La Bundeswehr enfrenta un desafío que preocupa a numerosos gobiernos: encontrar brazos que puedan cargar fusiles en una sociedad envejecida, hiperconectada y cada vez más distante de la experiencia militar.

La maquinaria había comenzado mucho antes. Prusia construyó durante siglos una cultura militar que transformó una colección dispersa de principados en una potencia europea. La célebre idea —popularizada por historiadores como Christopher Clark— sostenía que, mientras otros estados poseían un ejército, Prusia parecía un ejército que poseía un Estado.
La conscripción obligatoria actuó como cemento nacional. El uniforme funcionaba como un pasaporte hacia la ciudadanía plena. Así, cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, amplios sectores acudieron a los centros de reclutamiento con entusiasmo. Las fotografías conservadas muestran rostros sonrientes, flores en los fusiles y trenes repletos de voluntarios.
Cuatro años después, ese entusiasmo había desaparecido bajo el barro de las trincheras en Verdún y los cementerios que se extendían desde Flandes hasta Galitzia. El Imperio cayó junto con sus certezas, pero la relación entre los alemanes y el uniforme apenas había iniciado su transformación.
DOS. El ejército del Tercer Reich heredó aquella tradición. Hitler comprendió que las masas podían movilizarse mediante emociones cuidadosamente organizadas. El régimen nazi convirtió el reclutamiento en una operación cultural permanente.
La película El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935), de Leni Riefenstahl, refleja con precisión aquella campaña tras el Congreso de Núremberg de 1934, convertido en escenario central de la propaganda del régimen. Hoy disponible en YouTube, sus imágenes son objeto de estudio. Incluso algunas producciones posteriores, como la marcha imperial de Star Wars o los desfiles bajo la sombra en El Rey León, parecen inspiradas en la estética de aquella puesta en escena.
TRES. Ochenta años después, un recluta alemán aparece en Instagram en una escena habría resultado absurda para un oficial prusiano. Sin embargo, constituye una de las expresiones más visibles de la actualidad.
La Bundeswehr enfrenta un desafío que preocupa a numerosos gobiernos: encontrar brazos que puedan cargar fusiles en una sociedad envejecida, hiperconectada y cada vez más distante de la experiencia militar de antaño, tras décadas en las que la conscripción obligatoria fue suspendida —aunque no abolida formalmente.
Durante la última década, el ejército alemán ha desarrollado series documentales para YouTube, campañas en Instagram y producciones audiovisuales; el reciente lanzamiento de una nueva serie centrada en la vida cotidiana de reclutas muestra esa evolución hacia una narrativa cercana al reality documental.
El mensaje cambió radicalmente. En una Alemania donde los carteles imperiales exaltaban el deber y la propaganda nazi exigía sacrificio, la campaña actual vende experiencia. Los reclutas muestran aventura, capacitación tecnológica y pertenencia a una comunidad. En última instancia, responde a que la Generación Z conecta más con relatos personales que con discursos institucionales. La estrategia refleja esa conclusión: el protagonista ya no es el ejército, sino el individuo dentro del cuerpo.
Tras las pantallas aparece otro debate.
La guerra en Ucrania modificó la conversación. El gobierno alemán sigue la línea de la OTAN en el incremento del gasto militar y discute fórmulas para ampliar las reservas en un país que aún carga con el peso histórico de la Segunda Guerra Mundial. Desde Die Zeit hasta Frankfurter Allgemeine Zeitung analizan periódicamente la posibilidad de algún tipo de servicio obligatorio adaptado al siglo XXI.
Por ahora, Alemania mantiene un modelo basado principalmente en voluntarios. Y ahí aparece una ironía histórica: el Primer Reich necesitó iglesias, escuelas y plazas; el Tercer Reich utilizó cine, radio y organizaciones juveniles; la Alemania contemporánea emplea los algoritmos de las redes sociales. En cada época, los nacionalismos reclutan con las herramientas que poseen.
La diferencia es más profunda. Quizás el verdadero campo de batalla contemporáneo no esté en las fronteras del este europeo, sino en ese lugar invisible donde alguien decide qué merece su atención.
Una muchacha desliza el dedo sobre el teléfono. Ve un video de treinta segundos, sonríe y sigue. Nadie escucha tambores ni ve formaciones bajo banderas. La vieja pregunta alemana, sin embargo, sigue ahí, terca como una humedad antigua detrás de la pantalla.
¿Cómo convence una nación a sus jóvenes de que vale la pena servirla con su propia sangre?
Antes eran sermones, desfiles y canciones patrias. Después, cine, radio y televisión. Hoy, videos que compiten con gatos, recetas rápidas y promesas de fortuna exprés. Todo breve, todo remplazable.
Un país ya no recluta solo soldados: recluta atención. Recluta pertenencia. «
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