aires luego de una gira que arrancó en Santiago del Estero pero siguió para Tucumán y luego para Jujuy. Esto recién empieza.

“Amo lo que hago”, repite Vitillo. Está junto a Josefina en su departamento rodeado de instrumentos. La charla está llena anécdotas que tienen siempre un remate profundo, con esa forma filosófica de pensar de quienes pasaron muchas emociones. Vitillo tiene 96 años en el documento, pero sólo en los papeles. Cuando habla, cuando baila, cuando ríe, cuando toca, se enciende y esos años no pesan, todo lo contrario, son recuerdos de alegrías pasadas y futuras. “Siento que esto que vivimos es una caricia al alma, así lo siento”, contesta cuando alude a todo lo que está pasando con este film. En esa misma línea, Josefina afirma, “el corazón se pone contento y eso en parte es por saber que la obra de mis abuelos es reconocida, querida, admirada y bien agradecida. Este proyecto es una misión cumplida”.

El filme se estrenó hace unas semanas y todavía se puede ver hasta el sábado 30 de junio en el cine Malba. Un día antes, el film será declarado de interés cultural en un acto en el que participarán los realizadores de la película, se realizará una proyección y habrá varios músicos invitados.

–¿Qué se generó en estos años de grabación? ¿Qué pasó entre ustedes?

Josefina Zabalía Abálos:– Para mí fue un redescubrir a Vitillo conocerlo profundamente, empezamos a compartir muchos momentos de alegrías, grabaciones del Disco de Oro, viajes a Santiago del Estero adonde lo acompañamos, coberturas a sus shows, estar en sus 90 años. Era una cámara en su vida, para mí fue una felicidad enorme, fue reconstruir la relación que tuve con mi abuelo Roberto, con su hermano. Este proyecto en lo personal fue un reencuentro con los Hermanos Ábalos y a través de Vitillo con mi historia familiar, con esta alegría de llevar esta historia para las viejas y nuevas generaciones.

Vitillo Ábalos: –Los nietos de mis hermanos Roberto y Machingo me eligen a mí para hablar de cinco hermanos. Al principio dudaba si es que yo podía ser útil, sin querer me subestimo. Al final entre los dos me convencen en iniciar el proyecto que duró como ocho años. A medida que íbamos actuando o filmando empecé a darme cuenta de que sí, era una obligación hacerlos quedar bien a todos mis hermanos y a nuestra historia. Y poco a poco se fue realizando el proyecto y cada vez nos entusiasmábamos más. “¿No te cansas?”, me preguntaban. “No, no me canso”, “¿Por qué?” “Y porque me encanta lo que hago”, les decía yo. Con el tiempo despacito fue armándose un pequeño esqueleto y había que rellenarlo. En ocho años salió lo que queríamos.

-¿Qué pasó la primera vez que lo mostraron?

-Esa fue otra historia. En Mar del Plata vi Historia de cinco hermanos y ahí me di cuenta de todo, de que todo eso que había que hacer, ya estaba hecho. Veo que en la película hay mucha docencia, hay mucha emoción y muchas cosas muy lindas, en vida agradezco la idea de mis sobrinos nietos, Josefina y Juan Manuel. No hubo ensayo, directamente “¡Acción!”. Hubo una armonía constante, en ningún momento se discutió ni se exigió nada. Fue como hecho en casa.

–¿Le gusta verse en la pantalla?

–No es la primera vez. Pero siempre es un agrado que me pidan mostrar lo que hago, que me distingan. Me agrada porque soy consciente de que todavía puedo ser útil a la sociedad. Me gusta la docencia y no solamente se enseña de persona a persona cada vez que se enseña uno también va a prendiendo, en 60 años hemos aprendido mucho. Preguntando, viendo. Cuando tenía 11 años y mi hermano Machaquito, 10, allá en Santiago del Estero, don Andrés Chazarreta, golpeó las puertas de la casa y le pidió permiso a mi mamá para que nos incorporemos al elenco infantil de danzas nativas. Estuvimos ahí dos años. Sin saber, yo estaba aprendiendo a amar nuestra música y a la danza. A veces uno no sabe que está guardándose recuerdos y así aprende. A los tres años vi bailar una zamba a papá y a mamá y yo creía que no tocaban el piso.

-Pero después se trae todo eso a Buenos Aires

-Tuve varias etapas, y esa fue muy dura: la segunda casa en Buenos Aires, para sostener los estudios universitarios de mis hermanos. Económicamente era lo que más convenía. Yo estuve dos días sin salir a la calle por miedo a que me pise el tranvía. Creo que en ese momento Santiago tenía 40 mil habitantes siendo generoso, entonces yo pasaba unas añoranzas y unos lloriqueos, semejante traslado a esta ciudad muy cosmopolita, oía hablar idiomas extraños, hasta que de a poco me incorporé a esta sociedad

–En tu caso Josefina, ¿qué cosas provocaron el reencuentro con tu historia?

