La pésima intervención del presidente en el debate con Donald Trump alarma al oficialismo.

Sin público ni luces, para evitar las carrasperas y los suspiros, los brillos y los reflejos tan molestos en otras latitudes, los dos sujetos que estarán encargados de reiterar que EE UU es el faro libertario de la democracia, cerraron la patética exhibición a puro insulto. Biden se llevó el calificativo de «imbécil» y un nuevo agravio, más descalificador para el que lo dice que para quien lo recibe: «Eres un palestino». Y se quedó con la certeza de contar con dos nuevos y poderosos enemigos. The New York Times le dijo que «el mayor servicio público que puede prestarnos es anunciar su renuncia a la postulación», y la tapa de Time fue sangrienta: sobre un campo rojo lo mostró, caminando, con medio cuerpo afuera.
Biden pretendió probar que, además de un «imbécil», Trump es un mentiroso empedernido que a los gritos, como siempre, buscaba consolidar el voto ultraderechista del nacionalismo cristiano, justo él que es un consecuente violador de todos y cada uno de Los Diez Mandamientos. De ahí que Trump haya hartado con sus persistentes apelaciones a Dios, invocado hasta en la declamación impresa en el reverso de cada dólar: «In God we Trust” (En Dios confiamos). El próximo debate –con Biden o con el sustituto si es que se cumple el clamor de que el presidente actual no sea el candidato– se hará el 10 de septiembre y promete ser lacrimógeno, en la víspera del 23 aniversario de los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono.
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