En la previa de Brasil-Haití por el Mundial 2026, una historia que incluye a Ronaldinho, Roberto Carlos y Ronaldo, en el caribe.

Haití cuenta con una historia convulsa desde sus orígenes. Declaró su independencia de Francia el 1 de enero de 1804, pero no pudo librarse completamente de la nación colonialista hasta muchos años más tarde. El país más pobre de Occidente es conocido por el hambre que pasan sus pobladores, las guerras civiles y los golpes de Estado.
El 29 de febrero de 2004, el presidente Jean-Bertrand Aristide fue removido de su cargo por la fuerza. El mandatario haitiano había sido elegido democráticamente, pero una vez en el poder había mostrado su peor cara. Las calles de las distintas ciudades del país eran un terreno de disputa entre las pandillas y la policía; la presión nacional e internacional no cesaba y, amparándose en el supuesto descontento social, funcionarios estadounidenses secuestraron y enviaron a República Centroafricana al presidente.
En su lugar, asumió como presidente provisional Boniface Alexandre, como primer ministro interino Gerard Latortue y por parte de la ONU llegaron 6700 soldados y 1622 policías. Esta decisión fue rechazada por 14 países democráticos del CARICOM (Comunidad del Caribe), pero Naciones Unidas, presionado por Francia y Estados Unidos, optó por hacer oídos sordos.
El 30 de abril del mismo año, se creó la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) comandada por el ejército brasileño y acompañada por el argentino y el chileno. Era la quinta vez que Haití establecía una misión de paz desde 1993. Las tropas que llegaron a Centroamérica buscaban desarticular a las pandillas y brindar seguridad a la población. Para esto, instalaron centros médicos, limpiaron las calles y se involucraron en las actividades escolares, entre otras cosas.
Un buen impulso para la Misión era apuntar hacia una de las pasiones de la población: el fútbol. Así fue como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, junto a Gerard Latortue propusieron que los campeones del mundo de 2002 vayan a Puerto Príncipe a jugar el Partido por la Paz.
Cuentan las crónicas de la época que por primera vez en mucho tiempo, ese 18 de agosto, no reinó la violencia en Haití, sino un ambiente de fiesta y celebración. Las tropas brasileñas se habían encargado de entregar camisetas del Scratch y pelotas a los habitantes, que a las 12 del mediodía fueron a recibir a la selección dirigida por Carlos Parreira.
A pesar del calor agobiante, una multitud acompañó a los jugadores, que fueron trasladados desde el aeropuerto hasta el estadio Sylvio Cator en tanques de guerra. Las 15.000 entradas para el partido se agotaron y antes de ponerle el precio que finalmente tuvieron, se analizó la posibilidad de que se intercambiaran por armas ilegales.
Ambas selecciones salieron a la cancha con globos del color de su país y con una bandera que decía “La justice sociale est le véritable nom de la paix” (“La justicia social es el verdadero nombre de la paz”). Lula le pidió a sus compatriotas que evitaran una goleada, pero tanto talento junto no pudo hacer menos que seis goles.
La selección que tenía en sus filas a Ronaldo Nazario, Ronaldinho, Roberto Carlos y Juninho Pernambucano ganó 6 a 0 en un partido que lejos estuvo de ser importante por su resultado. “Fue uno de los momentos más importantes de mi carrera como futbolista”, dijo el Gordo Ronaldo después del partido.
Desde allí, y desde antes también, los haitianos han venerado a los futbolistas brasileños. Esta noche, se verán las caras una vez más ambas naciones hermanas. Me da mucha curiosidad saber si los fanáticos de Les Grenadiers entonarán el grito de guerra surgido en épocas revolucionarias “Grenadye, alaso!” (¡Tropas, ataquen!) o sí esta vez lo transformarán en un abrazo. El abrazo de la paz.
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