Las entradas son delirantemente caras pero aún así se agotan. Si los Mundiales fueron uno de los inventos más populares de la humanidad en el siglo XX, el de 2026 ya es un éxito. Incluso podría decirse que lamentablemente es un éxito. Las tribunas están llenas.

Anoche, Wall, estuve en el Azteca y festejé, porque siempre se hincha por las selecciones sudamericanas, el triunfo 3-1 de Colombia contra Uzbekistán.
Fue mi segunda vez en lo que aquí llaman el Coloso de Santa Úrsula. La primera ocurrió hace 25 años y suena extraña: un Cruz Azul-Rosario Central por la semifinales de ida de la Copa Libertadores 2001. Recuerdo que Gonzalo Belloso, el hoy presidente del club rosarino, jugaba entonces en el equipo mexicano. Y recuerdo también que, en su caracter de residente en el Distrito Federal, alojó a varios hinchas canallas en su casa.
Lo que viene ahora ya no sé si es cierto o no pero tengo el recuerdo -no la certeza- que le pregunté a Belloso quién prefería que ganara, si su equipo de toda la vida o para el que jugaba en ese momento. Creo -creo, no puedo asegurarlo- que me guiñó el ojo, cómplice y pidiendo silencio, y me susurró «Central». Finalmente la serie, tras la vuelta en Arroyito, quedaría para Cruz Azul, que perdería la final por penales contra Boca. Pero en el Azteca pasan cosas salvajes y sentimentales: el corazón desafía la lógica.
Anoche el estadio, que en el Mundial 1986 tenía capacidad para 114.000 personas y ahora para 80.000, estuvo lleno. Y eso que no era fácil llegar: entre bloqueos y cortes de calles por las manifestaciones de los docentes mexicanos, tardé tres horas desde el Ángel de la Independencia y el Azteca, un trayecto que suele hacerse en 50 minutos.
Ya en las tribunas, antes, durante y después del festival de Lucho Díaz, el 90% eran colombianos: ruidosos, futboleros, coloridos. También había lógicamente mexicanos y un grupito de uzbekos que no dejaron de hacer sonar sus tambores, pero el partido parecía jugarse en el Metropolitano de Barranquilla o El Campín de Bogotá, la continuidad de una postal que ya es habitual en este Mundial: las entradas son delirantemente caras pero aún así se agotan.
No sé, Ale, si vos jugás al Prode en el Mundial. Sé que sos ajeno -refractario- a las apuestas pero el Prode con amigos -o desconocidos- es un infaltable en los Mundiales: yo, por ejemplo, participo en dos. Hoy mientras cerraba esta carta, lancé una maldición cuando Sudáfrica le empató sobre el final a República Checa: había puesto 1-0 para los checos. Una tal Rebecca, que vive en España y a quien no conozco pero lidera la tabla de mi Prode, tenía 1-1. No sé quien es pero la maldije a la distancia. También putée cuando Canadá le hizo el tercero a Qatar: yo me había jugado al 2-0.
A lo que voy es que, si se hiciera un Prode del Mundial y la FIFA fuera una selección, sus tres posibilidades de resultados serían triunfo, triunfo o triunfo. Gana, gana o gana. Así como los Mundiales fueron uno de los inventos más populares de la humanidad en el siglo XX, el de 2026 ya es un éxito. Incluso podría decirse que lamentablemente es un éxito. Porque a nadie le gusta el fútbol con cuatro tiempos ni entradas por encima de los 800 dólares. Pero ahí están las tribunas: llenas.
Para el Colombia-Uzbekistán, amigos míos quisieron comprar entradas en los días previos. No bajaban de 800 dólares pero ni así consiguieron. El problema adicional es que, si la FIFA las hubiese cotizado a 1500 dólares, también se habrían agotado. He leído varios artículos de formidables colegas hablando de «la muerte del fútbol» y me niego a ello porque el fútbol seguirá vivo. Tal vez haya muerto «nuestro fútbol» pero igual me seguiré rindiendo a los Mundiales. Ya es todo demasiado difícil como para privarme de esta fiesta.
Por cierto, Wall, le puse un 2-0 a Argentina contra Islandia. ¿Seguís en Kansas City? ¿O ya partiste para Dallas a el partido del lunes? No te pido ninguno de los vasos que la gente se lleva de los estadios pero sí un 2-0. Y si puede ser con goles de Lionel Messi, mucho mejor.
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