JZA:–La música. Esa casa en la que nací y crecí. Si bien yo era chiquitita y no tengo recuerdos concretos, cuando escucho la música siento todo: la forma santiagueña de hablar como si yo hubiera nacido en Santiago, los olores, las comidas, esta idea de una casa donde entra y sale gente todo el tiempo y donde las puertas están abiertas para todo el que quiera estar y compartir. Por un lado la música es lo principal que me lleva a descubrir esta historia y luego dimensionarla. Haber nacido en esta familia y el haber compartido con mi abuelo y sus hermanos para mí era algo natural, ¡eran mis abuelos! Unos personajes extrovertidos, que contaban cosas que uno piensa “será verdad”? Después de grande dimensioné la historia y la obra… “Ah, eran los hermanos Ábalos, eran mis abuelos pero también eran los hermanos Ábalos”, me dije. Ahí empecé a entender que de alguna forma la obra de ellos está en el imaginario de todos, está en una zamba, en una chacarera, todavía la obra de ellos no estaba del todo dimensionada en la historia escrita de la música argentina. Los Ábalos pertenecen a la parte fundacional de la música argentina después vino el boom de los 60, Cosquín, y esta parte quedó un poco eclipsada o a la sombra, esperando ser redescubierta. Nuestro sueño con Juan (Gigena Ábalos) fue traerla de vuelta al siglo XXI que las generaciones se enteren de esta historia única en el mundo, cinco hermanos, 60 años toda la vida sin interrupción difundiendo la música del pueblo, eso no existe. Fue redescubrir la música y a ellos como los Hermanos Ábalos, conjunto fundacional en la historia de nuestra música.

–Usted Vitillo, ¿cuándo se dio cuenta lo importante que eran ustedes para la música

VA: –Todo empieza en nuestra casa, Avellaneda 313 y en la misma cuadra el teatro 25 de Mayo y a la vuelta la casa de los Taboada, en 1900 y pico. Todo empieza despacio en casa no había celular ni computadoras y los muchachos mayores se reunían en casa, 19 a 20.30 bombo guitarra y piano. Yo no sabía que estábamos guardando recuerdos para cuando tengamos cierta edad sea útil. Aparezco ahora en Buenos Aires, había un lugar que queríamos tocar pero no nos contrataban, ahí es cuando me llaman para la película donde aparezco con barba como si fuera grande. En una casa de amigos comunes conocemos a un muchacho de apellido Pueyrredón que era director de Radio El Mundo, le gustó lo que hacíamos y nos contrató. Fue un gran trampolín porque no había información en los diarios, pero gustó lo que hicimos y empezaron a salir contratos. Más que interesarnos la plata estábamos felices de que nos oigan. Ahí vinieron los viajes, a Río de Janeiro, a Japón, a Nueva York.

–¿Qué le pasa cuando se encuentra con los músicos más jóvenes?

VA: –Yo les digo a los jóvenes que tienen buen timbre de voz estudien. Por ejemplo, a vos te duele la muela, que haces, vas a un dentista: escuela primera, secundaria, universidad, dos años gratis en un hospital, por eso yo le abro la boca. A vos te gusta la cosa criolla, estudiá, ¿querés que te aplaudan? ¿querés mantener ese aplauso? Estudiá. La ciencia folklórica no acepta que hay que estudiar, nosotros nos pasamos la vida viendo y preguntando, hemos ido creciendo y acumulando conocimientos. 

JZA: –En todas las funciones que fuimos haciendo en el país, en Santiago, en Tucumán en Jujuy en Salta, en Rosario se acercan agradeciendo y sientiéndose tocados por los Ábalos. De alguna forma todos aprendimos, escuchamos y bailamos alguna música de ellos. Esta idea que intentamos difundir está reflotando y al haber trabajado en la película la música como lenguaje universal, acercando los géneros esta idea de la dupla de Juan y Vitillo, esa dupla de folklore y rock, llega todo de una manera muy fresca.  

–Eso de juntaros a Juan y Vitillo, ¿fue tu idea?

JZA–Mi idea inicial fue contar la historia de los hermanos los Ábalos. Cuando empezamos a trabajar con Vitillo, él como testimonio vivo de la historia era cien por ciento necesario y fundamental para contarla desde el presente y no en el pasado, nostálgica. Cuando empezó todo, me encuentro con Juan que fantaseaba con la idea de grabar un disco, ahí surgió esta chispa que enciende y es la excusa para contar toda esta gran historia. Era interesante verlo a Vitillo hablando de su vida y aJuan más joven también artista, le daba una frescura. Se recrean naturalmente una relación con un abuelo, y se acerca a los más jóvenes.

VA:- Música según el diccionario, es el arte de combinar los sonidos. Sin querer la gente a veces no todos, son separatistas. “A mí me gusta el rock”, “A mí me gusta el tango”, no, a mí me gusta la música. “Soy de River”, “Soy de Boca”. No, a mí me gusta el fútbol. No sirve separar, la gente no se da cuenta de eso.

El disco que vale oro

En 2017, Vitillo Ábalos ganó un premio Gardel por el Disco de Oro, que se realizó con artistas invitados. En ese trabajo hay dos discos, uno con invitados, y el otro, una grabación de mediados del siglo pasado que había quedado archivado y que sus sobrinos nietos rescataron. “Cuando mi abuelo Roberto muere me toca a mí reorganizar la casa. Empiezan a aparecer cosas, la primera guitarra, el combinado de música de aquella época, el disco, el vinilo y la radio. Y ahí me encuentro con esta caja de cartón que me llamaba la atención por la etiqueta. Abro, saco esta matriz cae una carta donde se hablaba de este disco que no se entregaba a los Ábalos y que alguien había tomado de los archivos y se lo había hecho llegar a mi abuelo. A mí me quedó como una inquietud. Pasaron los años me encuentro con Juan y mucho tiempo después se lo mostramos a Vitillo. Alguien lo guardó en 1978, pasaron años, llega a mis manos pasan otro montón de años y luego llega a la película. Así siento que se cierra nuestra historia”.

La pelicula se proyecta en el cine Malba hasta el 30 de junio.