Leonardo Favio (Ed. Nuevos Tiempos), investigación biográfica de Norberto Galasso, de lectura imprescindible. La vida del cantautor, director de cine, productor, guionista, militante y político. Extracto del primer capítulo.

En el callejón Ortiz, de tierra, por supuesto, han refugiado su pobreza, su falta de horizontes, su lento pasar de los días, sólo a veces alterado por las bromas, charlas y risas de las muchachas y algún cantar de doña Pilar. Allí, por esos curiosos azares del destino, cae un día, un muchacho llamado Jorge Jury Atrach, de espíritu festivo, desordenado, capaz de maravillarse de todo, especialmente si se trata de chicas jóvenes, pero con la firme convicción de que trabajar es algo malo, cosa de brujos o de gente que nada sabe gozar de la vida. Al poco tiempo, Manuela se cruza con este extraño árabe de mirada codiciosa y se van aquerenciando. Tiempo después, Las Catitas se enriquece con un nacimiento, fruto de aquel encuentro: al niño lo llamarán Jorge Zuhair Jury, pero desde muy pequeño lo apodan El Negrito.
El pequeño gozará del privilegio de ser el centro de atención del resto de la familia, durante algún tiempo. Pero el 28 de mayo de 1938 pierde el privilegio de ser hijo único: ese día nace Fuad Jorge Jury, a quien apodan el Chiquito, en el ámbito familiar, para convertirse luego en Leonardo Favio.
Él recordará después con hondo sentimiento aquella “patria chica” en que le tocó nacer: “El clima de Mendoza es desértico, seco y como no hay humedad, el aire no tamiza el cielo. Es transparente. Y las estrellas tienen una nitidez que hiere. Y por la altura de Mendoza, pareciera que a las estrellas las podés acariciar”. Porque esa pobreza de Las Catitas, tiene su reverso cuando se mira a lo alto, como decía el viejo Ibrahim: “¡Qué pedazo de estrellas, che! ¡Qué pedazo de estrellas!” y se quedaba horas y horas en la noche mendocina atrapado por las luces lejanas y brillantes. “A mí me daba algo de penita verlo pensar, mirando las estrellas… y desde la calle venía el ladrar de los perros. Perros ajenos, de la calle, nosotros no teníamos perros. Nacían los ladridos y se prolongaban perdiéndose en el infinito”. Su recuerdo se emparenta con aquello de Federico García Lorca: “Un horizonte de perros/ ladraba muy lejos del río”.
Cada uno de aquellos seres tan queridos escapa -cada cual a su modoa la pobreza de Las Catitas: la madre, Manuela, soñadora, capaz de crear personajes y armar libretos con historias populares; la abuela Pilar, remontando el sueño de un mundo igualitario, comunista convencida y vibrando ante las pocas informaciones que le llegan de la guerra civil española… y cantando, siempre cantando; y por allí, la tía Elcira soñando con pisar los escenarios, como lo haría, años después, bajo el nombre de Elcira Olivera Garcés.
Pero cuando nace el Chiquito, al poco tiempo, ya se produce una ausencia: el padre. Había venido de Siria a los 16 años y en su tierra árabe, Jorge Jury Atrach había soñado con América, con Mendoza, especialmente Tupungato, donde unos compatriotas suyos habían encontrado su lugar en la tierra. Cuando Manuela se le cruzó en la vida él tenía 20 años y ella 17. Pero no era hombre para formar un hogar y mantenerlo. Y el matrimonio duró solo cuatro años. Leonardo apenas pudo conocerlo y poco se acuerda de él: “Era un vago. No quería trabajar. Un atorrante… Una vez que fui a su casa estaba con tres mujeres… Era fiolo… Andaba con cafishios amigos de él”1 . “Mi padre hablaba sobre socialismo. Pero no tuvo militancia, como no fuera comerse a todas las mujeres más o menos lindas que se le cruzaban y jugarse todo. Un socialista cafishio, digamos. Le gustaba tirar el carro al viejo. Pero no quiero hablar mucho de eso porque mi vieja se enoja. Para ella es san Jorge. Jugaba tanto, que una vez me quiso cambiar por un sulky. Mi mamá casi lo mata. Era muy loco y muy tierno”2 . (…)
