Abrasha Rottemberg dijo: "Voy a vivir hasta los 120 años, porque la Biblia dice que los días del hombre serán de 120 años". Retrato de un humanista, testigo de varias guerras, militante del judaísmo cultural, progresista y escéptico.

Le tomo la palabra. Pero empecemos por el principio: mañana, 4 de mayo de 2026, el nacido bajo el signo de Tauro, cumple (número más, números menos) sus primeros 36.500 días de vida.
Vida no solo extensa, sino azarosa, interesante, especial, la de este señor. Inicialmente contador público nacional por la UBA, también con maestrías en el extranjero, fue la mano derecha y a veces la izquierda, o ambas a la vez, de Jacobo Timerman en la mayor parte de sus proyectos periodísticos. Su tarea en La Opinión le costó a partir de 1976 el exilio en España. Allí hizo muchas cosas, por ejemplo, creó una exitosa editorial de libros con el sello Altalena. Vivió con su esposa desde 1955: Dina Rot, una exquisita cantante e intérprete del ladino. En la movida del post franquismo crecieron y se desarrollaron artísticamente su hijo Ariel, músico, cantante y compositor en bandas como Tequila y Los Rodríguez y su hija Cecilia, consagrada actriz, dilecta chica de Almodóvar.
Sensible, melancólico incurable, lector precoz y aún infatigable devorador de literatura, intelectual de antigua data. Es, qué duda cabe, habitante de tres siglos.
Cuando nació en 1926, el mundo seguía intervenido por ideas y costumbres del siglo 19. Atravesó el nuevo siglo entre alegrías y padeceres, hambrunas y acontecimientos que lo obligaron a empezar de nuevo. Y, en especial, entre países que lo ningunearon (primero, la entonces Unión Soviética, luego el nuestro) y países que lo abrazaron (España y la Argentina a su regreso). Ahora, en el 21, todavía asumido como gloriosamente analógico, Abrasha surfea con gracia el tiempo de la digitalización. No lo atribula el ordenador (así aprendió a decirle en España) y de eso –teléfono celular, redes sociales, aplicaciones- sabe lo necesario y suficiente como para no vivir en una nube. Y cuando algo no sabe, se deja asesorar por sus nietos.
Abrasha nacido en Teofípol, noroeste de Ucrania, fue niño en la Moscú soviética junto a su mamá que buscaba un lugar en el mundo. Y en su caso, imaginando a un papá a quien recién pudo ponerle cara y cuerpo al llegar a la Argentina.
Nunca fue sencilla esa relación y tampoco fue fácil el pasar del padre, que conseguía el sustento familiar como cuentenik (vendedor de objetos o mercaderías casa por casa). Tenía ocho años cuando todos se acomodaron en una habitación de Morelos y Vírgenes (hoy, Galicia), en el barrio porteño de La Paternal. Antes, y después, le tocó marcar territorio y demostrar paciencia en Rusia, en Berlín, en Israel, en España y nuevamente acá.
Saltando de un desarraigo a otro y soñando con arraigos verdaderos cuenta algo muy conmovedor.
Pequeño inmigrante, sin idioma, (es un decir, hablaba ruso y ucraniano) encontró en la radio una maestra providencial. De esa vocería, hasta hoy mágica, provinieron sus balbuceos iniciales. Lo cuenta así: “Consumía a escondidas ese aparato respetable. En aquellos tiempos, la emisora más popular era Radio del Pueblo que, por las tardes, transmitía unos novelones camperos, en los que nunca faltaban un patrón de estancias generoso, un hijo sin escrúpulos, un capataz honrado, un padre de una joven linda y honesta a quien un peoncito valiente la defendía del asedio de aquél malvado hijo del patrón. Pero a quien al principio imitaba yo era al negrito, con similitudes al bufón de la Corte, que se expresaba en un lenguaje peculiar. Así empecé a hablar yo, con palabras apropiadas de los melodramas como Ahijuna o Canejo. O como el negrito que decía calo por caro, diveltido o maliposa. Los niños de la clase se reían de mí, tal vez por considerarme ignorante. Pero, en un momento, descubrí que, por hablar así y por gringo, era el diferente. Algo que tenía su precio y también sus ventajas”.
Hoy continúa radiómano y escucha preferentemente por las noches, hasta dormirse. “Así, por ejemplo, conocí y me hice amigo de Alejandro Apo”, precisa.
Humanista, testigo de distintas guerras (lo abate pensar la destrucción de Ucrania), militante del judaísmo cultural, progresista y escéptico, un día, el contador se puso a contar.
Y de allí salieron libros como La historia confidencial de La Opinión, los cuentos de El moscovita desesperado, las novelas que llevan los nombres de La amenaza y Última carta de Moscú, (esta última fue reeditada en el 2005). Tiene otros trabajos: Raíces y recuerdos y Chistes judíos que me contó mi padre.
Además asegura que seguirá escribiendo y publicando. Temas debe tener de sobra, ¿cuántos acontecimientos cabrán en el disco rígido de una existencia como la suya?
En vivo y en directo, se lo ve esbelto, lleno de intereses, bien de la memoria, y también decepcionado por las ilusiones perdidas de la izquierda y por la marcha con flaco destino de un mundo que va al revés de sus gustos, desazón en la que incluye a la Argentina actual.
Abrasha, que los cumplas muy feliz.
¿Cómo era que se decía? Ah, sí. ¡¡¡Mazel tov!!! «
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