A 30 años de «El último emperador»

Por: Belauza

El film de Bernardo Bertolucci, que se llevó nada menos que 9 Oscars, es el primer acercamiento occidental a China luego de las reformas de 1979, y también una de las primeras miradas despojadas de tendencia ideológica sobre su cultura y su historia reciente.

En este mes de noviembre se cumplen 30 años del estreno en la Argentina de la que fue, hasta ese momento, la película más reveladora sobre el gigante asiático que recién estaba despertando. Con la osadía que caracterizó siempre a su cine, Bernardo Bertolucci supo y pudo construir una historia sobre el siglo XX chino, y para eso, como suele decirse, puso toda la carne en el asador.

 Premiada con el Oscar de ese año, la película tuvo un nivel de producción sorprendente, como también en cada uno de sus rubros. En ese entonces -ahora la cosa está más descentralizada- Bertolucci había presentado dos proyectos al gobierno chino: la autobiografía de Puyi (Yo fui Emperador de China) y la novela La Condición Humana, escrita por André Malraux. El gobierno chino eligió la primera, y Bertolucci rodó El último emperador.

 

La película está basada en la mencionada novela, que cuenta la historia desde 1908, año en el que Puyi fue convocado en la Ciudad Prohibida por la Emperatriz Cixi para ser coronado nuevo emperador de China, hasta el ascenso final al poder del Partido Comunista Chino en 1949. Así, El nuevo Hijo del Cielo, de tan solo 3 años, recorre los mayores cambios de la historia reciente de China recluido en la Ciudad Prohibida de Beijing.

Entre las varias curiosidades que presenta el film, se pueden mencionar: fue la primera película occidental en conseguir permisos para rodar dentro de la Ciudad Prohibida; contó con más de 19.000 extras; la versión japonesa de la película tuvo algunas escenas censuradas referidas a la Masacre de Nanking, hecho no reconocido entonces por las autoridades niponas; ganó 9 Oscars en los premios de 1987, incluyendo Mejor Película, Dirección y Guión.

Lo maravilloso de El último emperador es que resulta el primer acercamiento más o menos certero a la hasta entonces bastante tergiversada historia de China. Por un lado, Occidente contando su versión de claro tono anticomunista; por otro, la de la propia China, al borde de beatificar a quien hasta entonces había sido su mayor héroe: Mao Tsé Tung. Así, el film, con la destreza que ya había mostrado Bertolucci para el tratamiento de temas históricos en historias de largo aliento (su monumental Novecento lo atestiguaba, donde trataba en cuatro horas la historia de Italia desde principios del Siglo XX hasta los años 70), el espectador occidental accede a una visión menos ideologizada y más humana y de comprensión histórica de los hechos.

Hoy, cuando China se prepara a “la conquista del mundo” luego del período de reconversión capitalista iniciado en 1979 por Deng Xiaoping, El último emperador, por temática y virtudes cinematográficas, vuelve a cobrar una vigencia que el tiempo parecía haber hecho entrar en el olvido.

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