La serie «Adolescencia» y las seis P

Por: Gabriel Brener

Una mirada pedagógica para analizar la serie británica del momento. La relación entre adoloscentes y adultos en cualquier época y lugar.

El que avisa no traiciona. Hay spoiler.  Lo que aquí se escribe es solo apto para quienes ya vieron la serie Adolescencia.

Te atrapa y conmueve así como te asfixia. “Adolescencia” es una serie que nos pone delante de la incomodidad, todo el tiempo. 

Más allá de la parte del guión que intenta resolver un caso policial, lo que aquí me interesa es hacer foco en esa incomodidad. Haré un intento por tematizar esa franja descosida que implica la relación entre generaciones, esa pantanosa zona entre impares, entre adultos y adolescentes. Mi intención es deliberadamente pedagógica.

Ese vínculo (o su carencia) no es un misterio que hay que develar, sino más bien un enigma que constituye esa siempre inacabada relación entre adolescentes y adultos, sean familiares o escolares, en cualquier época, en cualquier lugar. El punto es si hay adultos que estén dispuestos a darse por aludidos y pibes que puedan sentirse parte de un destino compartido. 

Ese plano secuencia, magistral maniobra fílmica, aprisiona y contractura al espectador/a, durante todos y cada episodio, en una relación inversamente proporcional a la obtención de alguna pista, algún guiño que ofrezca sensación de alivio, de saber por dónde ir.

El director la clava en el ángulo con ese plano intimista que hace público un desorden colectivo, que pone una herida al descubierto y ofrece la imagen del desamparo para un piberío que conectado full life a las pantallas desconecta con el mundo adulto y viceversa, que aún es mucho peor. Porque invierte las reglas de juego en la sociedad.

Los adultos no podemos anteponer nuestra vulnerabilidad a la de nuestros adolescentes. Porque se quiebra la posibilidad de transmisión, y cada cual solo atiende su juego. Por más que desfallezcamos en el intento, somos responsables por ellos y ante ellos, y el asunto es cómo y qué hacemos para que crezcan, para que se constituyan como sujetos responsables de sí mismos y de los otros, en lo que debe acontecer. 

En esta demoledora ficción de Philip Barantini estás casi todo el tiempo sintiendo la respiración entrecortada, sea cual sea el personaje, y podría llamarse como aquel clásico, “Sin salida”. La sensación de estar cubiertos como familia bajo llave con hijo en su habitación puede ser explosiva.

Una sociedad cada vez más violenta que pretende pacificar con la vigilancia del encierro, cicatrizar heridas, sanar el dolor social tapando a presión una olla de padecimientos. Un mundo adulto que no se da por aludido, que mira para otro lado, que promueve la desconfianza como combustible, ¿para aprender a vivir mejor con los demás?

Adolescencia: cuatro episodios y muchas P

Policía

La versión policial, el primer contacto es con la violencia de un allanamiento al estilo SWAT, pero podríamos encontrar algún episodio similar en la versión doméstica de Policías en acción, aunque en esta prima casi exclusivamente territorio conurbano y en sus márgenes. Creo, y digamos todo: ¿no habrá algo de esta violencia que irrumpe con Netflix en ese hogar, de una aparente “familia bien constituida”, blanca, de clase media británica, que desconcierta y aumenta la probabilidad de que lo que ocurre traspase cualquier geografía y clase social? Y siembra esa angustiante pregunta que expresa cada adulto cuando esta serie desnuda su incomprensión, merodeando esa sensación de ¿a mí me podrá pasar lo mismo? Cristalizada en diferentes momentos en la mamá y papa de Jamie, de hecho este último confiesa en absoluto desconsuelo “¿debería  haberlo hecho  mejor?”.

La inconducente pedagogía policial queda literalmente en offside en ese pasaje donde el musculoso policía en su papel de padre se reúne a solas con su hijo en la escuela y este último intenta sin éxito ofrecerle ayuda, alguna orientación en torno a un mundo adolescente, un territorio virtual y un lenguaje que su padre ignora por completo. Su hijo se compadece y le dice: “Me dio vergüenza verte tan perdido”.

Profesor/a

Un segundo episodio hace foco en la escuela. Pero al resaltar la p de profesor/a lo que quiero es subrayar que “Adolescencia” muestra un mundo de adultos escolares impotentes, y entonces me parece necesario aclarar que este film gatilla a la docencia de esta escuela, pero es preciso ser cautelosos y no generalizar y menos aún esencializar. Que estos adultos se vayan deshilachando, griten sin respuestas, desnuden su impotencia no significa que en todas las escuelas ese sea el panorama.

Hay muchas que conozco por estos lados, que aunque también veamos docentes y dires desorientados, nos encontramos con adultos escolares disponibles, que escuchan, que acompañan, que ponen el cuerpo, que enseñan, que contienen. Adultos que se dan por aludidos. Reflexión que no aliviana el problema, sino que es un poco más justa con la realidad.

