Cómo narrar y relatar la experiencia de narrar

Por: Raquel Poblet

Apenas pasó un fin de semana y la ausencia de Ricardo Piglia sigue extendiendo su sombra sobre las letras y la cultura argentina. La autora relata su experiencia como colaboradora del gran escritor.

Ricardo fue un gran escritor de novelas y cuentos, un teórico exquisito, un lector apasionado, un “animal literario”, como señala Mario Goloboff, pero, más que nada, fue un gran profesor. Tuve el privilegio de trabajar con él entre los años ‘93 y 2000. Empezamos siendo un grupo grande que se fue decantando hasta quedar doce personas. Era los lunes a las seis, en el Instituto de Filología Hispánica. Él venía puntual -puntualísimo- y eso, además de sus charlas, que eran verdaderas clases, hacía que nos tomáramos muy en serio la tarea. Nos hizo leer y releer a Paul Valéry, a Walter Benjamin, a Roland Barthes y, por supuesto, nos hizo recorrer la literatura argentina con su rigurosidad y su pasión.

Esas reuniones fueron la antesala de los memorables seminarios que dio en la UBA en aquellos años. El primero fue “Las tres vanguardias”, una lectura profunda de Saer, Puig y Walsh, y la tensión con los medios. Otro fue “La ficción paranoica”, en la que nos adentraba en el género policial. Hubo otro gran seminario sobre Sarmiento en el que buscábamos aquellos “rincones de ficción” en textos que no son de ficción. También hubo uno dedicado a Cortázar. Pero quien nos abrazaba y soñaba a Ricardo y a todo el grupo era Macedonio. Leímos con intensidad los escritos de quien fuera el padre de nuestros padres y nos centramos en el Museo de la novela de la eterna hasta dar como resultado un diccionario macedoniano que se puede consultar.

Escribo estas líneas para poder cumplir con ese deseo de asir esas horas de lectura y conversación con él. Una vez, en el año ‘97, le di uno de mis cuentos. Estábamos por empezar una de las reuniones en el salón de literatura latinoamericana, que Noé Jitrik nos cedía, y todavía faltaban compañeros por llegar. Agarró mis hojas, se las acercó mucho a la vista y se metió en mi texto, como si el resto del mundo y los que entraban no lo perturbaran. Era siempre así. Cada vez que agarraba un libro o un escrito se abstraía del entorno con una capacidad de concentración envidiable. Era un macedoniano total que quería ficcionalizar la dificultad de narrar y hablar sobre ella. Porque la ficción es ese universo que nos rapta para mecernos en un presente permanente en el que la muerte no existe. Y él lo sabía, y nos lo decía, y nos hacía creer que la literatura es esa posibilidad de otorgar a lo perdido una eternidad.

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