Ni hablar de la sorprendente afirmación presidencial de que él y sus seguidores son “estéticamente superiores”.

Vaya paradoja: hay negreros de piel muy clara y negreados rubios y de ojos azules. Pero desde el negro fondo de los tiempos existieron los que trabajaron como negros, los que ocuparon los puestos menos luminosos y a los que –cosas de la suerte negra- dos por tres todo se les pone negro.
El mundo ha cambiado, pero hasta los países más negreros no pueden sacarse de encima lo que alguna vez hicieron con esclavos, indígenas, distintos y negros. Sin embargo, algunas cosas siguen siendo parecidas. Es negro como el carbón el color de la discriminación, del racismo, de la explotación, de la violencia contra segregados, sumergidos y diferentes.
Eso no ha cambiado pese a que bisnietos, nietos e hijos de negros esclavos sean hoy, en muchos lugares, eminencias, lumbreras, poderosos, famosos, presidentes.
Entre nosotros, lo negro carga sobre sus espaldas un peso muy desfavorable totalmente asociado a la ignorancia, al prejuicio de quienes se piensan con autorización para sancionar sin derechos y agigantar el desprecio de clase. De los gauchos e indios hasta el Sargento Cabral, que en la batalla de San Lorenzo ofrendó su vida para salvar al general San Martín, pasando por los que fueron acusados de preparar el asado con el parquet de sus casas, de los cabecitas a los que ahora son identificados como marrones, son muchos los que sufrieron y sufren por el tono de su piel. Los de las provincias, los vulnerados, los que se animan a protestar, los villeros, los grones, son algunos -pero no todos- de los más perjudicados.
Más de lo que quisiéramos, escuchamos consideraciones hirientes como “¿Y qué querés?: son negros de alma” o “hacen cosas de negros“ o “son todos vagos”. Y calificativos mucho más agraviantes todavía sobre los cuáles mejor no entrar en detalles.
A los negros se les adjudica livianamente los valores del desorden, de lo irracional, de lo temible, de lo anómalo, de lo irregular y de lo que queda, o peor aún, debe quedar fuera del sistema. A tal punto, que en algún diccionario sobrevive, como definición de negro, “persona de mal vivir o de mal obrar”.
Son, en síntesis, los feos, sucios y malos de la película.
Esto de la negrada es histórico, algo que proviene de la argentinidad más profunda y de la identidad más retorcida de quienes se sienten mejores, los más aptos, mandamases, y vaya uno a saber por cuál designio de la blancura, personas superiores. Son personas que pertenecen a esa extendida condición social refugiada en el “Yo no fui” y especializados en la universidad en la que enseñan que la culpa, siempre, la tuvo el otro o el que estuvo en el mismo lugar antes que él.
Una pena que el INADI haya tenido tan corta vida y no pudo hacer que ese senador radical que dijo que “en la práctica, los que reciben asignación universal por hijo se les va por la canaleta del juego y de la droga” tuviera que pedir perdón o pagar una multa superior a la cifra que pasaba por su cabeza. Tampoco tuvo sanción el asesor del actual gobierno que disconforme con los resultados de una elección bonaerense dijo, hace poco: “No hay caso, la gente de La Matanza ama cagar en un tacho”. Ni hablar de la sorprendente afirmación presidencial de que él y sus seguidores son “estéticamente superiores”.
Hoy, desde la mirada perturbada de muchos, en la larga lista promotora de discordia, enemistad u odio quedaron incluidos los kukas, el/la kuka o como pretendió descalificar el ministro de economía hace poco en un WhatsApp encabezado con la presunta ironía “kukitas queridos”. El negro de hoy en la Argentina, el de la vida de todos los días o el de la política argentina, se llame como se llame, su nombre empieza con la letra K.
Todo argentino de bien lleva un negro o una negra, elegidos, en el corazón. Un amigo, una pareja, un compañero de trabajo, un familiar, un ídolo. Integran una larga lista de “negritos lindos”. De Dolina a la negra Sosa; del negro Fontanarrosa al negro Fontova; de la negra Vernaci a la negra Fiorentino; de Brizuela Méndez a Alberto Olmedo, de Lavié a Carlos Carella y tantísimos negros anónimos más que día a día aguantan y salen adelante.
Gracias a esos negros y negras que viven con nosotros desde siempre y para siempre y que nos hicieron y hacen la vida mejor.
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