
Aun así, el mandatario aspira a su reelección. O al menos a robustecer un espacio opositor que le cuide las espaldas -y la de sus cómplices políticos y económicos- cuando el ubicuo poder judicial argentino ponga su discrecional lupa sobre el latrocinio todavía en curso.
En ese plan, Macri lanzó una campaña donde profundiza el único activo político que le queda: ser el representante de la “Argentina hater”, un colectivo minoritario pero influyente que cultiva la vieja tradición de culpar a los sectores populares -y sus expresiones políticas- por el subdesarrollo argentino.
Macri estimuló -y se benefició- de ese equívoco, fechando en 70 años hacia atrás el inicio de la desgracia nacional. No fue al azar: la data coincide con el inicio del peronismo, la gran bestia negra del país reaccionario, que ayer golpeaba la puerta de los cuarteles y hoy se embandera en la defensa de “La República”.
El partido del odio -que ahora viste de amarillo, pero que muta como el camaleón- maneja varios resortes del poder real. Cuenta con medios, periodistas y formadores de opinión que alientan la estigmatización y el rechazo hacia las expresiones populares como método de sugestión política y control social.
Esa «táctica hater» está en la base de la polarización que propone el último spot del gobierno. «Somos los optimistas, somos los que creemos en la honestidad, en la democracia, en el diálogo, en el respeto por el que piensa diferente» afirma el aviso, y agrega: «Somos los que no transamos con el narcotráfico y los que queremos vivir en paz».
¿Acaso los que no voten por el gobierno son pesimistas deshonestos que rechazan la democracia? ¿Los siete de cada diez argentinos que votaron por la oposición en las PASO transan con el narco y anhelan vivir en el caos?
Es lo que sugiere el spot oficialista, una pieza de propaganda del odio donde el país es dividido en virtuosos (los votantes macristas) e indecentes (todos los demás). Una remake del relato que alumbró el proyecto de clase que encarnó Macri, malogrado, entre otras cosas, por la voracidad de la propia élite que lo entronizó. Y que ahora revolotea sobre Alberto Fernández con la expectativa de llegar bien posicionado al debate central que iniciará en diciembre: quién pagará la cuenta del desastre.
Total normalidad. «
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