Mientras el Senado remata derechos laborales, la Plaza Congreso contiene la bronca de los que siguen luchando, rodeados por las armas que responden al poder.

Si la semana pasada el ambiente de Congreso olía a “plomo”, el mediodía del viernes transpira incienso de velorio. Los senadores ya compraron el cajón, pero los muertos -los laburantes- se niegan a entrar.
Mientras la cúpula cegetista se muda el lunes al mármol frío de Tribunales para pelear con expedientes lo que no pudo defender con banderas, la “Plaza de los Abandonados” tiene una mística huérfana, pero rabiosa. El vacío que dejaron las cúpulas se llena con el sudor de los de abajo. La bronca crece desde el pie. La lucha continúa.
Esta mañana, en el norte del Conurbano, los despedidos de Fate y Georgalos enfrentaron a la Gendarmería en la Panamericana; en el frígido microcentro, la Policía de la Ciudad ensayó su cacería andante con gas pimienta y bastones largos contra los movimientos sociales. Otra vez el panic show.
“Me das un pucho, antes de que los hidrantes arranquen”, pide Leila, del MST, pegada a las vallas calientes. La muchacha está curtida en las cacerías de los Federales. A pocos metros, Santiago, un no docente universitario que llegó a pie, repite el mantra que es trueno que no cesa: «Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode». Es la infantería del pueblo contra el protocolo del miedo.
El contraste con el palacio legislativo es obsceno. Adentro, el aire acondicionado suaviza el rito de la escribanía donde se tasan derechos con el cinismo de quien remata las joyas de la abuela para pagar una fiesta ajena.
El régimen ultraliberal ejecuta su lógica de desguace: bajar la edad de imputabilidad para castigar a los pibes y subir las horas de explotación para convertir a los adultos en mano de obra esclava. Todo marcha acorde al plan: cárceles para los hijos, cadenas para los padres.
Cerca de las rejas, un cartel de la CGT arde como un símbolo de la tregua rota. La “fe judicial” de la central obrera para frenar la reforma choca contra el cuerpo de los obreros, jubilados, docentes y estudiantes que se quedan a poner el pecho.
A la tarde, cuando el sol empieza a ceder, pero la infamia de la reforma ya casi tiene sanción definitiva, un grito de memoria rebota en el mármol sordo del Congreso: «Que se vayan todos, que no quede ni uno solo«. El eco del 2001 vuelve a flotar junto a los camiones hidrantes. Solo queda un puñado de laburantes protestando y una pregunta tatuada en un cartel que nadie en el recinto se atreve a mirar: «Si la ley es tan buena, ¿por qué necesitan tantas armas para sacarla?«.
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