Escasas son las imágenes que guarda de su primera infancia, hasta los cuatro o cinco años, pues no bien comienza a reconocer su ámbito de vida, ya los padres se han separado “y mi madre y yo nos fuimos a vivir al caserón de los abuelos, que estaba en Mendoza, en el callejón Ortiz”5 . “Un callejón de tierra… Entre los cactus de las esquinas, enormes tunales con sus frutos, dulces y peligrosos, llenos de espinas casi invisibles, que te pinchaban las manos y la boca, cuando los comías… allí descubrí las mariposas y las abejas, y me pasaba las horas como hipnotizado viéndolas volar entre los frutos y las flores de esos tunales… Allí descubrí también a las avispas y esos nidos hermosos que suelen hacer. El caserón era de adobones y tenía unas cuatro o cinco piezas enormes y un patio con palmera… Estuve siempre inmerso entre las mujeres, entre las polleras: mis tías, mi madre, mi abuelita. Nunca paraban de hablar ni de reír. Y me quedaba extasiado viéndolas y escuchándolas parlotear sobre distintos temas y reírse. Siempre se reían, porque eran muy jóvenes. Dormía con ellas. Me gustaba dormir entre ellas, olían tan fresco y lindo… Mi abuelita Pilar cantaba muy bien. Lavaba la ropa y cocinaba y cantaba”6 . “Mi sabia abuela navarra, Pilar Garcés, hablaba con dichos: ‘Mientras más te agachás, más se te ve el culo’. Ahora me acuerdo: a ella la frecuentaba la comadre Felisa, altísima y con un marido cortito. Mi abuelo, un hijo de puta, cuando Felisa se lo presentó, le preguntó: ‘¿Y su otra mitad?’ El criollo no habló nunca más. Venía con la Felisa y se sentaba a tomar mate. Enculado por años, sólo decía ‘Buenas’. Mi abuelo, Ibrahim Olivera Riquelme. Dios mío, con el viejo”7 .
“Me acuerdo de mi niñez, cuando era un incómodo paquete que iba de tía en tía, de abuelita en abuelita, descubriendo distintas formas de pobreza…”8 , porque todo era pobreza en los alrededores de Las Catitas.
De su relato surge que era un niño solo -como aquel que sería luego el de una de sus películas. Un chico “sin caricias”, ignorado por las tías “salvo las caricias de mi abuelito, que tenía la manía de sentarme en su rodillas y estar besuqueándome las horas, inclusive cuando estaba rodeado de esos amigos que hablaban “de política”. En ocasiones, años más tarde, llega a sostener que “fui pibe feliz, libre, sin rígidos códigos, mezclándome con la naturaleza, tomándole afecto a los pájaros y a las flores, a los atardeceres y a esas estrellas que siempre asombraban. ¿Por qué no habría de ser feliz aunque fuese pobre, parece preguntarse, más de una vez? ¿No importaba que él y el Negrito juntasen doce perros atorrantes para acurrucarse con ellos y protegerse del frío, aunque no de las pulgas, en las noches invernales de Cuyo? “De los perros, yo amaba más que a todos, al Cautivo. Con ellos me cobijaba del frío en Mendoza, ese que te cala los huesos, junto a mi hermano el Negrito. Uno silbaba y venía el Cautivo y venían todos los otros perros y se ponían arriba de nosotros y dormíamos tibios”9. Esa calidez – una de las maravillas de la vida- permitía superar las carencias materiales.
“Todos atesoramos la infancia. El pibe que vive en la ciudad recordará a su perro más querido, a su abuela. Claro que de vez en cuando tenés que llevarlo al campo para que sepa que ¡las gallinas existen! ¡Yo fui tan feliz! Feliz como pueden serlo los pibes que viven en el campo…
El hambre duele, pero no es como se ve en los documentales, a los niñitos sucios, los mocos y todo eso. ¡Si supieran que ese chiquillo es feliz! Que corre descalzo, va y viene, va, viene feliz de una manera que quizá desconozca el otro chiquito que a va a la plaza. Para ese pibe, la mayor aventura tal vez haya sido ver mear a un perro contra un árbol. Esos chicos no ven nada. Viven en un contrafrente toda la vida. Por eso es muy importante llevarlos a la plaza, al campo, al parque y contarles lo que es. A ellos, a veces, les cuesta descubrirlo”10.
