Columna de opinión.
En Brasil, a medida que avanza el golpe, se torna más evidente que el impeachment contra Dilma Rousseff fue un medio para que el capital imponga su pauta: reducción de salarios directos e indirectos, restricción de las libertades democráticas y alineamiento subordinado a la política externa a los Estados Unidos.
Las crecientes violaciones a los Derechos Humanos en el Brasil alcanzan diversos y entrelazados aspectos de la clase trabajadora, ya sea en el exterminio de la juventud negra en las periferias, en el derecho a la diversidad sexual y religiosa, o en la vida material, educativa y cultural. En este contexto de crisis profunda, las violaciones de los derechos en el mundo del trabajo ocupan un lugar destacado: la esclavitud contemporánea y el trabajo infantil son sus fases más crueles; las mujeres, jóvenes y la población negra, sus primeros afectados.
Pero los efectos destructores de la reforma laboral, cuya marca principal es la precarización y la desregulación de la legislación laboral, en poco tiempo impactarán sobre el conjunto de la clase trabajadora.
Por lo tanto, la tercerización irrestricta, la reforma laboral y el conjunto de las medidas adoptadas por el gobierno golpista de Michel Temer afectan a la clase trabajadora con graves consecuencias para las futuras generaciones. Por eso, la lucha inmediata para impedir la retirada de derechos fundamentales se integra a la lucha en torno a los rumbos del mundo en las próximas décadas. «
Sec. de Políticas Sociales y DDHH de la Central Única de los Trabalhadores – Brasil.
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