¿Es posible un golpe de Estado? Todo puede ser. Lo más probable es una agudización del conflicto interno.

Con Fabio Nigra estudiamos el tema en 2008, justo cuando ocurrió la crisis subprime. En ese entonces, coincidimos con Zbigniew Brzezinski. El poder norteamericano era omnímodo en 1992, más por la debilidad de las otras potencias que por virtudes propias. Sus problemas económicos, sus fracasos militares (sobre todo en Irak), el estancamiento de la propuesta del ALCA, sus dificultades con sus aliados de la OTAN, más la emergencia de competidores nuevos (China y la India) o la reaparición de algunos viejos, como Japón y Rusia, implicaban claros límites a este poder. Las respuestas de los grupos de poder en torno a los Clinton y a los Bush (que algunos analistas han tildado de «republícratas», porque forman un único partido que controlan a los dos partidos mayoritarios) no han hecho más que agudizar los problemas.
Brzezinski, junto con personajes como Howard Baker (exjefe de gabinete de Ronald Reagan), creía que había que aprovechar el colapso de la URSS para reducir el gasto militar y usar ese dinero para modernizar el aparato productivo y la infraestructura de Estados Unidos. Plantearon que tendrían diez años antes que los nuevos desafíos se convirtieran en realidad. El sector contrario, en general vinculado al complejo militar industrial, proponía profundizar el poderío militar norteamericano, proyectarlo aún más a través del mundo, y así exigir un tributo o un diezmo a diversos países, mientras se hacía con sus mercados y recursos naturales, y ganar tiempo para resolver sus problemas. Ambos planteaban resolver, de distinta manera, tanto la caída en la productividad norteamericana, como el creciente déficit en su balanza comercial. Las remesas de capital en la década de 1990, derivadas del saqueo de Europa del Este, de la deuda externa del Tercer Mundo, y del flujo de dinero derivado de actividades como el narcotráfico y el armamentismo, llevó a una balanza de pagos superavitaria que ocultó los problemas de fondo, y al triunfo de la segunda posición. La crisis subprime de 2008 transparentó el fracaso de esta opción, y el salvataje de Obama a los bancos junto con los incrementos en gasto militar generaron un déficit de presupuesto que apenas si se ocultaba tras la venta de bonos de Tesoro y el hecho de que el dólar era moneda de referencia.
Al mismo tiempo se notaban fracturas importantes entre los sectores dominantes. Los llamados “prusianos” (o sea el complejo militar industrial, petroleras, y un sector informático) habían promovido diversas guerras (los Balcanes, Libia e Iraq en particular) no sólo como forma de enriquecerse y acceder a recursos naturales como el petróleo, sino como forma de negar estos recursos a sus competidores y también de generar un caos mundial que dificultara la competencia. Sus contrarios, denominados “los cowboys” (alimenticias, agribusiness, y los volcados al comercio mundial) se vieron afectados por esto, particularmente porque muchos habían extendido sus operaciones a China y Rusia. Unas 150 corporaciones establecieron sucursales en China, y otro tanto invirtieron en Rusia. El resultado fue una disputa solapada entre estos sectores, que derivó en el primer gobierno de Trump. Su política, que respondía a los intelectuales del Claremont Institute, insistía que Estados Unidos no era más grande, y que por ende debía proteger el mercado interno, promover el comercio, reducir las tensiones internacionales, y dividir Rusia de China, esta última considerada como el principal competidor a nivel comercial.
El fracaso de esta política surgió tanto de las disputas internas entre sectores de poder, como de que China aprovechó el relativo aislacionismo de Trump para penetrar profundamente mercados norteamericanos como América Latina. El gobierno de Biden representó un nuevo avance de “los prusianos”, promoviendo la guerra de Ucrania (para debilitar a Rusia y la Unión Europea), dándole mano libre a Israel con los palestinos y con Irán y Siria, y desatando guerras regionales en Yemen y diversos lugares de Africa y Asia. El resultado fue el debilitamiento del dólar como moneda de referencia, y el aumento del endeudamiento hasta llegar a un 130% del PBI.
Al mismo tiempo, esto generó una crisis interna con aumento de la inflación, mayores niveles de desempleo, y la caída del nivel de legitimidad del sistema político a niveles nunca vistos. Esta fue la base del segundo triunfo electoral de Trump, que prometió cumplir las propuestas de su primer gobierno, mientras adoptaba buena parte de la agenda “prusiana”.
Para llevar esto adelante necesitaba movilizar a la opinión pública, y apuntó a hacerlo con su campaña contra los inmigrantes, y contra aquellos que “se aprovechan de nosotros” fueran ellos aliados como los países de la OTAN, o competidores como China. Al mismo tiempo, se lanzó a recuperar su “patio trasero” y sus recursos naturales y mercados. De ahí la invasión a Venezuela y las presiones sobre gobiernos, como el de Argentina, que dejaran de comerciar con China.
Este es un proyecto a largo plazo, con lo cual el trumpismo tiene en mente mantenerse en el gobierno más allá de este gobierno. Así considera la posibilidad de una re-reelección de Trump (o su sucesión por alguien similar como JD Vance), y la posible suspensión de las elecciones en aquellos estados opositores, utilizando la conmoción interna generada por el accionar de ICE. ¿Es posible un golpe de Estado? Todo puede ser, pero lo más probable es una agudización del conflicto interno. Esto a pesar de que las políticas de Trump retienen un 45% de apoyo de la opinión pública, sobre todo en el sur y el medio oeste.
Mientras tanto lo que se nota es que la crisis norteamericana continúa sin interrupción, generando desesperación y una agudización de las luchas entre los sectores dominantes. Y también que los sectores dominantes siempre recurrieron, como una salida a las crisis norteamericanas, a la guerra. Estamos ante un nuevo brinkmanship, o sea pararse frente al abismo a ver quién cede primero antes de caerse al barranco.
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