Columna de opinión de Natalia Florio.

Román, claro, no había nacido cuando Burruchaga hizo el gol decisivo ante Alemania en la final de México ’86. Es el cuarto hijo de la familia: Daiana, Alexia, Mauro y Román. Mauro, en cambio, siguió la tradición y es mediocampista zurdo en las inferiores de River. Román también jugaba al fútbol pero desde chico todos se sorprendían por su nivel en el ping pong. «En el garaje de casa los chicos jugaban a todo, al fútbol, al tenis, y teníamos una mesa de ping pong. Y ahí Román, ya con cinco o seis años, tenía una facilidad bárbara para pegarle», contó Jorge hace unos años.
Con el tiempo, ya jugando en River, Román empezó a jugar al tenis en el Tiro Federal pero a los 8 empezó su camino: dejó de jugar en cancha de 11 y solo se quedó con el baby fútbol de los fines de semana hasta que abandonó por el tenis. «Me gustó más que le fútbol», resumió a los 12. Lo apodan lógico «Burru» y su ídolo es Novak Djokovic. Dice que tiene un juego agresivo y que le gusta cerrar los puntos en la red antes que defender desde el fondo, y se entiende: siempre lo que se hereda no se hurta.
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