No hay dudas de que cuesta hacer pie hoy en la escuela porque también hacemos agua en la sociedad. Me refiero a los adultos en general. Pero este episodio sigue de cerca a dos policías que se meten con sus procedimientos en una escuela. Reitero, no me refiero al homicidio que ellos investigan, sino a lo que una escuela puede hacer frente a circunstancias del orden de lo más doloroso, de lo indecible e indigerible. De como una escuela enfrenta un suceso trágico, como el suicidio en M. Lazhar, o la matanza de colombine que nos muestra “Elephant” en esa provocadora versión de Gus Van Sant, o el documental donde Michel Moore desnuda el desquicio de una sociedad que ofrece armas para acabar con la violencia como denuncia en “Bowling for Columbine” en 1999. Y aquí prima el imperativo de la investigación policial, y una docente en función directiva que va a remolque de ese accionar y la escuela parece cooptada por el interrogatorio policial. Y aquí quiero aprovechar para compartir sobre un tema en el que venimos indagando en una investigación: hace rato que en las escuelas existe un proceso de judicialización de las relaciones escolares donde se observa una tendencia a dirimir diferencias o resolver conflictos más acordes a diversos procedimientos jurídicos que educativos.

La preeminencia de la amenaza, de la carta documento y el “acta” por encima de la escucha y el diálogo. Todo un desplazamiento de lo educativo a lo punitivo, que instala un clima de sospecha constante, vivir en un permanente estado de miedoambiente, donde lo que cotiza bien alto es la alteridad como amenaza. El conflicto tiene mala prensa y se lo iguala a la violencia, cuando debe comprenderse como una fuente de construcción de convivencia. No hay relación de más de dos sin conflicto, no hay escuela sin conflicto. Es más, el conflicto motoriza el vínculo entre adolescentes y adultos, el gran peligro es la más fría indiferencia. 

Psicóloga

Tercer acto. Las interpretaciones de este adolescente y la psicóloga son descollantes. Casi una hora ellos dos, solos. El desconsuelo de presenciar una entrevista de una psicóloga que es perito judicial y un muchachito que cometió un homicidio comanda formalmente la escena, pero indudablemente se filtra, se impone, por momentos, otra escena.

Donde se desnuda la angustia de un niño que llora, patalea y se deshace y una psicóloga que parece debatirse entre su mirada empática con un cachorro humano que tiene sentenciado su futuro y la irrupción de reacciones violentas de un machismo residual que se resiste en una vida tan joven y una irreversibilidad que aprisiona el corazón, pero también comanda la intervención psicológica de una perito judicial. No es la psicóloga de Jamie, sino la de un juicio que está en puerta.

Toda una escena que oscila entre ese aislamiento de quien cometió un acto irreparable, y la orfandad de una adulta que haciendo prevalecer interrogantes judiciales desnuda también su angustia por la inevitabilidad de la clausura de una vida tan temprano.

La profesional es una mujer y no es casual que sea destinataria de ráfagas de violencia por parte del protagonista. Y aquí es preciso también señalar la identidad Incel( célibes involuntarios) de la que Jamie es parte, son varones que se sienten acosados y en especial reaccionan con violencia en las redes hacia las mujeres, principales destinatarias de su resentimiento, el protagonista pasa al acto.   

Padre

Con la P de padre me refiero a la familia, última estación. Curiosamente se trata de una familia nuclear, como esa que internalizamos en todos los manuales escolares del siglo XX papá, mamá y dos hijos, la nena y el nene. Emblema de la familia bien constituida. Esta P intenta señalar la preponderancia de la figura del padre, también de las marcas vigentes del patriarcado.

Hay una violencia contenida en ese padre. Al menos es la sensación que me recorrió en cada instante que la cámara se ubica en su rostro, en su tensión muscular, y también psicológica. Pero en este episodio se expresa en la furia por el grafiti y en su agresión a un pibe que identifica como supuesto culpable.

“Mi padre me pegaba a la edad de Jamie, se quitaba el cinturón y me golpeaba una y otra vez”, confiesa a su esposa el padre del protagonista.

Siempre pienso que es vertebral revisar el propio camino, para ser papá, para ser docente, y que el rechazo a lo que hicieron con vos quizás no alcance para no repetir de alguna manera aquello, por lo que reelaborar la propia biografía parece una mejor decisión. Me resultó también incómoda la distancia corporal del padre con su hijo, también para pensar en los modos de construir masculinidades.

Pibes/as y Porvenir

En una sociedad tan violenta y un capitalismo cada vez más depredador y deshumanizante adquiere visibilidad la debilidad de las instituciones para sostener y ofrecer amparo a los más nuevos. Y ser débil te expone con más fuerza a convertirte en descartable, para tus pares y la sociedad, en este sálvese quien pueda.

Se suele emparentar debilidad con fragilidad. Quiero marcar distancia. Asumir nuestra fragilidad es hacernos cargo de nuestra humanidad, reconocer nuestros límites, y allí hay posibilidad de sentirnos parte, de un futuro que solo puede ser mejor con los demás. 

Soy educador y por eso pienso en las escuelas, que padecen también los malestares de la sociedad de la que forman parte. Sin embargo, aunque más débil y confundida, como cualquiera en esta época, la escuela es un lugar para encontrarse con los demás y hacer comunidad en tiempos de exacerbación del individualismo, la escuela es contracultural cuando intenta desacelerar en una sociedad atragantada por la vertiginosidad. La escuela es un lugar donde se amortigua el dolor social y se sigue reinventando para ofrecer hospitalidad a cada pibe/a ayudando a soñar un mejor porvenir.

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