Siempre hay nervios, pero siempre está la Argentina

Por: Alejandro Wall

Alexis Mac Allister había metido el primero y parecía un partido tranquilo. Pero Suiza empató en el segundo tiempo y volvió el sufrimiento en un partido en el que la Selección tampoco jugó bien. Se iba el suplementario cuando Julián Álvarez metió un golazo. Y Lautaro selló la clasificación.

Ya no importa de cuánto sea la frecuencia cardiaca a la que se llegue. Siempre hay taquicardia y siempre está la Argentina. Y siempre, hasta acá, cuartos de final con Suiza, hay una nueva forma para ganar. Necesitó de un tiempo extra para pasar de pantalla. Por primera vez llegó a esa situación. Tampoco jugó bien. El equipo se mostró confundido, sin la pelota, sin el control del partido, pero otra vez sacó adelante el asunto. Sin goles de Lionel Messi, pero con el rescate de sus delanteros. Un golazo de Julián Álvarez, con una pegada hermosa, un dibujo fino y preciso en el aire. Y con Lautaro Martínez, que puso un manto de tranquilidad sobre el final. Esta historia ahora tiene semifinales con Inglaterra, un partido que de solo nombrarlo activa los nervios.  

En este estadio había comenzado el camino. Kansas City es la ciudad argentina en el Mundial. Después de dar vueltas por Dallas, Miami y Atlanta, el camino ideal indicaba que tenía que volver a jugar en el Arrowhead, el mismo escenario del partido con Argelia. Ese inicio no había dado señales de que este recorrido se hiciera a través del sufrimiento. Así que esta nueva parada podía ser un alivio.

Foto: @CONMEBOL

Y es cierto que Suiza tuvo la pelota desde el inicio, el control del juego, pero a la Argentina le alcanzó con que Messi se active para generar una situación de peligro. Tirado en la banda derecha, Messi deambulaba por la cancha cuando le llegó la pelota. Encaró a la defensa suiza y lo hizo jugar a Alexis Mac Allister. De ahí vinieron dos córners consecutivos, el segundo Messi lo puso al primer palo, para el cabezazo de Alexis, que en el salto cambió la orientación de la pelota. Iban recién nueve minutos y llegaba el gol. En el banco, todos abrazaban a Walter Samuel, el cerebro de la pelota parada en la Argentina. 

Entonces se podía plantear un partido para respirar. Ahora sí el equipo podía tener la pelota, gestionar los minutos con tranquilidad. Pero eso que se había visto antes del gol con Suiza presionando alto y sacándole la pelota a la Argentina fue el status quo de ese primer tiempo. Los suizos se desplegaron en el campo ganando la mitad de la cancha. No generaron situaciones de peligro, pero mantuvieron a la Argentina en tensión.

Las escenas resultaban desconocidas, un partido en el que la selección de Lionel Scaloni no tenía la pelota, la tenía el rival, y en el que jugaba largo para saltear la presión de Suiza. Dibu Martínez era el lanzador. Pases de ochenta metros buscando que allá arriba se armara alguna jugada, pero lo que pasaba era que la pelota volvía rápido. Tampoco salían las asociaciones en velocidad. La pelota se perdía rápido.

Suiza no generó sustos, nunca hizo el arco de Dibu, pero fue extraño ver a la Argentina en esa situación de inferioridad. Salió a descansar con la ventaja en la mano pero rodeado de dudas sobre el trámite, sobre lo que había mostrado en la cancha, sin la posesión, a la espera de Suiza, tirando pelotazos a los de arriba. 

Una vez que oscureció en Kansas City, con el segundo tiempo en marcha, hubo otra intención, otra búsqueda, jugar más arriba y jugar menos con fuego. Tener la pelota, hacer lo que sabe hacer este equipo. Fue un rato apenas, quizá un espejismo, o un recuerdo, pero enseguida otra vez Suiza tomó el mango de la sartén.

La resistencia se rompió por la banda izquierda suiza, la más usada, la más peligrosa, cuando Dan Ndoye jugó una pared con Ricardo Rodrigues y desbordó a Nahuel Molina. La pelota pasó entre las piernas de Dibu. El primer pensamiento que podía aparecer en ese instante era que se veía venir. El segundo era que todo pintaba feo.

Las cosas se volvieron a acomodar cuando echaron a Breel Embolo, el delantero de Suiza. El árbitro portugués Joao Pinheiro le había sacado amarilla a Paredes por una acción con el suizo, que había sido una simulación clara. El VAR llamó para cambiar esa tarjeta. Embolo ya tenía amarilla, así que tuvo que irse. 

Pero entonces el partido le hizo un guiño a la Argentina, le dio una mano cuando más lo necesitaba. Permitió equilibrar la cancha y tener la pelota. Pero no mucho más. Suiza, el país de la neutralidad, del secreto bancario y del chocolate, es también el país de los relojes. Se dedicó a adelantar las agujas, a hacer que el tiempo pase sin que pase nada. 

La Argentina buscó por arriba, con centros cuando pudo. Los datos quizá digan que debe haber tirado más en este partido que en todo el Mundial. Rodeó el área, con Suiza ya renunciando a una respuesta. Fue en esa monotonía que llegó el alargue, un tiempo extra que encontró a la Argentina mejor que a su rival.

No había posibilidad de que no se sufriera en un suplementario. La Argentina insistió con centros, jugando bien arriba, tomando muchos riesgos. Para jugar el alargue, entró Thiago Almada por Enzo Fernández. Y ya cuando avanzaba el tiempo, directamente entró José Manuel López por Paredes, lesionado. Tres 9 en la cancha, un equipo ya entregado a evitar los penales. Lo resolvió Julián Álvarez sacando un remate extraordinario y sacándose también la bronca de un Mundial que parecía esquivo. Fue un golazo. Alguien puede decir que fue de otro partido. Pero fue de este. La comba exacta para quebrarle el arco a Kobel, para darle la clasificación a Argentina.

Foto: Xinhua Xiao Yijiu

El tercero llegó para que esto pudiera terminar antes de lo que diga el juez del partido. Lautaro Martínez completó un contragolpe para cerrar todo. Algo que el equipo necesitaba, que sus delanteros fueran los que marcaran. No hubo de Messi esta vez. Hubo, eso sí, una asistencia que lo llevó a diez en su marca. Todas a diferentes jugadores.  

La Argentina jugó de luto este partido. El brazalete negro homenajeó a Antonio Ubaldo Rattín, el capitán de la selección argentina en el Mundial 66, el hombre que estrujó el banderín inglés en Wembley mientras se iba expulsado. Ídolo de Boca, su único club, Rattín inspiró las tarjetas rojas. Murió ayer, antes de esta clasificación con Suiza. Aquel Argentina-Inglaterra de 1966 fue un capítulo mitológico de una rivalidad que hace cuarenta años tuvo una película perfecta para la Argentina, en el Azteca, con Diego Armando Maradona. El que no salta es un inglés, cantan en las tribunas. El nuevo capítulo será en Atlanta, Georgia, por las semifinales del Mundial. Será con Messi, que por primera vez jugará contra Inglaterra. Y será también con el sufrimiento que acompaña a la selección en este camino.

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