Esta metodología consiste en construir una mentira basada en un elemento superficial y que a fuerza de repetición se transforma en cierta. ¿Es algo nuevo?

Pueden citarse casos emblemáticos de posverdad en la historia reciente de la Argentina. Uno fue la muerte de Alberto Nisman. El cuerpo del fiscal apareció en el piso del baño de su departamento con un disparo en la sien el 18 de enero de 2015. La bala había salido de una pistola Bersa calibre 22 que se encontró debajo del cuerpo de Nisman. El arma se la había dado su empleado Diego Lagomarsino. Jamás aparecieron huellas de otras personas en el departamento. No se encontraron forzadas las puertas. Toda la investigación de la fiscal Viviana Fein condujo a la conclusión de que se trató de un suicidio.
El punto es que la derecha necesitaba utilizar la muerte de Nisman para salpicar a la expresidenta Cristina Fernández en un año electoral. El fiscal había denunciado al gobierno de Cristina por un supuesto pacto con Irán para encubrir a los iraníes acusados de participar del atentado contra la AMIA en 1994. La denuncia se enmarcaba en un operativo más amplio. Lo desplegó el gobierno de Benjamín Netanyahu para derribar el acuerdo que el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, había firmado con Teherán para permitir el desarrollo de energía nuclear con fines pacíficos. Argentina quedó incluida en la operación contra el acuerdo. El memorándum para que el juez argentino viajara a Teherán a tomarle declaración a los acusados iraníes formaba parte del “deshielo” de las relaciones de varios países occidentales con Irán.
Un día Patricia Bullrich vio una serie en Netflix en la que la mafia rusa cometía un asesinato haciéndolo aparecer como un suicidio. Se obligaba a la víctima a sostener la pistola con su propia mano y dispararse en la cabeza. Bullrich contó esto en el programa Almorzando con Mirtha Legrand y dijo: “así ocurrió con Nisman”. Pocas semanas después apareció una pericia de Gendarmería -Bullrich era ministra de Seguridad y jefa de la fuerza- abonando la teoría de que el asesinato del fiscal se había hecho obligándolo a dispararse a sí mismo. La posverdad en su máxima expresión.
Ese mismo año se montó en el programa Periodismo para todos conducido por Jorge Lanata la mentira de que Aníbal Fernández había sido el responsable del triple asesinato cometido en General Rodríguez en 2008. La mentira se basó en la declaración de un testigo que durante el juicio había mencionado a un supuesto involucrado a quien todos apodaban “la morsa”. Aníbal usaba bigotes largos así que todo cerraba a la perfección. Fue tan burda la mentira que ni siquiera la justicia anti-K se atrevió a citar al entonces ministro, pero la operación ayudó a que María Eugenia Vidal ganara las elecciones en la Provincia de Buenos Aires.
Lo que sufrió la Selección y el país durante el mundial es más leve. Se hizo correr el rumor de un supuesto arreglo con la FIFA. Se montó la falacia de un país racista porque en la Selección no hay jugadores con rasgos africanos, como si Argentina fuera la Sudáfrica del apartheid o los Estados Unidos con sus leyes de segregación que duraron hasta finales de la década de 1960. Lo cierto es que Argentina abolió cualquier norma discriminatoria un siglo antes de que lo hiciera EE UU. Y que el país no tuvo grandes corrientes de ascendencia afro como ocurrió en Brasil. Todo eso no importa. No se trata de la verdad sino de instalar una mentira tomando alguna imagen superficial y repetirla, como la morsa o el autodisparo de Nisman. Bienvenidos a la posverdad. Nadie está a salvo. «
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