Éric Fassin: «El neofascismo no necesita imponerse por la fuerza como en el pasado, porque ahora logra mayorías»

Por: Claudio Cormick / Valeria Edelsztein

A propósito de su último libro, Misère de l’anti-intellectualisme, el sociólogo, docente y antropólogo francés habló con Tiempo sobre las ultraderechas y por qué aparecen como el cambio y la revolución. Apunta: “El neoliberalismo es una manera de cambiar las subjetividades, de transformar el mundo no solo desde afuera sino desde adentro”.

Es una tarde muy calurosa en una París que no se resigna al cambio climático y sigue sin adoptar masivamente el aire acondicionado ni servir las bebidas lo suficientemente frías. Estamos acá por una circunstancia inusual dados nuestros salarios: una de nosotros (N. de R.: Valeria Edelsztein) ganó en diciembre el premio “Científicas que cuentan”. Esperamos en un bar, y el que llega a los pocos minutos, con un entusiasmo que sobrevive a su propio pesimismo, y un castellano mejor que nuestro francés, es Éric Fassin, sociólogo y antropólogo, docente de la Universidad París 8 y cuyo inminente libro, Misère de l’anti-intellectualisme, recién terminamos de leer. Dos días antes, presenciamos la mesa redonda sobre “Conjurer le fascisme” en las jornadas de la revista británica Historial Materialism, y el intercambio al que asistimos motiva nuestra primera pregunta:

–¿Tiene sentido, para referirnos a los avances de una derecha que logra imponer reformas reaccionarias sin romper con el marco legal de las democracias liberales, hablar de “fascismo”, o, como lo hacés vos, de “neofascismo”? En Argentina, hace 50 años, medidas neoliberales como las que terminó imponiendo la dictadura solo fueron posibles después de un golpe de Estado. El plan económico de Celestino Rodrigo en 1975 enfrentó una huelga general, no se pudo implementar en ese momento, y solo se pudo aplicar con éxito implementando una represión con casi 900 centros clandestinos de detención. Hoy, profundizar políticas económicas así de regresivas ya no supone salir del marco democrático. ¿Por qué, entonces, “neofascismo”?

–El fenómeno que vemos hoy es algo que podría describirse de dos maneras, que son dos títulos posibles para mi nuevo libro sobre Trump. Por un lado: Un golpe de Estado democrático. Hay una obvia tensión ahí, pero por eso me gusta llamarlo de esa manera. El otro: Un neofascismo mayoritario. Estos dos procesos no solo coexisten, sino que se relacionan uno con el otro. El 6 de enero de 2021 en Estados Unidos asistimos a un intento de golpe de Estado clásico, con violencia, irrupción en el Capitolio y negación de los resultados electorales. Pero ese intento fracasó. Lo que vino después fue más sutil, pero no menos grave: una ofensiva institucional que modifica la legalidad desde adentro, como lo vemos hoy en las decisiones de la Corte Suprema que, por ejemplo, limita la capacidad de los jueces para intervenir ante casos de inmunidad presidencial. O con la reciente renuncia del rector de la Universidad de Virginia, tras presiones y amenazas. No es ilegal, todo es legal, con cambios de la legalidad, naturalmente. Pero no es un golpe de Estado clásico.

