Los vecinos de siempre del barrio de Pelusa celebraron en la canchita donde Maradona creció y empezó a darle forma a su historia y a la del fútbol argentino.

Fiorito está igualito. Las casas de alrededor no se terminan de construir nunca. Los ladrillos sin revocar son de antes, de ahora y de lo que vendrá. Fiorito es Diego todos los días. Será Diego también mañana, cuando haya que ir a changuear para ganarse un mango.
Pero ahora es domingo, acá y en Qatar. Pero hoy hay festejo y es uno distinto a todos los que muestran la tele y las redes sociales. No pasan autos tocando bocina, sencillamente porque casi no hay autos. Van y vienen las bicicletas y las motonetas echan humo negro de aceite viejo y barato.
Fiorito también es campeón del mundo y entonces hay vuelta olímpica. Está Pancho Torres, claro, el cantinero histórico del Club Deportivo Estrella Roja. Está la Griselda, el Gallego, la Mabel, el Gordo Morán y la Pochi. Está todo el piberío revoloteando, los viejos sentados secándose la transpiración y las lágrimas.
«Vamos a dar la vuelta olímpica en la canchita», dice alguien. Y ahí se arma la fila desarmada. Algunos corren, otros renguean, los demás caminan… Todos en ojotas. Todos cantan. Se pasan la Manaos de pomelo como si fuera la Copa. No hay un sope para ir al Obelisco, pero creen, siempre creen, que llegan a juntar los billetes para llenar el tanque de gasoil de la camioneta destartalada de Jesús, el verdulero.
La vuelta olímpica no termina porque el potrero es eterno. Eterno como Maradona, que alentó durante todo el Mundial con don Diego y doña Tota desde el Cielo, pero que ahora está acá, en la Tierra reseca de su potrero de Fiorito.
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