El 8 de marzo de 1971, Joe Frazier y Muhammad Alí disputaron 15 dramáticos asaltos sobre el ring del legendario Madison Square Garden de Nueva York. Fue la la primera de las tres peleas entre ambos.

El fascinante choque de estilos entre la locomotora de Filadelfia y el danzarín de Lousville había empezado a palpitarse desde los primeros meses de 1970. En el mismo del ring del Madison, «Smokin Joe» había aplastado a Jimmy Ellis, quien a su vez había ganado el cetro vacante de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) frente al argentino Oscar «Ringo» Bonavena tras una serie de eliminatorias para llenar la vacante de la destitución de Alí.
Es que hacia la mitad de 1967 había ocurrido uno de los hechos más resonantes de la historia del deporte: en el pináculo de una carrera excepcional, en el esplendor de un súper atleta de 25 años y destrezas superlativas, Cassius Marcellus Clay fue despojado de su campeonato del mundo por negarse a ir a combatir en la guerra de Vietnam y condenado a una prisión que quedaría en suspenso.
Firme en convicciones morales que devinieron asimismo religiosas, Clay asumió las consecuencias de su decisión, renunció a su nombre originario, se convirtió al islamismo y estuvo más de tres años alejado de los cuadriláteros.
De tal suerte, mientras Frazier se consolidaba como un portento de peleador frontal, extremadamente fuerte y dueño de uno de los mejores ganchos de izquierda de que se tenga memoria, Clay ahora Alí se abocaba a su militancia humanista («No tenía motivos para ir a Vietnam a repartir balazos. ¿Qué mal me habían hecho esas personas?»), sin declinar un ápice de su autoestima de pugilista notable: «Soy el más bello, soy el mejor. Sólo les he prestado la corona por un tiempo».
Alí reapareció el 26 de octubre del 70 en Atlanta con un cómodo triunfo ante un rocoso peleador de sangre irlandesa y etiquetado como “la esperanza blanca” (Jerry Quarry) y el 7 de diciembre, en el Madison, noqueó a Bonavena en el último asalto para sellar su condición de ineludible retador a la faja de Frazier.
En realidad, se trataba de un pleito tal vez más anhelado por el propio Frazier, que se sentía desconocido en su valía, despreciado y humillado por un mote que hacia 1964, en ocasión de ganar su título mundial, en Miami, el por entonces Cassius Clay había propinado a Sonny Liston: “Oso feo”.
De hecho, las ocurrencias y las provocaciones de un Alí que de cada intervención pública hacía un show redundaron en un violento cruce en la conferencia de prensa de la presentación de la pelea: hubo manotazos, empujones y algún que otro golpe.
La noche del lunes 8 de marzo de 1971 el Madison lució con sus mejores galas, repleto y poblado de celebridades entre las que destacaron Jacqueline Kennedy, el cantante Burt Bacharach, la diva mexicana María Félix (“La Doña”) y el mismísimo Frank Sinatra, cuyo ingreso a la zona del ring side desató la mayor ovación de la noche cuando acompañó hasta su ubicación a Joe Louis, el legendario “Bombardero de Detroit”, postrado en una silla de ruedas a consecuencia de una obstrucción en la aorta.
A la hora del primer tañir de la campana Frazier ostentaba un récord de 26-0 y Alí de 31-0. La fundacional y genuina “Pelea del Siglo” se correspondió con una extraordinaria batalla, en cuyo primer tramo Alí impuso su autoproclamada fórmula de volar como una mariposa y picar como una abeja, pero poco a poco Frazier llevó las acciones a su terreno preferido, percutió y desgastó en la media distancia y en la corta, pasó a dominar los intercambios y en la décimo quinta y última vuelta, pese a no concretar el nocaut, consolidó su victoria con un certero gancho zurdo que causó a Muhammad la segunda caída de su carrera.
Consumado el merecido triunfo de Frazier por decisión unánime, la mayor parte de la prensa internacional observó que la derrota de Alí conllevaba el derrumbe de un mito, pero la rivalidad entre dos de los mejores pesos pesados de la historia ofrecería otras dos páginas y ambas favorables al perdedor del 8 de marzo de hace medio siglo.
Alí ganó por puntos el 28 de enero del 74, en el Madison, y por abandono antes del último round el 1 de octubre del 75 en un mano a mano tan notable que más de cuatro consideran el más electrizante de la historia del boxeo y que motivó el documental “Suspenso en Manila”.
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