“Mi mamá era peronista y mi abuelo también. En cambio, mi abuelita era comunista y lo siguió siendo hasta la muerte. Esa vieja debe estar colgada en el infierno y espero acompañarla algún día”11.
Pero, otras veces, recuerda aquella época con tristeza: “¿Un pibe feliz? ¿Yo? ¡La poronga!… Si lo dije alguna vez, lo inventé. Cuando corrés todo el tiempo, escapando, no estás feliz. Yo llegaba a mi casa y veía las carencias de afecto, sentía envidia por los pibes que tenían hogar… Sabés bien lo que es una casa con una mesa tendida. Yo quería esa casa: el pan, el viejo, acá. La vieja, allá, los tallarines. ¿Vos me entendés?”
Pero un día, a aquel pibito sin padre, le desapareció también la madre por un tiempo. Ella se fue con el Negrito a Buenos Aires a la búsqueda del arte, de escribir radioteatros o de tentar suerte en los escenarios, que era también el objetivo de su hermana Elcira, quien llegó a destacarse años después. Entonces, lo mandaron a Luján de Cuyo, a vivir con la abuela Genoveva y su hermana Berta. Tendría cinco o seis años pues aún no había ingresado a la escuela, aunque la lectura que su madre le hacía en los primeros años le atraía y lo conectaban ya al mundo de la cultura.
Hacia 1944, en Luján de Cuyo, con la abuelita Genoveva y su hermana, la tía Berta y Arturo, el hijo de ésta, en la calle La Costa, encontró su nuevo lugar. Cuando se lo relata a Adriana Schettini, insiste en que “eran oscuritos, como te digo, criollos aindiados”12. Puede decirse que allí se inicia como un “cabecita”, un “negrito provinciano”, en esa familia que le tenía fobia a doña Pilar, esa española de Navarra que para ellos era simplemente “la goda”, despreciativamente “la goda”, como llamaba San Martín a los realistas o absolutistas que no querían soltar la presa americana.
Aquella baraúnda de risas y bromas de las tías de Las Catitas es reemplazada por un espacio familiar opuesto para el pequeño de cinco o seis años: familia recatada, recluida sobre sí misma, que casi no tenía relaciones ni salía a pasear, salvo exclusivamente para ir a misa. En esa calle La Costa -así llamada por ser la última del pueblo- prevalecía la quietud, el misterio: “Siempre estuve en Luján en mi niñez, inmerso en velas, rosarios y bizcochitos. Sin embargo, la tía Berta cuidaba un jardín pleno de flores y frutales y varias imágenes de Cristo… Esa imagen de Cristo quedó anclada en mí, no se retiró nunca más. Esa es la imagen que a mí me formó en la solidaridad, en el amor a la gente porque me enseñaron a ver a un Cristo atento a todas las necesidades de los pobres”13. Allí también había pobreza pues sólo tenía trabajo el tío Arturo. (…)
Apenas recorren su memoria algunos de los personajes insólitos de Luján de Cuyo. Entre ellos, el ciego Renzo, a quien el hermano lo llevaba al cine y le relataba la película que no podía ver. A la salida, el ciego se la contaba a Leonardo. También estaba el “Pata e’ pájaro”, a quien en los altos años proyectará recuperar en una película que quedó frustrada. Le faltaba una pierna y en ese muñón tenía un gancho del que le colgaba una pajarera y andaba vendiendo pajaritos de colores. Y después, como ocurre siempre, cada pueblito tiene su tonto. En este caso “El Panchito Brondo” que, pasaba por las tardes a recoger leña y él le decía: Panchito, ¿me vendés la leña? No, se enoja el hombre, contestaba. También andaba por sus calles, en un carrito destartalado, el paralítico Santiaguito, quien le enseñó las primeras letras. Y gracias al cual llegó hasta tercer grado. “También estaba Bordón, el que me prestaba la bicicleta y el Cacho Tamis y el negro Cacerola. Son lo más dulce que tuve en mi vida. Cómo los amo”17.
