Carolyn Cassady y el testimonio de una vida frenética

Por: Tomás Villegas

Ni denuncia de violencia obstétrica, ni de los prejuicios generacionales, ni del maltrato de su pareja. En “Fuera de la carretera” Carolyn Cassady de cuenta de cómo, rodeada de gente famosa y llena de angustia, supo mantenerse en pie frente a los desafíos que le planteó su vida.

Internada en el Hospital de San Francisco a mitad de 1948, y a punto de tener su primera hija con quien se convertiría, tiempo después, en uno de los íconos emblemáticos de la cultura beatnik –Neal Cassady–, Carolyn Cassady le pide al médico anestesia. No hemos tenido anestesia en toda la semana –le replica el profesional–; por otra parte, preferimos que las mujeres atraviesen esta experiencia sin ella. Ese preferimos, reflexiona Carolyn años después, al escribir sus memorias (memorias que la tienen como una protagonista algo lateral de su mismísima vida) incluye a los hombres y excluye a quienes ponen el cuerpo y la salud mental: las mujeres, claro. 

No obstante, más allá de la violencia obstétrica, de los prejuicios victorianos de sus progenitores, y de los incontables maltratos del hiperquinético Neal, Carolyn no escribe Fuera de la carretera para denunciar los prejuicios de una época, de una generación o de un hombre en particular; muy por el contrario, escribe para dejar testimonio de una vida frenética y de su capacidad adaptativa ante circunstancias oprobiosas. Para demostrar que se ha codeado con gente que la historia de la literatura ha probado valiosa, y que, a pesar de ciertas renuncias, supo mantenerse en pie con un temple admirable y la angustia carcomiéndola por dentro.

Una angustia insalvable que, en principio, tensa la relación de nuestra heroína con Cassady: mientras que ella anhela una vida de costumbres aburguesadas y familia tradicional, él brega, desde el primer momento, por un enardecido ritmo de vida, de consumos varios y frecuentes juergas nocturnas. “Él quería tener un hogar y una familia, y lo valoraba,” –sostiene a la autora– “pero también quería lo demás: él siempre quería estar en misa y repicando”. Con una fuerte pulsión narrativa y hurgando constantemente en la correspondencia privada para corroborar hipótesis o complementar ideas, Carolyn relata –y en creces: el volumen supera las 650 páginas– episodios insustanciales y un puñado de anécdotas imperdibles en las que, por lo general, termina pagando los platos rotos.

Por caso, el traumático modo en el que Neal tiene relaciones sexuales con ella por primera vez; sin consentimiento alguno y con Allen Ginsberg –amigo de Cassady aunque un completo desconocido para ella por entonces– dudosamente durmiendo en la misma habitación; o el intento de suicidio de Neal el día de su cumpleaños; o el elaborado y compulsivo sistema de apuestas a los caballos al que sucumbe Cassady; o la captura in fraganti de su esposo en plena felatio con el autor de Aullido; o los ritos iniciáticos en algunas drogas. Capítulo aparte –en el libro y en la vida de Carolyn– merece el trío que configuraron con Neal y el mítico Jack Kerouac, responsable de En la carretera.  

Carolyn Cassidy encuentros y desencuentros

En principio, la autora padece la hermandad de estos dos vándalos entrelazados cuasi ancestralmente; podrá acompañarlos en alguna de sus escapadas y compartir el viaje, el bar, la bebida; no obstante, cuanto más próxima se encuentra de los dos, más incomprensibles le resultan, ajena a un código privado compuesto de signos visibles aunque de connotaciones subterráneas. Las cosas, sin embargo, cambian con el tiempo, y, por más que todas las rutas conduzcan al mismo destino, el deseo sabe cómo inducir sus propios desvíos. Con la renuente venia de Neal, Carolyn inicia un amorío inestable con Jack, que producirá ciertos chispazos al interior del trío pero que, aún con ciertas tensiones y silencios prolongados, permanecerá unido.  

Una lectura un tanto apresurada juzgaría Fuera de la carretera como la antítesis del espíritu beatnik. ¿Qué menos beat, en efecto, que la narración de la monótona cotidianeidad de una madre de tres chicuelos? Haber intentado convivir con Neal de la manera más saludable posible, no obstante –con Neal y sus destratos, sus infidelidades, su inestabilidad– ha sido la más desafiante de las experiencias. Las otras –hacer dedo, abrirse a cualquier destino posible, beber, fumar, romper con moldes y escandalizar al público– parece decir Carolyn, es cosa de niños.

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