Coppola, el concertador

Por: Carlos Ulanovsky

Siempre se dijo, "Qué difícil debe ser Diego Maradona". Ahora, mirando la película completa induce a pensar "Cuanto más difícil habrá sido ser Coppola".

Fue como un Dios en la vida del Diez, Dios del fútbol en la tierra y en el cielo. Le dijeron «Guille», «Guillote», «Cappa Bianca», pero cada vez que pudo dejó claro que él era Guillermo Esteban Coppola. Es el protagonista de una serie de Star + que lo identifica como «el representante», aunque él prefiera verse como concertador o manager. Además de una muy atractiva y entretenida biopic, el trabajo dirigido por Ariel Winograd y protagonizado por Juan Minujín es un formidable registro de época.

Siempre se dijo, «Qué difícil debe ser Diego Maradona». Ahora, mirando la película completa induce a pensar «Cuanto más difícil habrá sido ser Coppola». Familia sustituta de Diego, tapa agujeros, defensor de rico y ausente, acompañante terapéutico, fue el amigo de fierro, en las buenas, en las malas y en los reiterados desbordes del ídolo. Pero no sólo eso. Coppola es también un sobreviviente de los ’80, dictadura incluída, y, especialmente el testigo viviente de una Argentina subsumida en la nube de pedos neoliberal y menemista de los ’90.

Sobrevivió a las tentaciones del dinero grande, que aprendió a usufructuar en su nombre y para muchos más y a la abundancia casi obscena. En la serie se muestra que su mascota era un pavo real, que su lugar predilecto para recostarse un rato era una cama solar y que bebió incontables copas de champagne. Revivió tras un breve pero duro período de cárcel y de la mano de un joven abogado que empezaba a foguearse en casos difíciles llamado Mariano Cuneo Libarona pudo zafar de una grave acusación de tenencia de droga descubierto o plantado en un jarrón de su casa. Pero, fundamentalmente, supo, pudo y quiso resistir los excesos y crudas costumbres de su representada estrella.

Siendo muy joven y empleado en un banco, un día su inocultable ambición se cruzó con un tesoro. Le vino de arriba, cuando el defensor de Boca, Vicente «el Tano» Perdía fue el primero que confió en sus dotes de asesor económico. En poco tiempo se convirtió en el artífice financiero de 183 importantes jugadores profesionales. Hasta que ligó el premio mayor, o como lo denominan en la serie, «el caballito ganador». Habilísimo declarante, uno se pregunta por qué Cavallo no lo sumó a su equipo, alguien que, ahora mismo, podría darle clases de vocería a Adorni. En algo se parecían Diego y Guillermo: los dos eran grandes vendedores de ilusiones. Cada uno en lo suyo, el astro que triunfó en todos lados esperanzaba desde el verde césped mientras ese muchacho, al que si lo dejaban hablar arreglaba el mundo, todo lo resolvía desde un escritorio y con un teléfono en la mano. Juntos confirmaban el dicho de que «todo lo que brilla es oro». Aunque como representante ya era integrante de un jet set de patas cortas y billeteras lungas, Cóppola seguía respondiendo como bancario: «Hay momentos en que el mercado pide comprar y otros en que el mercado pide vender».

Coppola para armar

El primero de los seis capítulos se desarrolla en Nápoles a mediados de los ’80, En ese tiempo la magia del zurdo fue esencial para que, por primera vez en décadas, el equipito del sur le pintara la cara a los ricachones del norte. Y aquello fue una imperdonable osadía del por entonces, y por mucho tiempo más fue el mejor jugador del mundo. El segundo está invadido por ese clima que algunos llamaron «la fiesta menemista», la etapa en que buena parte de la sociedad se auto convenció que todo tiene arreglo, siempre y cuando haya dinero. Coppola es fiel representante de esa decisión social: en muchas ocasiones se lo muestra disparando «propinitas» que, sin duda, le habilitaron puertas que parecían cerradas desde siempre. El tercer capítulo se llama «Mi amigo Poli», que no es otro que Leopoldo  Armentano, un jugador central de esos años y muy cercano a Guillermo. Pibe carilindo, devenido rey de la noche, dueño de dos boliches de moda, su presente dorado cambió en un instante cuando, por motivos nunca probados, un sicario lo asesinó en la puerta de su departamento.

El siguiente momento se titula «El jarrón» y alude a ese adorno que la policía encontró en su domicilio cargado de merca. Coppola va preso y en la prisión su condición de innato seductor lo vuelve inolvidable. Eso y un termotanque que logra introducir para inaugurar la era del agua caliente entre rejas. Los episodios cinco y seis muestran al imaginativo mediador que, parla mediante, consigue todo lo que se propone, para volver realidad lo que Diego sueña, desea u ordena. Desde convencer a Enzo Ferrari para la fabricación de un modelo de auto color negro, cuando la tradición de la prestigiosa marca fue siempre el rojo, hasta hacerse cargo del costado depredador de Diego, capaz de dar vuelta un hotel o poner en riesgo una casona de lujo en Barrio Parque. Imagen significativa se reitera en los seis segmentos: la de un Coppola abrumado, apoyado en un balcón o en una cornisa, pensando, mirando quién sabe qué.

Cada capítulo –impecables los guiones de Emanuel Diez– viene reforzado por sutiles detalles de época. En el de Nápoles todos los créditos están en italiano (Regia: Ariel Winograd) y en otro, la cortina musical es «Gomazo» el tema que en los ’90 abría y cerraba Ritmo de la noche, de Tinelli y compañía. Notable tarea de Winograd (ya con más de diez largometrajes realizados) y de Juan Minujín, en muchos momentos con un parecido físico muy grande, como protagonista. Los dos sumando gracia, creatividad, convicción, curiosidad y, en especial, el arte de haber vuelto reconocibles esos años de trajes caros, vestidos brillosos y burbujas. Su labor es especialmente destacable porque en los ’80 eran niños y en los ’90 apenas adolescentes. La imagen de Diego aparece en contadas ocasiones, a través de tomas de archivo y aunque el tema del poder y los poderosos es inherente a la realización únicamente aparecen Carlos Menem, hijo, y Daniel Scioli, ambos sorprendidos en boliches.

El acting final fue cuando en noviembre del 2001 el pueblo futbolero colmó la Bombonera para despedir al emblema. Aunque también fue otra puesta espectacular y completa de Cóppola lo que se recuerda es la frase que le confirió categoría de eternidad al alejamiento de Diedo: “La pelota no se mancha”. Antes, durante y después, en Barcelona, Suiza, Nápoles, en la Argentina, Cóppola estuvo siempre, con paciencia descomunal, detrás del guión de la vida de Diego, mejorándolo en todo lo posible. «

*Concertador: palabra que tiene una insignificante presencia en el Diccionario Larousse.

* Parte del excelente elenco, encabezado por Juan Minujín: Gerardo Romano, Mónica Antonópulos, Damián Dreizik, Mónica Raiola, Mario Alarcón, Adabel Guerrero, Alan Sabbag, María Campos, Rodolfo Ranni, Joaquín Ferreira, entre otros.

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