Ciudad de México

Por: Cecilia González

Habito la ciudad y la ciudad me habita. Hay recovecos simbólicos.

No falla. Cada vez que vuelvo, la primera semana la paso mal. Es demasiado grande, demasiado caótica, con demasiada gente. Cruzar las avenidas se convierte en una aventura extrema. Es mi ciudad natal pero la mitad de mi vida la he pasado en otras ciudades. Ya me desacostumbré. Entre la segunda y tercera semana, el estrés amaina. Después se consolida el reencuentro y siento que podría volver a vivir aquí. Me invade un inexplicable (y reconfortante) sentido de pertenencia que no podré tener jamás en ningún otro lugar. De aquí soy.

Habito la ciudad y la ciudad me habita. Hay recovecos simbólicos. En esta plaza vendía con mi mamá. A este cine venía con mis amigos. En esta vecindad me dieron mi primer beso. En esta escuela terminé mi carrera y di mis primeras clases. A estos salones veníamos a bailar. En estos restaurantes cenábamos cuando salíamos del periódico. En este departamento de Tlatelolco supe lo que era la independencia. De este departamento en San Pedro de Los Pinos salí un día rumbo a Buenos Aires pensando que volvería en tres meses. Pasaron más de 22 años. A cada paso, un recuerdo.

Hay, también, un presente. La alegría de visitar los mercados, de comer tacos de cecina, de barbacoa, tlacoyos con mucho queso, las aguas de guayaba, papaya y piña con limón, los jugos de naranja, zanahoria, betabel. Los mangos de manila, la fruta perfecta.

La Ciudad de México es música, comida y colores, le resumo a mi ahijada, mexicanita adoptiva. El orgullo y la emoción frente a la Piedra del Sol en el inabarcable Museo Nacional de Antropología. La nostalgia al ver a las parejas que bailan salsa o danzones en Coyoacán o La Ciudadela. La adaptación (de las construcciones y de las personas) a los terremotos.

Los contrastes.

Un día, una extravagante comida de pasos en un restaurante con estrellas Michelin en Polanco; al siguiente, una quesadilla de flor de calabaza en el humilde Mercado Morelos. En la Roma, la Condesa, la Juárez y el Centro Histórico deambulan turistas extranjeros como nunca antes. Conviven con la añeja violencia social: niños, mujeres, ancianos, casi siempre indígenas, que piden limosna. Riqueza obscena. Pobreza endémica. Desigualdad (todavía) irresuelta. En los alrededores del Zócalo, los edificios históricos con fachadas de piedra que se hunden de modo disparejo porque mi ciudad, recordemos, es chinampa en un lago escondido. En San Ángel, altísimas torres de lujo que se construyen sin parar a pesar de la crisis del agua. Las balaceras y masacres que, de tan cotidianas, se vuelven invisibles. Colonias enteras controladas por cárteles. Asesinatos de inocentes, de personas que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Familias sin esperanza alguna de justicia. La extorsión a comerciantes fijos y ambulantes. La resignación ante tantas violencias. En una charla, pasamos sin escalas de las risas e indignación por Emilia Pérez, a la convicción de que está bien hacerse tatuajes porque ayudan a identificarte si te desaparecen. Lujosos centros comerciales son custodiados por soldados que portan armas largas al lado de niños que pasean con sus madres y padres. Hacemos como que no los vemos. Como que es normal. No lo es. No debiera serlo.

Los refugios. La fiesta de 15 años de una niña bella y valiente que reúne a una familia decente y solidaria (papá y mamá estarían orgullosos) con las otras familias elegidas, una chilanga y otra porteña, también incondicionales.

Otro día, la felicidad se resume en ir al mercado con mis hermanas y cocinar con ellas, aprender de ellas. O cenar con imprescindibles amigas con las que acumulamos décadas de cariño y compañía y que tenemos en la diversidad uno de nuestros máximos valores. O celebrar el ascenso de un amigo-hermano en el bar El Covadonga, en uno de sus tradicionales jueves de periodistas. O comer y pasear y brindar en la renovada Santa María la Ribera. O disfrutar las noches de cine con otra amiga-hermana. Por una urgencia, durante varios días no hay mejor plan posible que cuidar a mi hermana internada. Y valorar y agradecer, a pesar de todo, la salud pública, a sus trabajadores. El amparo es preciso: casas, habitaciones, camas siempre a disposición que me permiten lo mismo disfrutar la vista de un parquecito en la Colonia Narvarte; que el saludo diario del Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, nuestros amorosos volcanes; o la compañía de Cuco, Janice y Tom, perritos sanadores de alergias y corazones.

Llega la partida.

No me quiero ir.

Vine con miedos y preocupaciones que se disiparon y me voy contenta, con esperanza y colmada de amor. El vano intento de esconder las lágrimas en una despedida afuera del metro Hidalgo, entre abrazos, buenos deseos y nostalgias. Desde el ventanal del metrobús, disfruto el crepúsculo que cubre Chapultepec.

Sólo reconforta planear el próximo regreso. Saber que, aquí, siempre me esperan.

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