
Por decirlo sencillo: si se atendiera al riesgo de muerte, nadie fumaría. Y aún cuando cada paquete muestra las dramáticas consecuencias del cigarrillo, la autocomplacencia se justifica entre “a mi no me va a pasar” y “un día de estos dejo”.
El sistema capitalista se funda sobre la apropiación irracional de la naturaleza. Y las alertas por el medio ambiente no vienen de ahora. Se diría incluso que la encíclica Laudato SI, de Francisco, llegó bastante tarde.
Así como el fumador es negacionista, las dirigencias políticas, pero fundamentalmente los grupos económicos que marcan la cancha, niegan el resultado de la devastación de los recursos naturales. Se caería el sistema si lo aceptaran.
Peor aún, la ola ultraderechista que se extiende sobre el mundo en la última década tiene raíces creacionistas. Algo que es muy evidente en gran parte de la sociedad estadounidense y en el bolsonarismo en Brasil. Esto es, los científicos son unos charlatanes, el cambio climático es sólo fake news y en última instancia, Dios proveerá.
Hasta descubrir que el iceberg no era penas un pedazo de hielo. Mientras todos, confiados, bailaban en la cubierta del Titanic.
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