Cinco películas imprescindibles para entender la mirada de Aristarain sobre la vida y el poder

Por: Lucrecia Peñari

La muerte del gran director deja una obra única en la que las historias, la sensibilidad y la ética se cruzan con una frontalidad que interpela. Un repaso que revela por qué su cine sigue movilizando.

La muerte de Adolfo Aristarain deja al descubierto algo incómodo: cuánto del cine argentino contemporáneo se volvió más tímido, más oblicuo, menos dispuesto a decir lo que piensa. Desde Tiempo de revancha hasta Lugares comunes, su obra trazó una línea clara: personajes que hablan, que argumentan, que se enfrentan a sistemas opresivos -empresariales, políticos, culturales- con una ética tan férrea como melancólica. Formado en la industria, lejos del gesto autoral ensimismado, Aristarain construyó un cine narrativo clásico pero cargado de densidad ideológica, donde el conflicto moral siempre está en primer plano. Su relación con España durante el exilio y la posdictadura amplió su campo de acción sin diluir su mirada: siguió filmando historias de individuos a la intemperie, atravesados por derrotas pero nunca cínicos. En tiempos de repliegue, su cine insistía en discutirlo todo: el trabajo, la dignidad, la memoria, el amor. Y lo hacía con una herramienta hoy en retirada -la palabra- convertida en campo de batalla.

Tiempo de revancha (1981)


En plena última dictadura, Tiempo de revancha se convirtió en una de las formas más inteligentes de decir lo indecible. La historia de un ex sindicalista (Federico Luppi) que idea una estafa contra la empresa que lo emplea funciona como thriller, pero sobre todo como alegoría del disciplinamiento social. Aristarain construye un relato seco, de progresión implacable, donde el silencio -literal y político- resulta central: el personaje decide fingirse mudo para sostener su plan, y esa decisión resuena como metáfora de una sociedad obligada a callar. Sin subrayados, con una puesta austera y actuaciones contenidas, el film trabaja sobre la relación entre individuo y sistema, un tema que atraviesa toda su obra. La revancha del título no resulta heroica ni liberadora: es ambigua, incluso amarga, y en esa incomodidad radica su potencia. Estrenada todavía bajo censura, la película encuentra en la elipsis y el género una vía de resistencia.


Un lugar en el mundo (1992)

Un lugar en el mundo es, quizás, la síntesis más visible de su ideario. A partir de la mirada de un hijo que recuerda la experiencia comunitaria de sus padres en el interior, Aristarain articula un relato sobre la utopía y su desgaste. La figura del maestro rural (otra vez Luppi) encarna una ética del compromiso que choca con las lógicas del capital y la modernización extractiva. Filmada con una sensibilidad más abierta que en sus trabajos anteriores, la película incorpora el paisaje como espacio de conflicto y pertenencia. Su reconocimiento internacional -incluida la polémica por su descalificación del Oscar a mejor film extranjero por cuestiones de nacionalidad- refuerza su lugar en el canon. Pero más allá de eso, lo que persiste es su pregunta central: qué queda de los ideales cuando el mundo avanza en dirección contraria. La respuesta no es nostálgica, sino dolorosamente consciente.

Martín (Hache) (1997)

En Martín (Hache), Aristarain desplaza su eje hacia lo íntimo sin abandonar la dimensión política. El vínculo entre un director de cine en crisis (Eusebio Poncela) y su hijo (Juan Diego Botto) se convierte en un campo de debate sobre el exilio, la identidad y la imposibilidad de pertenecer. Ambientada entre Buenos Aires y Madrid, la película respira esa condición transnacional que marca la vida del propio director. Aquí la palabra alcanza su forma más explícita: largos diálogos, confesionales y provocadores, que dividen aguas pero construyen una poética reconocible. Lejos de la acción de sus films anteriores, el conflicto es emocional e ideológico, y se despliega en conversaciones que funcionan como duelos. Aristarain no teme al exceso verbal: lo asume como estilo. El resultado es una obra discutida pero influyente, que captura el desarraigo de una generación.

La ley de la frontera (1995)

Menos recordada pero clave, La ley de la frontera trabaja sobre la tensión entre justicia y legalidad en un contexto de corrupción estructural. El relato sigue a un juez enfrentado a redes de poder que exceden cualquier marco institucional, en una España donde la transición democrática aún deja zonas grises. Aristarain retoma aquí su interés por los sistemas que condicionan la acción individual, pero introduce una dimensión más abiertamente política en el sentido institucional. La puesta es sobria, casi funcional, al servicio de un guion que privilegia el conflicto ético por sobre el espectáculo. Como en sus mejores momentos, no hay redención fácil: la ley no alcanza, y la frontera del título es también moral. Su menor circulación no le quita relevancia dentro de una filmografía obsesionada con los límites del accionar individual.

Lugares comunes (2002)

Con Lugares comunes, Aristarain cierra su etapa más visible con una película que condensa sus temas en clave íntima. La historia de un profesor universitario obligado a jubilarse anticipadamente (Luppi) es, en el fondo, una reflexión sobre el trabajo, la dignidad y el sentido de la vida en un contexto de precarización creciente. Escrita junto a Kathy Saavedra, la película encuentra un equilibrio entre lo político y lo afectivo: el vínculo de pareja se vuelve refugio frente a un mundo que expulsa. Sin grandilocuencia, el film propone una resistencia cotidiana, hecha de pequeñas decisiones. La palabra vuelve a ser central, pero ya no como confrontación sino como sostén. En plena crisis argentina, su mirada resulta tan lúcida como conmovedora. No hay épica, pero sí una forma de coherencia que, en el cine de Aristarain, siempre resulta la verdadera batalla.

Foto: Telam

Rodolfo Aristarain

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