A 50 años del primer disco de Manal: rock, blues y jazz con acento porteño y algo más

Por: Fernando Herrera

El álbum lleva el nombre de la banda, pero es conocido popularmente como “La bomba”. Javier Martínez, Claudio Gabis y Alejandro Medina entraron en la historia grande del rock argentino con una grabación memorable.

¿Qué pasa cuando una canción nos transporta sin escala a una calle, a un barrio o a una ciudad? Los clichés abundan, pero no explican el fenómeno. En su libro Confesiones, San Agustín se pregunta sobre el sentido del tiempo: “si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Algo semejante ocurre con las canciones que logran transmutar, como si de una reacción química se tratase, el latido colectivo del lugar al plano de la música. Si escuchamos “Avenida Rivadavia” o “Avellaneda Blues” sabremos de qué estamos hablando. Pero decir esto de Manal es solo el comienzo del viaje.

   

Ambos temas forman parte del primer álbum de la banda que a comienzos de 1968, tras conocerse en un happening del Instituto Di Tella, formaron Javier Martínez (voz y batería), Claudio Gabis (guitarra y órgano) y Alejandro Medina (bajo, órgano y voz). Lanzado por el legendario sello Mandioca en el verano de 1970 –se sabe que fue en febrero, pero no hay registros de la fecha exacta de edición– el disco homónimo de Manal también conocido como La Bomba es una de las piezas fundacionales del rock nacional, y no solo por una cuestión cronológica. En sus siete temas se concentra una sensibilidad poética enorme en la que el blues, el jazz y el folk se conjugaban por primera vez en clave porteña. Tanto es así que en 1981, cuando el grupo se reunió para tocar en Obras, se presentaron diciendo: “vamos a pasear por la ciudad”.

Manal o La bomba fue grabado en dos sesiones en los estudios TNT, entonces ubicados en la calle Moreno al 900. 75 minutos bastaron para registrar una de las placas sin las que nuestra música popular no hubiera llegado adonde llegó. La historia que el trío abriera junto con Los Gatos, Almendra, Moris y Tanguito (a quien Martínez le produjo su hermoso disco con el tiempo que a Manal le sobró en el estudio) resuena hoy como una promesa vigente, aunque truncada. Pero la frágil memoria de aquellos tiempos no impide que el sonido de Manal nos siga asombrando, así como el groove callejero y existencialista de sus composiciones, y la madurez con que la banda fue capaz de hacer una música embebida del paisaje y los antagonismos psíquicos y sociales, poniendo al suburbio y la periferia como centros de irradiación espiritual. Porque Manal tiene soul, alma. Y su rapsodia porteña sigue esperando cumplimiento.   

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