¿Al infinito o más acá? Una nueva carrera espacial y la ciencia como vidriera del poder

Por: Claudio Cormick / Valeria Edelsztein

Días atrás vimos, al mismo tiempo, cómo la NASA podría haber descubierto indicios de hubo vida en Marte… y cómo la agenda científica puede quedar, una vez más, condicionada por los vaivenes de la geopolítica. Pero esto no es nuevo.

Por si alguien no lo vio todavía: el 10 de septiembre, mientras en Argentina estábamos para variar lidiando con nuestros problemas tercermundistas y viendo a cuánto llegaba el dólar bajo el plan del “Messi de las finanzas”, la revista Nature publicó un artículo anunciando que el rover Perseverance de la NASA, sirviendo a la ciencia desde nuestro vecino Marte, había encontrado rocas con marcas de procesos que podrían ser biológicos; es decir, potenciales “biofirmas”, indicios de vida pasada. El hallazgo, de consecuencias quizá revolucionarias para nuestro conocimiento de la vida en el Sistema Solar, nos remitió a uno similar sobre la posible presencia de fosfina en Venus, allá por el 2020… y a algo más.

En plena efervescencia por la posibilidad de que nuestro planeta no sea el único en que se haya desarrollado la vida, las autoridades de la agencia espacial del país del norte se detuvieron en poner en claro que el asunto estaría lleno de barras y estrellas. Estaban preocupadas por “poner huellas estadounidenses en el suelo rocoso de Marte”, y, en palabras del administrador de la NASA, Sean Duffy, “estamos adelante y vamos a continuar estándolo, pero es importante que sigamos empujando porque estamos en otra carrera espacial”.

Foto: NASA

Claro que no somos ingenuos: lejos de que la aventura humana de conocer nuestro vecindario interplanetario desplace las mezquindades chauvinistas y nos lleve a un escenario de colaboración, nuevamente la competencia entre las potencias mundiales condiciona la exploración espacial. De hecho, Duffy tuvo que responder sobre la disyuntiva entre enfocarse en traer a la Tierra las muestras marcianas potencialmente indicadoras de vida o seguir apostando a volver a enviar seres humanos (estadounidenses) a la Luna antes de que sean los chinos quienes osen hacerlo, “usurpando”, en palabras de una analista, el liderazgo norteamericano.

Y desde ya esto no es nuevo: todos conocemos la historia de la carrera espacial y sabemos que buena parte de la explicación de por qué Estados Unidos puso un hombre en la Luna en 1969 fue que tenían que derrotar a los soviéticos. La parte quizá un poco menos conocida es que el inicio soviético de la carrera espacial posiblemente salvó en buena medida a los norteamericanos del desprecio que su presidente de entonces, Dwight Eisenhower, tenía por los académicos y por la actividad intelectual. Eso era “anti-intelectualismo” en serio.

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Desde el punto de vista del clima político, 1957 no parecía un buen año para dedicarse a la investigación científico-tecnológica en Estados Unidos. La “caza de brujas” del senador Joseph McCarthy contra lo que veía como una infiltración comunista (tan influyente que hasta el día de hoy usamos el término “macartismo” para referirnos a los ataques a la izquierda) se había enfocado especialmente en el mundo de los artistas, por un lado, y el de la enseñanza universitaria y la investigación, por el otro.

El triunfo en dos elecciones consecutivas, 1952 y 1956, del militar de carrera Eisenhower contra el candidato demócrata Adlai Stevenson, más popular en el mundo intelectual, y que había sido personalmente atacado por McCarthy, fue visto en su momento como la expresión de un “repudio” de masas a los intelectuales. Al menos así lo registraría Richard Hofstadter, el autor canónico en el análisis del anti-intelectualismo en Estados Unidos.

Motivos no faltaban: Eisenhower se burlaba de los “supuestos intelectuales que iban por ahí demostrando lo equivocados que estaban todos los que no estaban de acuerdo con ellos” y pensaba que la definición misma del intelectual era la de “un hombre que usa más palabras que las necesarias para decir más que lo que sabe”. Libros recientes, inspirados por la preocupación que generaron sucesivamente las presidencias de Bush hijo y de Donald Trump, continúan destacando a Eisenhower como un hito crucial en la historia que, se supone, nos trajo hasta acá. 1957 —volvamos— era un mal año, sí.

Y de repente, el Sputnik. Un satélite artificial. El primer objeto humano exitosamente enviado al espacio exterior.

Que fuera la Unión Soviética, un Estado obrero burocráticamente deformado, pero construido sobre la base de la económica y socialmente atrasada Rusia zarista tras la Revolución de 1917, la que iniciara la carrera espacial fue visto por los norteamericanos como “un Pearl Harbor tecnológico”, como nos recuerda el historiador David Halberstam. Estados Unidos no solo no estaba ganando ninguna carrera espacial: ni siquiera participaba de ella; la habían iniciado los soviéticos.

Probablemente hoy no entendamos la colosal importancia que tuvo en su momento este logro, opacado años después por la llegada del ser humano a la Luna, pero fue el lanzamiento del Sputnik, no el alunizaje, lo que en su momento suscitó la reflexión de que la humanidad podía salir del planeta Tierra, incluso “liberarse” de él, como se llegó a decir en su momento y anotó en La condición humana Hannah Arendt, para quien el lanzamiento del satélite era lisa y llanamente el evento más importante que alguna vez hubiera ocurrido (quizá igual que la división del átomo, pero no menos que eso).

Y hasta nuestros días, la posibilidad de decir en francés “un spoutnik” para referirse a un satélite artificial cualquiera reaparece en la cultura popular en la forma de una canción de Daniel Bélanger. Pero ¿cómo reaccionó el anti-intelectualista gobierno de Eisenhower a esta derrota humillante a manos de la URSS?

El impacto fue tan importante que, en las antípodas de la actitud de desdén por el trabajo intelectual que había caracterizado a su gobierno, Eisenhower pasó directamente a crear un comité de asesoramiento presidencial en ciencia (PSAC por su sigla en inglés). Más en general, la nueva actitud del gobierno de Eisenhower hacia la comunidad científica se extendió hacia los inmediatamente posteriores, y permitió que la visión de la ciencia como “vidriera” del poderío norteamericano se convirtiera en política de Estado también bajo administraciones del Partido Demócrata, como la de Kennedy que resultó crucial para impulsar, pese a los elevados costos económicos, el proyecto de una misión tripulada a la Luna. El resto es historia bastante más conocida.

***

Pasaron décadas, y el adversario de Estados Unidos en la nueva carrera espacial ya no es —salvo en las fantasías febriles pero intermitentes de Milei— “comunista” ni mucho menos. El paralelismo, sin embargo, no deja de llamar la atención: en su cobertura sobre el hallazgo de posibles biofirmas en Marte, la BBC destacaba cómo los nuevos planes espaciales norteamericanos se enfrentan a los recortes presupuestarios de la administración Trump y cómo, específicamente, esto podría colocar a Estados Unidos en desventaja frente a los avances de China. Tocará ver si, como en los ’50 y ’60, la competencia geopolítica termina resultando decisiva, una vez más, para la continuidad de la exploración espacial.

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