Por otro lado, el elemento mayoritario me parece importante porque es una diferencia con el pasado. La necesidad del golpe de Estado clásico, con violencia, se debe a la imposibilidad de obtener una mayoría. Esta forma de neofascismo no necesita, como en el pasado, imponerse por la fuerza porque ahora logra mayorías. En este contexto, me interesa pensar la articulación entre neoliberalismo y neofascismo. No siempre estuvieron unidos: durante los gobiernos de Blair, Zapatero o Clinton, había neoliberalismo sin neofascismo. Hoy, esa convergencia es evidente. El neoliberalismo ha transformado nuestras subjetividades: ya no esperamos protección del Estado. Nos convencimos de que la única protección posible es la de la familia, los círculos más cercanos. Ese imaginario, que niega la solidaridad estatal y deslegitima el gasto público, es terreno fértil para la ultraderecha. Lo vemos en discursos como el de J. D. Vance en Estados Unidos o Marine Le Pen en Francia, que apelan al “amor al prójimo” como una forma de justificar la exclusión: primero mi familia, las personas más cercanas, después los demás. Esa subjetividad —que percibe al Estado como una amenaza, como un ente que usa mis impuestos para ayudar a “los otros” (inmigrantes, pobres, etcétera)— contribuye al desmantelamiento del Estado de Bienestar. Ahí está la trampa. Desde la izquierda se suele suponer que el pueblo, naturalmente, debería oponerse al neoliberalismo porque lo perjudica. Pero en realidad, muchas veces esa misma lógica subjetiva los lleva a abrazar soluciones autoritarias. Y esa paradoja es la que me interesa explorar más a fondo.

Por qué la izquierda no es «deseable»

La conversación se interrumpe brevemente cuando traen las bebidas. Al retomar, abordamos un punto que hemos tratado en una columna de Tiempo Argentino: el del anti-intelectualismo: “Hay distinciones entre diversas formas de lo que yo llamo ‘anti-intelectualismo’. Puede discutirse si ciertas posturas deben o no considerarse anti-intelectualismo; en algunos casos, ambas opciones pueden ser válidas, dependiendo del criterio que se utilice. No se trata solo de una distinción teórica, sino también de una decisión práctica, pero es importante. Por ejemplo, en el caso de Trump, yo creo que hay una tensión entre Musk y Bannon. Bannon encarna una versión claramente populista, anclada en el rechazo a las élites culturales e intelectuales. Musk, en cambio, representa una variante tech del mismo proyecto reaccionario. Por ejemplo, en los debates sobre inmigración, Musk ha defendido la necesidad de otorgar visas especiales para personas con altos niveles de educación o habilidades específicas, en función de su ‘valor’ para la economía y la innovación. El resultado es que ambos coexisten en tensión: una versión intelectual reaccionaria, elitista, no populista, en el caso de Musk, y una versión del ‘sentido común’ en el caso de Bannon”.

–Cambiando ligeramente el eje, cuál es tu opinión sobre cómo es que la derecha logró situarse en un rol de novedad, renovadora, y que paradójicamente la izquierda o el progresismo hayan quedado asociados a una visión de defensa del statu quo. Parafraseando a Stefanoni: ¿por qué la rebeldía se volvió de derecha?

–A ver, creo que es “fácil” de responder. Me imagino que hay un cambio, una inversión de la hegemonía ideológica. Es un cambio que se da en muchas partes del mundo, no es meramente local o regional. La consecuencia es que la izquierda, la mayoría del tiempo, está en una posición de resistencia, y es la razón por la que la izquierda no es “deseable”. La izquierda la mayoría del tiempo dice “no”, aparece conservadora, apunta a la conservación del Estado de Bienestar. Tomemos la idea de “reformas”, por ejemplo. “Reforma”, hoy, es una palabra de derecha. “Revolución” es una palabra de derecha. Y la razón, naturalmente, es el cambio de hegemonía; lo que pasa con el fin del comunismo, lo que pasa con el neoliberalismo, es que cambia las subjetividades.

Foto: @USembassy-ok

–Ahora, hay algo un tanto paradójico. Los espacios políticos que tradicionalmente habían defendido esas conquistas, una vez que se llevó adelante el desmantelamiento neoliberal del Estado de Bienestar, se convirtieron en gestores del neoliberalismo: lo hicieron los partidos socialdemócratas en Europa, el Partido Demócrata en Estados Unidos, el peronismo en Argentina. Irónicamente, la que tomó la agenda de denunciar las calamidades sociales producidas por el neoliberalismo no fue la centroizquierda, fue la ultraderecha. ¿Esto es así en el caso de la denuncia de la precarización laboral o de la pauperización, aunque se dé en el marco de un discurso anti-migrante?

