Auge y caída del FMI

Por: Eric Calcagno

Legitima con un barniz técnico el proyecto de sociedad que cada oligarquía local precisa para completar el ciclo de negocios financieros. Triste final de testaferro.

Para el economista peruano Oscar Ugarteche no hay dudas: la creación del Fondo Monetario Internacional en 1944 sanciona la primacía del dólar como nueva moneda de reserva internacional. Es lo que nos relata en Historia crítica del FMI (2016), un libro de referencia. De nada valieron los argumentos de Keynes para crear una moneda internacional llamada “bancor”, que pudiese compensar excedentes y déficits de comercio exterior entre países, evitar depresiones como la de 1929, pero que sobre todo permitiese existir a la libra esterlina y durar al imperio británico. No pudo ser. El norteamericano White impuso la primacía de la Secretaría del Tesoro, así como el funcionamiento del nuevo sistema. La estabilidad cambiaria establecía que el dólar estaba ligado al oro, y las demás monedas articuladas con el dólar. “Entre 1944 y 1971, las condiciones de operación del FMI fueron estables: cuentas fiscales sanas, balanzas de pago estables y tipos de cambio fijos reajustables eran la regla en todo el mundo, dentro de las condiciones keynesianas de déficits contracíclicos”, nos dice Ugarteche. Asistencias puntales, aunque cada vez con más condicionamientos, en especial desde finales de los sesenta. El respeto que Estados Unidos le tiene al Fondo se demostró cuando Nixon desligó el dólar del oro en 1971, ya que los directivos se enteraron por los medios de comunicación. Nacido por decisión política, el Fondo se desvanece por otra decisión, y es una tercera la que lo mantiene. Ahora debe prever crisis, prestar dinero y supervisar ajustes. La función será predicar por el mundo las virtudes de lo que será el Consenso de Washington de 1980. Ese rol de “prestamista en última instancia” para proveer liquidez en temas específicos y en corto plazo -que tan bien había funcionado en la posguerra para los países industrializados- ahora será ejercido en el resto del mundo, pero a cambio de exigencias extra-económicas que son generales, duraderas y siempre las mismas.

En efecto, no importa que se trate de Tailandia, Zambia o Brasil, ni cuándo, sino que hay que ajustar el gasto público, en especial en las áreas sociales; devaluar para conseguir dólares para pagar deuda externa; controlar la inflación con altas tasas de interés, lo que liquida la actividad. Y privatizar empresas, desregular mercados, desmantelar el Estado de Bienestar donde exista, o impedir que surja. El momento de gloria de ese FMI que redactaba leyes y establecía presupuestos en los países donde cundía llega en los noventa con la Argentina, que ingresó a la institución de la mano del golpe de 1955, y con el gobierno de Yeltsin que metió a Rusia en el Fondo luego de la caída de la Unión Soviética (que no era miembro). Como consecuencia de la devaluación de Tailandia en 1997, Rusia entra en crisis en 1998 por más que el FMI mande 22.000 millones de dólares, y la Argentina deberá esperar al 2001 para recibir un “blindaje” de 40.000 millones. Con similares resultados.

El Fondo supo ignorar las causas de la crisis mundial de 2008, que no fue originada por populismos tercermundistas sino por especuladores de Wall Street. Tampoco puede alegar la propia torpeza, habida cuenta que la Oficina de Evaluación Interna del propio FMI ya había sido lapidaria sobre lo hecho en Argentina durante la convertibilidad, al señalar que los fondos otorgados sólo permitieron la fuga de capitales; lo cometido en Grecia, cuando se enviaron fondos sin considerar la sustentabilidad de un repago… Y la crítica contra la propia dirección del Fondo, que ignoró los reglamentos internos, renunció al pensamiento crítico y se rindió ante las presiones políticas. La misma Oficina condenó la ayuda de 57.000 millones de dólares al gobierno de Macri, que consideró realizada sobre la base de estimaciones fantasiosas, habida cuenta de la falta de viabilidad política y social para aplicar las medidas prometidas. Como es lógico, la dirección del Fondo odia a la Oficina de Evaluación Interna, a la que acusa de socavar la reputación del organismo.

Digamos que el FMI existe bajo la forma actual debido a la configuración original. Es que cada voto depende de las contribuciones al propio Fondo, al PBI medido en parte a valor de mercado o en paridad de poder adquisitivo de cada país, lo cual determina, por ejemplo, que los Estados Unidos detengan un poco más de 16% de los votos, cuando las decisiones estructurales dependen de una mayoría de 85 por ciento. Por supuesto, cada tanto se modifican los porcentajes. El problema que enfrenta el Fondo hoy es que una probable actualización haría que Estados Unidos baje al 15%, lo que no es mucho, pero China subiría del 6 a cerca del 14%, India de menos del 3% a cerca de 8%, la zona Euro bajaría del 20% al 12 o 14%… ¿Y los demás países como Brasil o México? Como aún manda la Secretaría del Tesoro, tal cosa no sucederá. Pero no estamos en 1944. Frente a esta situación, el Sur Global construye otros instrumentos de regulación monetaria global sin condicionamientos, como el Banco de los BRICS, entre otras iniciativas regionales. Y en otras monedas que el dólar. Ya despojado de cualquier competencia teórica, el FMI es más excusa o coartada. Las recetas que propone no sólo son injustas, sino que además no funcionan para lo que proclama. ¿Responde a los intereses de Estados Unidos? Sin dudas. Pero también legitima con un barniz técnico el proyecto de sociedad que cada oligarquía local precisa para completar el ciclo de negocios financieros. Triste final de testaferro.

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