El escritor argentino residente en Uruguay presentó en Buenos Aires su última novela publicada el año pasado, Los nuevos, que se refiere al difícil paso de la adolescencia a la juventud de Thiago, Pilar y Bruno, amigos entrañables ante el fin de la infancia.

Los protagonistas de Los nuevos son tres amigos: Thiago, Bruno y Pilar, quienes además de compartir un cariño profundo comparten el también el difícil pasaje de la adolescencia a la juventud y, con frecuencia, con la incomprensión de los adultos que se sienten avalados por su experiencia para dirigirles la vida en la creencia de que conocen el camino que deben seguir sus hijos para alcanzar los mejores logros. Thiago es escritor; Bruno es músico y Pilar hace guiones cinematográficos, es decir que cada uno tiene un rasgo de identidad del propio autor, algo que dice no haber notado incluso una vez terminada la novela.
“Uno tiene muchos nacimientos además del biológico- sintetiza Mairal-y en Los nuevos cada personaje tiene el suyo. Son como despertares. El de Thiago tiene que ver con Aguirre, el peón de campo que le enseña el silencio y el respeto por la naturaleza, por los caballos. Bruno se empodera trabajando. Aprende a trabajar, un chico que nunca había trabajado en su vida. Y de golpe empieza a lavar baños, a pasar la aspiradora y se da cuenta de qué es el trabajo, gana su plata, se emancipa un poco. Creo que Pilar tiene un gran despertar cuando la sigue a Rosa, la mucama, con la cámara y la acompaña hasta la casa. Quizás lo que despierta en ella es la realidad argentina, la distancia social, la diferencia, cosas que ella nunca había visto. Sí, ahora recuerdo que habíamos hablado la última vez de eso, de que la baulera de su abuela donde se mete Pilar tenía algo uterino. Pilar es el personaje aglutinante que cierra la historia de los varones”.
-¿Cómo nació este personaje femenino?
-Al principio me pesaba un poco el rol de Pilar porque en los primeros borradores ella parecía decirme: «yo tengo que cerrar las historias de todos los varones, quiero mi historia”. Y hasta que no supe qué le pasaba a ella con la abuela y la relación con Rosa no tuve el personaje. Fue importantísimo que tuviera su historia. Fue como si ella dijera, “ya que yo voy a aglutinar a estos otros dos, vamos a formar un triángulo. Yo no tenía pensado eso, pero llevé a Pilar a un borde oscuro, a ese sótano y se produjo la historia. En la novela hay muchos espacios muy emocionales.
-¿Y cómo ideaste esos espacios?
-El lugar es una especie de Cabo Polonio, un lugar hippie chic. Lo inventé porque no hay, que yo sepa, un lugar así en la Argentina y yo quería un Cabo Polonio pero negativo, de terror, una aldea así como las que aparecen en las películas escandinavas de terror diurno, como la película Midsommer, con terror pero con luz. Tiene algo medio opresivo. La escenografía es de lugar de calor, un verano en el que no llueve, pero hay viento.
-Es un espacio en el que no hay intimidad.
-Totalmente, no hay intimidad en el espacio, nunca lo había pensado así, pero es verdad, no hay intimidad ni en el baño ni en la cabaña, todos se miran, todos se ven. Lo único que da intimidad en ese lugar es la oscuridad que es visual, no sonora. En lo sonoro todo está medio pinchado, intervenido
– Sí, incluso Thiago oye voces.
-Si alguna vez se hiciera una película, sería muy bueno trabajar mucho con la banda sonora. No recuerdo ahora el nombre de una película sobre el director de un campo de concentración que tiene una casa con jardín. Todo es aparentemente precioso pero, en este falso paraíso artificial de su familia alemana perfecta se oyen los gritos, los balazos, todo el ruido del campo de concentración. Entonces, se superponen el ruido del terror con este falso paraíso.
-El paisaje del lugar nevado donde estudia Bruno en Estados Unidos también tiene algo aterrador.
-Un paisaje blanco. Sí, un paisaje emocional, Bruno ve en la pantallita la gente en el calor saltando en la final del mundial en Buenos Aires. Pero él está solo en ese lago helado. No lo había pensado antes, pero la nieve supone el silencio total porque el sonido no rebota. Es como si te cubrieran el mundo de terciopelo. Sólo se escuchan las propias huellas de Bruno en esa nieve que hacen crash crash, crash. Por algo lo de Bruno salió de lo de Thiago. Es decir que fue casi Thiago el que me presentó a Bruno a través de su cariño.Yo pensé que era una novela corta de Thiago, pero cuando la terminé y me di cuenta de que había tanto cariño por Bruno de parte de Thiago y, a la vez era tal el contraste que dije; «Voy a probar a ver quién es Bruno, escribiendo en tercera persona, no la primera persona porque ya la había usado con Thiago.
-¿Y qué efecto tuvo esa tercera persona?
-Provocó un alejamiento, como si la cámara verbal estuviera un poquito más lejos. Y entonces funcionó por contraste y como una metáfora de lo lejos que están los dos después de haber estado años juntos en el colegio. Todo ese paisaje es metafórico: la soledad, la lejanía, el frío de la falta de vínculos y por eso creo que es tan fuerte el enamoramiento de Bruno, porque de golpe encuentra un calor, encuentra una chica con quien tener a una comunicación más humana dentro de la frialdad de Estados Unidos
-Vos sos una persona en permanente búsqueda dentro de la literatura. Te atrevés a no tener fórmulas consabidas y a hacer cosas tan diferentes como los Pornosonetos o una novela en verso como El gran surubí. ¿Vos sos consciente de esa búsqueda?