–Perdón por citarme a mí mismo, pero escribí un libro en 2014 que se llama La izquierda: el porvenir de una desilusión, que es una crítica de los socialistas en el tiempo de Hollande. Mi argumento es que todo el tiempo se da un movimiento relacionado con la hegemonía ideológica de la derecha: la derecha imita a la ultraderecha, y la izquierda imita a la derecha; todo se va corriendo. La consecuencia es que la ultraderecha, para diferenciarse, necesita más radicalización. Al mismo tiempo, mi argumento sobre las subjetividades es que todos nosotros necesitamos adaptarnos a un mundo neoliberal. Ahora, yendo a la cuestión de la contradicción de conservar y no conservar los logros del Estado de Bienestar, son dos manifestaciones de la hegemonía político-ideológica. Siempre hay una justificación de parte de la izquierda diciendo “somos realistas”, que es la repetición, todo el tiempo, del discurso de la derecha: sobre la seguridad, sobre la economía, sobre el antisemitismo. En el caso de Francia, el último progresismo parcial de la izquierda en el gobierno fue la cuestión del matrimonio homosexual; después nada. En particular, hubo una conversión completa, desde el primer día del gobierno de Hollande, no solo al neoliberalismo —con el acuerdo con Merkel—, sino a aspectos más puntuales del discurso de la derecha, como el ataque a los gitanos. La repetición exacta.

Un miniconcepto: la «depresión militante»

Para caracterizar la situación de la izquierda, Fassin utiliza lo que llama un “miniconcepto”, el de depresión militante: “Es interesante, porque cuando hablo de esto en diversos países, todos entienden inmediatamente lo que digo. La idea de que ‘no hay alternativa’, como decía Margaret Thatcher, llevaba a que todos en la izquierda dijeran ‘sí hay alternativa, estamos acá’”. Pero esto, continúa Fassin, choca con la forma en la que “los partidos de la socialdemocracia” se terminan adaptando a los límites impuestos por los neoliberales: “es una manera de aceptar que no hay alternativas. Está la izquierda radical que rechaza a una socialdemocracia adaptada, pero fracasa todo el tiempo. Mis argumentos, espero, no son parte de la depresión, son un poco más optimistas. Es una decisión política decidir que mi trabajo no puede y no debe contribuir a la depresión militante. Porque creo que la depresión militante es como la “astucia”, el truco (la ruse, en francés) del neoliberalismo, es convencernos de que la lucha no es útil, o no es posible”.

La paradoja de un sionismo de antisemitas

Uno de los ejes centrales del último libro de Éric Fassin, reconocido sociólogo, antropólogo y docente universitario en Francia, es el problema del antisemitismo y (lo que definitivamente no es lo mismo) las acusaciones de antisemitismo que la derecha dirige a quienes critican al Estado de Israel por el genocidio en Franja de Gaza. En el texto señala que, de acuerdo a teóricos ultraderechistas anti-inmigración como Camus —el promotor de la teoría conspirativa del ‘gran reemplazo’— “para el modelo etno-nacional que ofrece Israel” es crucial: decir “Israel es de los judíos” funciona como justificación para decir “Francia es de los franceses”, entendidos además en un sentido étnico. Fassin aclara que le importa “no minimizar la cuestión del antisemitismo”.
Pero, a la vez, en su trabajo se plantea: “¿Cómo es posible que alguien como Camus, que es un hombre antisemita, diga que da un apoyo total a Israel? ¿Cómo es posible que sea amigo de Finkelkraut, un filósofo judío, y que escribe sobre judeidad? ¿Y cómo es posible que ministros de Israel inviten a antisemitas como Bardella? La única explicación es que la cuestión del antisemitismo no les importa. La cuestión que importa es un modelo de Israel como un ideal de nación étnica. Es la única explicación. Y significa que la cuestión no es ‘qué es el antisemitismo’; la cuestión es ‘qué es la ultraderecha’, que es diferente. Son alianzas: la fuerza de la ultraderecha es su capacidad de alianzas internacionales”.

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