"Recordar a Mugica implica también preguntarse qué lugar ocupa hoy el compromiso con el otro".

Reducir a Mugica a una estampita religiosa o a una figura romántica de los años setenta sería una manera elegante de vaciarlo de contenido. Lo verdaderamente incómodo de su figura no fue solamente su fe, sino el modo concreto en que entendió esa fe: acompañando a quienes vivían en las villas, denunciando el abandono estatal, señalando la obscenidad de una sociedad donde algunos acumulaban privilegios mientras otros sobrevivían entre el hambre y la exclusión.
Por eso, su memoria sigue siendo profundamente actual. Porque hay épocas en las que el sufrimiento social intenta disfrazarse de inevitabilidad económica. Y porque cada vez que un gobierno convierte la crueldad en doctrina, aparecen voces que recuerdan algo elemental: ninguna sociedad puede llamarse libre cuando abandona deliberadamente a quienes quedan afuera.
La Argentina contemporánea parece haber ingresado en una peligrosa pedagogía del desprecio. Se ridiculiza la solidaridad, se demoniza la organización comunitaria y se instala la idea de que la empatía constituye una debilidad moral. El éxito individual pasó a presentarse como única forma legítima de existencia, mientras la pobreza es narrada casi como una falla personal y no como consecuencia de estructuras profundamente injustas.
En ese contexto, la figura de Mugica vuelve a adquirir una densidad incómoda. Porque su vida desmiente el relato del «sálvese quien pueda» que hoy se pretende imponer como sentido común. Allí donde el oficialismo propone un modelo social basado en la competencia feroz y en la indiferencia frente al dolor ajeno, la experiencia de Mugica recuerda que una comunidad solamente puede sostenerse cuando existe responsabilidad colectiva sobre los más vulnerables.
No se trata de canonizar hombres ni de construir mitologías perfectas. Se trata de comprender lo que ciertas vidas representan en determinados momentos históricos. Mugica entendió algo que todavía hoy muchos sectores del poder consideran intolerable: que el hambre no es un accidente estadístico sino una forma concreta de violencia; que la marginalidad no nace de la pereza sino de la exclusión sistemática; y que ningún discurso de libertad puede resultar legítimo cuando millones de personas carecen incluso de las condiciones mínimas para vivir con dignidad.
Por eso resulta tan revelador que, medio siglo después de su asesinato, continúen vigentes las mismas discusiones de fondo. Cambian los nombres, cambian los gobiernos, cambian los slogans, pero persiste una disputa esencial entre dos modelos de sociedad: uno que concibe al otro como un competidor descartable y otro que entiende que la vida humana posee un valor que no puede medirse únicamente en términos de rentabilidad.
El problema de ciertas épocas no es solamente la desigualdad económica. Es la degradación moral que convierte la indiferencia en virtud pública. Cuando desde el poder se humilla a jubilados, se desprecia a trabajadores, se desfinancia la asistencia social y se celebra el ajuste como si fuera una épica heroica, lo que comienza a erosionarse no es únicamente el tejido económico de un país, sino su propia conciencia colectiva.
Por eso, recordar a Mugica implica también preguntarse qué lugar ocupa hoy el compromiso con el otro, en una sociedad atravesada por el cinismo y el individualismo extremo. Porque detrás de cada comedor comunitario atacado, de cada política social destruida y de cada discurso que convierte al pobre en enemigo, existe una concepción profundamente deshumanizante de la vida social.
Mugica incomoda porque su memoria no es una pieza de museo, sino una presencia viva que interpela el presente. Desnuda la perversión de esta época: esa ficción que pretende hacer funcionar el mercado sobre el cadáver de la empatía. Su figura es una advertencia que corta el aire: el éxito de unos pocos edificado sobre el hambre de las mayorías no tiene nada que ver con el progreso. Es, lisa y llanamente, la consumación de una derrota colectiva.
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