-Me halaga mucho que digas eso, pero no tengo muy clara la respuesta. A veces siento que lo que me sucede es que tengo una mirada adolescente que pesa un poco porque me vincula con cierta inmadurez. Pero a veces pienso que lo que llamamos madurez es una trampa del capitalismo porque ser maduro puede querer decir ser un buen consumidor. Sí tengo un poco de rebeldía ante ciertas cosas, pero he criado hijos y he hecho muchas cosas que se consideran de hombre maduro. Pero la literatura para mí es siempre un experimento. Siento que con cada libro tengo que aprender a escribir ese libro. La escritura no funciona como una lancha a motor. También tengo derecho a deshacer las reglas, las normas. Pero, debo confesarlo, hay momentos en que el hecho de escribir libros tan distintos me produce cierto miedo a la dispersión. Además, los editores se preocupan porque lo que más vende es la novela, pero yo me pongo a escribir canciones, me pongo a hacer cosas raras. Por suerte Mercedes Güiraldes, de Emece ,me conoce, sabe que soy así, me acepta así. Lo mismo sucede con mi agente literario y esas son las personas que necesito que me acepten.
-Pero no sólo te aceptan ellos. Tenés muchos lectores.
-Los lectores me van descubriendo. Hay gente que conoce mi faceta de novelista y no tiene ni idea de todo lo demás. Hay gente que conoce mi faceta de poeta o de cuentista y algunos quizá tengan un panorama más completo. También, escribí algunos libros para chicos, a partir de canciones, y ahora escribí uno que se llama El mundo según mi hermano. Mi hijo se lleva 11 años con mi hija y le explicaba de astronomía, de biología o de historia, datos no muy confiables . Y me gustó tanto ese tono de enciclopedia medio dudosa, medio lírica, que le puse ese titulo El mundo según mi hermano. Lo publicó Orsai. Es el libro para chicos más largo que escribí. Igual, es un librito. Pero para mí no hay género menor. No es que es menos importante una columna para un diario de la misma extensión que el texto para una novela. Yo le pongo la misma pólvora, el mismo amor, la misma intensidad. Y eso nos lo enseñó Borges, que hacía de un prólogo una maravilla que parecía un cuento. Es muy borgiana la idea de que el texto es algo que se sostiene en sí mismo independientemente de su extensión.
-¿Cuál fue tu desafío en Los nuevos?
-Uno quisiera, a veces, por inseguridad, hacerse el Borges, escribir sobre grandes temas. Pero elegir tres adolescentes que habitan en un determinado lugar no es en sí algo muy prestigioso, pero es un desafío darles a personajes con ese nivel de orfandad toda la humanidad posible para que sean casi reales. Creo que alguna chispita les debo de haber soplado porque siento que el cariño que la gente les tiene es muy verdadero. Una mujer puso en un comentario: «Me dan ganas de cocinarles». Me pareció tan lindo lo que dijo que a mí también me dieron ganas de cocinarles algo.
-Una característica de tu escritura es que no repetís fórmulas, sino que las rechazás.
-No creas, si pudiera escribir una novela como La uruguaya por año, lo haría (risas). Pero no veo la forma de no repetirme. Pero si fuera auténtico y me divirtiera, sería una cosa que no funcionaría, estoy seguro. La uruguaya es La uruguaya . Pero Los nuevos no me parece menor que La uruguaya.
-No, pero cada libro tuyo genera más expectativas.
-Yo trato siempre de desmarcarme de las expectativas ajenas porque no me hacen bien para escribir.
«Acá hace un calor que se caen los pajaritos, se tiran de cabeza cuando chillan las cigarras. De verdad. Había dos pájaros muertos en el jardín. El Hobbit me dijo que saliéramos, que hoy podíamos hablar afuera. Pero era porque ahí ella podía fumar. Nos sentamos en esas mesas y sillas que parecen robadas de una pizzería. Ella dejó su bolso sobre la mesa, se alejó unos metros para hablar con un enfermero que pasaba, dijeron algo sobre la medicación de no sé quién, me dio la espalda. Volvió a la mesa, sacó los cigarrillos del bolso, lo revolvió buscando fuego, tuvo que pedirle al chico pelado al que tampoco nadie viene a visitar y que siempre está fumando en el mismo lugar. Fumar tabaco se puede. A mí no me dejan, pero los demás pueden. Igual no me gusta el tabaco. Así que el Hobbit volvió con su pucho prendido y me sonrió antes de sentarse. Un Hobbit recién salido de la peluquería. Debe tener un casamiento hoy, una fiesta de la Asociación de Psiquiatría Infanto Juvenil. La AAPIJ. Un institución que si no existe la deberían inventar para que mi terapeuta asignada vaya hoy a la noche a bailar un rato a la fiesta anual….».
Fragmento de Los nuevos, Pedro Mairal.
-¿Sos de los escritores que planifican mucho antes de sentarse a escribir?
-No, si ya tenés todo para qué escribir. Sería como llenar un una planilla o sacar un perro con la correa demasiado ajustada. Eso no es un paseo . Hay que aflojar la correa para que haya disfrute. Esta frase referida a un perro bien podría ser una consigna de taller literario: aflojar la correa en la escritura. Creo que escribir supone un equilibrio entre un deseo, una intuición, una dirección y lo que se va suscitando en el camino. Porque a medida que escribís va surgiendo una voz que sigue su propio rumbo, va alcanzando su propia velocidad y va generando sus propias reglas. Es ése el momento en que las historias, realmente adquieren vida propia.
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