El cantautor canadiense construyó una carrera singular y siempre influyente. En plena pandemia su vida transcurre entre ediciones de material inédito, reediciones y demandas contra Donald Trump por usar su música en la campaña presidencial.

La preocupación por el cuidado del medio ambiente y la ácida crítica social y política que irradian sus letras; y las agridulces melodías folk, que mutaron a un proto-grunge cuando comenzó a usar distorsión en sus guitarras; definen la obra de este creador, quien también ha sabido enzarzarse en memorables polémicas con pares, sin importarle sus tallas.
Así parecieran seguir siendo las cosas para el canadiense, a juzgar por el tono de sus últimas publicaciones musicales y por su cruzada judicial contra el magnate presidente derrotado en los comicios del pasado 3 de noviembre; con igual firmeza –aunque con mucha más furia en este caso- que cuando a finales de los `70, protagonizó un entredicho con John Lennon, por el mensaje implícito en su famosa canción «Hey, Hey, My, My».
O acaso las mismas fuertes convicciones que lo llevaron, a pesar de su corta edad, a exigir tener voz y voto como condición innegociable para sumarse al por entonces ya popular supertrío conformado por David Crosby, Stephen Stills y Graham Nash.
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