No lo soñé

Por: Ricardo Gotta

Entre la orfandad política y el desborde emocional de la calle, el clamor popular exige una vanguardia que encauce la resistencia ante la crueldad del modelo.

El pueblo argentino vuelve a reclamar a gritos que alguien conduzca, que encauce, que canalice su emocionalidad. Casi con desesperación, con buena dosis de espontaneidad, pide ser parte de. Cierta sordera, un agregado de impotencia y la sórdida labor de la vereda de enfrente generan sustancias agrias que intervienen para impedirlo.

Fue ese millón de ricoteros y no ricoteros que desbordó las calles y la vida con su llanto y sus cantos, sus banderas y sus discos, su corazón y su rotura, su alma y su desesperación. Fundamentalmente con su amor.

Fue como cuando nos quedamos sin Diego. O, con alguna inorganicidad, cuando se vislumbra el serio riesgo de quedarnos sin la educación pública encarnada en las universidades. En el pasado, pasó cuando nos quedamos sin Eva, o sin el General, o sin Néstor. O cuántas veces en tanta marcha de Derechos Humanos, cuando las Madres y Abuelas, esclarecidas, entrañables, lideraron el formidable reclamo de “aparición con vida” de los 30 mil que nos desaparecieron.

No lo soñamos. Otra vez gritaron las tribus, las calles, el asfalto, las veredas, el barro, el cielo, la lluvia, la música, la búsqueda, la necesidad, la desesperación, la piel.

Ese grito de emocionalidad que resurge con recurrencia por sobre la descomposición que se manifiesta en muchas de esas almas. Para algunos están rotas. Para otros son el producto de tanta orfandad, tanto destrato, tanta arrogancia, tanta imposibilidad de comprenderlos. «Son equivocados», se pretende justificar con un argumento que no basta: no es espontáneo ni maledicente el resultado de tanta frustración. Como no lo es la luz que sigue iluminando a quienes no llegaron a balearse los pies eligiendo la gobernanza a sus enemigos, conscientes de que los que parecen nuestros, apartaron una generosa porción para que eso ocurriese.

Los tiempos y los humores de las sociedades no son aleatorios. Los procesos son producto, sin excepción, de realidades concretas.

A la dirigencia propia le cabe tener la capacidad y la voluntad suficiente para asumir semejante desafío. Con el peronismo a la cabeza, claro. Aunque el abanico ideológico sea tan amplio como el de ese pueblo que se funde en un clamor y que, probablemente más que otros, requiere esencialmente de una vanguardia: un líder o un cúmulo de ellos. Sin ese factor, al menos por ahora, se torna inviable.

¿Por qué no se armó quilombo cuando tocaron a Cristina, después de tanto proclamar y amenazar con ese quilombo? Porque muchos que lo gritaban no lo sentían sinceramente, o porque les ganó la cautela, porque los superó la cobardía, la impotencia. O bien la conjetura berreta, pérfida, premeditada, de que mejor es convivir con una consigna como la de «Cristina libre», tan válida, potente y sentida, como proclive a ser convertida en un mero globo de ensayo, vacío de contenido. Otra vez hoy: sin ella es imposible, con ella no alcanza.

Tal vez sea el tiempo de volver a parafrasear a Serrat: «déjense ya de llorar, que hace un rato demasiado largo que nos declararon la guerra». Fue incluso antes de que estos cachivaches, estas imágenes desfiguradas que nos gobiernan fueran elegidos por el poder real para hacerlo.

Entonces, si no es ahora, cuándo…

Para canalizar esa reacción cuántas barbaridades más habrá que soportar, cuántos ingredientes como generosidad, conducción, agallas, claridad ideológica, poder de convocatoria serán necesarios.

¿Qué sucede que una sociedad tolera que un fiscal que investiga el caso de la muerte y descuartizamiento de una nena de 14 años felicite al perro que la halló? ¿Por qué no sale en malón ante la brutal degradación que significa hambrear y apalear a jubilados o discapacitados? ¿Cómo permanece indiferente ante semejante industricidio, afano brutal en modo lavado y fuga, endeudamiento colosal? Y a pesar de otras cientos de aberraciones similares, hay un vasto sector que osa defender el modelo. No sólo los que notan sus conveniencias de sus abultadas cuentas bancarias sino, por caso, los que se necesitan endeudarse más y más para morfar.

Ensalada de suicidio colectivo, gorilismo, facilismo, tilinguería, odio de clase, grave analfabetismo político o el egocentrismo tan agitado y fomentado por las remanidas ideologías derechosas. Que tanto vaquitas como medios de incomunicación sean ajenos, implica que también lo sean las modernas tecnologías de interacción social, convertidas en cloacas insufribles. ¿Perdimos la guerra cultural, o sólo nos tienen contra las cuerdas?

Milei no debe pasar en vano, pero poner el límite sólo en su desagradable estampa es un acto de cobardía política. El enemigo está mucho más allá. Si no, esos millones de idiotas que creyeron que el kirchnerismo se robó un PBI volverán a votar por estos delincuentes que con impunidad salen a cagar a casa de otras gentes.

Como el arrogante mequetrefe (jefe de ministros, nada menos; algo así como el jefe de la banda), que encontró una fortuna en un pendrive y salió desbocado a derrocharla. Paradigma de un gobierno. O más que eso, una pandilla de timadores.

A este humilde escriba, estas reflexiones desordenadas, caóticas, exasperadas, imprescindibles para sí mismo, les rebotan hace mucho. Tal vez haga años. Pero ese millón de almas, muchas con las que, en un par de ocasiones, compartió algo más que una tribuna ricotera sin imaginar siquiera que se arribaría a esta realidad; ese enfrentamiento brutal con la realidad de kilómetros de corazones encauzados en un horizonte emocional común, sí le disparó la urgencia de estas frases apremiantes, íntimas, fraternales. A la vez, con la inquina que funciona como una silueta que se derrite ante el temor por una nueva oportunidad desperdiciada.

Cuántos lloraron por el indio sin ser ricoteros, cuantos lloraron por Diego sin ser futboleros. La remanida teoría de la física: la acción y la reacción. El apremio por extender el concepto de «nos cuidamos entre nosotros» sin necesidad de la poli (que con uniforme es el enemigo declarado, cruel, tantas veces asesina y debió camuflarse para cumplir su deber). Los vecinos, la disposición popular, la sociedad organizada, la masividad canalizada en el mar de lágrimas de dolor, amor y melancolía.

El final ya llegó. ¿Será un sueño? Que no se vuelva a tirar por la borda tanta historia popular, las gestas de nuestros muertos, la pasión de nuestros vivos, la alegría que supimos conseguir, los derechos cabalmente logrados (los que aún resisten y los que debemos recuperar), las ilusiones que aún nos quedan por torcer la historia, las utopías que iluminan el horizonte, los gritos desesperados por que vuelvan los días felices.

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