“Y cómo no acordarse de Marina, que vivía en una casa de enfrente. Una nenita Marina, la hija del policía, que fue la primera que me enseñó a hacer el amor. Era un poquito más grande que yo. Me llevaba al baldío de al lado, me agarraba la pistolita y me la tironeaba. Me encantaba estar con ella, aunque a esa edad no me pasaba nada. Esa misma chica me enseñó lo que era la muerte: un señor todo quieto que se muere. Entonces, le dije: te morís si te quedás quieto… Poco después, me llevaron al velorio de una vecina y era cierto: estaba toda quietita. Marina tenía razón”. La conclusión de Leonardo es obvia: “viví corriendo toda mi vida convencido de que, si corría, la muerte no me iba a alcanzar”.
“Recuerdo la época de mis siestitas. Un día, mi bisabuela me contó, para asustarme, que ella estaba lavando en la batea y escuchó una risa de pájaro que venía de un olivo centenario. Una vecina, doña Margarita, le dijo:
”-Cuando sienta la risa, grite: Volvé por sal. Así sabrá quién es la maligna que la quiere embrujar.
”La risa se repitió y mi bisabuela gritó:
”-Volvé por sal.
”Al otro día, una vecina que le tenía rabia vino a pedir sal. Eso pasaba cuando yo era chico. No salía ni por putas”.
Quizás tendría ocho años cuando empezó a frecuentar el taller de un zapatero remendón de origen chileno que vivía cerca de su casa. Con él hizo un pacto: le cebaba mate, mientras el chileno le enseñaba a tocar la guitarra y a cantar alguna cancioncita: “Yo tocaba algo la guitarra (…)
Canciones de Atahualpa Yupanqui. Yo quería hacer milongas, mis canciones son milongas”18. Pero sólo lo hacía en el taller del chileno o muy de vez en cuando en alguna rueda de amigos, con temor.
Algunos dirán que fue la casualidad, pero ese pibito cuyano, pobre, desvalido casi de afectos, se tropieza en la vida con la obra del “cantor de artes olvidadas”, el poeta “de la patria profunda” que por entonces publicaba sus primeros libros y hacía conocer sus primeras canciones hasta grabar en la memoria colectiva aquello que el Chiquito experimentaría en carne propia: “las penas son de nosotros/ las vaquitas son ajenas”.
1 LF, en Adriana Schettini: Pasen y vean. La vida de Favio, Bs. As., Sudamericana, 1995, p. 28. 2 LF, en reportaje de Julio Petrarca, 1983. 4 LF, en Tiempo Argentino, 21 /8/2011. 5 LF, p. 19. 6 LF p. 20. 7 , Rodolfo Braceli, Adn, La Nación, 17/11/2007. 8 LF, Petrarca, 1983. 9 LF, Clarín Viva, 7/5/1995. 10 LF, en Agustina Rabaini y Pablo Russo. 11 LF, en Petrarca, 1983. 12 LF, en Schettini: p. 22. 17 LF, Adn, 17/11/2007. 18 LF, en revista Raíces, 2007
Norberto Félix Galasso nació en Buenos Aires, el 28 de julio de 1936. Ensayista e historiador revisionista argentino. Realizó biografías sobre muy diversos personajes, entre otros, Mariano Moreno, Discépolo, Raúl Scalabrini Ortiz, Manuel Ugarte, Manuel Ortiz Pereyra, Juan José Hernández Arregui, Atahualpa Yupanqui, Juan Domingo Perón, Mariano Moreno, Jauretche y Victoria Ocampo. Eva Perón, Néstor Kirchner. Así como múltiples ensayos políticos. Una obra muy polifacética y abarcativa, siempre con una mirada nacional y popular.
Los asesores del presidente están asombrados por el manejo de Washington luego del ataque a…
El consultor internacional que vive en Venezuela analiza el escenario global luego del bombardeo de…
El bloque de América del Sur perderá su esencia, el arancel externo común, al tiempo…
La directora de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires analiza el presente…
En una semana en la que el gobierno chavista se está consolidando en el mando…
Los siglos XIX y XX fueron testigos de la dominación y colonización de varios países…
En el gobierno porteño dicen que Caputo logra el superávit por no pagar la deuda…
Trump pone el foco en las protestas para amenazar con algún tipo de intervención en…
La guerra de Ucrania suponía el quebrantamiento de Rusia y el acceso a sus recursos:…
La adecuación de la histórica Doctrina Monroe, ahora interpretada por el Colorario Trump, es hoy…
Ahora, Gerardo Morales ya no es más de la partida. Y de su paso por…
El gobierno de Milei busca que se rebatan las medidas dictadas por la CIDH, que…