Fernando Samalea presenta «Viviendo el futuro»: giras, Charly García y el archivo vivo del rock argentino

Por: Nicolás Peralta

El libro reúne relatos personales atravesados por décadas de música y cambios tecnológicos. También incluye anécdotas con artistas de distintas generaciones.

Si quedaba alguna duda, Fernando Samalea vuelve a demostrar sus dotes como narrador y ensayista. Acaba de publicar su cuarto libro de relatos en primera persona, Viviendo el futuro, donde uno de los bateristas más importantes del rock nacional —también bandoneonista— repasa experiencias recientes: desde el cumpleaños 70 de Charly García hasta la pandemia, además de aventuras internacionales con músicos como Bandalos Chinos o Ca7riel & Paco Amoroso. El volumen sostiene su estilo habitual, una mezcla de memoria, observación y humor, acompañado por imágenes de su archivo personal.

El origen del título, cuenta, surge de una idea compartida con el escritor colombiano Sandro Romero Rey y de una percepción sobre el paso del tiempo: “Es que es como decir que el futuro ha llegado finalmente. Lo que uno fantaseaba a los veintitantos, de alguna forma sucede, diferente a lo que se imaginaba, pero sucede al fin. Ese es un chiste que hacemos con mi amigo el literato colombiano Sandro Romero Rey. Y de ahí surgió el título”.

En relación con sus trabajos anteriores, señala que la principal diferencia es la cercanía temporal con los hechos narrados y la continuidad de su método de escritura. “La más elocuente es que llega prácticamente a la actualidad, es decir al momento presente. Tengo que vivir como para de alguna forma escribir el quinto libro”, explica. En ese marco, destaca también su vínculo con las nuevas generaciones y el aprendizaje que se desprende de ese contacto: “Ahora no me queda otra que seguir adelante y tengo esa suerte de seguir aprendiendo de los jóvenes y compartiendo con proyectos de la nueva generación”. Aun así, ubica el libro dentro de una misma línea de trabajo: “Pero está en la misma sintonía que los anteriores”.

Su escritura, agrega, se apoya en la observación de los cambios culturales y en la adaptación a distintas tendencias, que luego traduce en relatos atravesados por la experiencia personal: “Siempre me gustó ver qué pasaba y fui adaptándome a las distintas tendencias, y eso lo vuelco en estos relatos, mis sensaciones, que las recuerdo muy vividas”. En ese recorrido, identifica momentos específicos: “Los 90 y la evolución del lenguaje tan particular del rap y el hip-hop. Y los años cero y los años 10 y los años 20 fueron trayendo distintas tecnologías del siglo XXI y distintos lógicamente conceptos que me encantan”. Frente a ese panorama, describe una tensión entre continuidad y cambio: “Todo es una mezcla entre que todo sigue muy parecido y por otro lado hay cosas que son completamente diferentes”. Esa complejidad, señala, vuelve difícil traducir los procesos en palabras, aunque insiste en una idea central: “trato de explicar porque siempre los jóvenes marcan el camino”. Desde esa perspectiva, descarta la nostalgia: “Nunca diciendo que siempre el pasado fue mejor. Siempre el futuro es mejor y el futuro es hoy”.

Al reflexionar sobre las distintas épocas, relativiza el alcance de su propia experiencia frente a la historia general. “No sé. Todo lo que viví yo es mínimo con respecto a la historia de la humanidad, y el tiempo dira”, plantea. Como ejemplo, menciona la percepción habitual sobre la música clásica: “A veces se habla de los clásicos: Chopin, Mozart, Beethoven, Brahms y piensa que son todos de la misma época, Eric Satie y tal vez algún otro, pero hay 100 o 200 años de diferencia entre el nacimiento de cada uno”. En ese sentido, considera que los movimientos culturales en los que participó tienen un alcance acotado: “Del que yo hablo es un movimiento que cambio algo, pero es algo mínimo”, y agrega que el rock atraviesa una transformación: “el rock lógicamente está dejando lugar a otra cosa”, aunque sigue siendo “una franja de la humanidad muy ínfima”. Por eso concluye que esas dimensiones son difíciles de medir: “Eso nunca se puede saber”.

En relación con la escritura, destaca el momento del recuerdo como motor del proceso creativo. “Me encanta cuando escribo recordando, porque es psicológicamente muy sanador, porque es volver a vivirlo”, explica, y describe ese ejercicio como una reconstrucción de escenas y conversaciones. Ese trabajo continúa en la relectura, donde encuentra una forma de profundizar lo escrito: “Muchas veces escribo muy apasionadamente, entonces cuando voy releyendo e intentando perfeccionar o ampliar cada parte, de alguna forma me invade siempre un estado de dicha muy grande”. También subraya la importancia de la organización: “me gusta cuando ya tengo el orden cronológico armado del principio al fin y puedo ir haciendo, como digo, barridas del texto”. En ese proceso aparece una proyección hacia el futuro de la obra: “imagino que en 20, 30, 40 años algún chico o chica quizás buscando información sobre el rock argentino quiera leerlo”, ya que, sostiene, “todo lo que uno ha dejado así escrito va a volver a cobrar vida”. De ahí que defina el conjunto de su obra como “cuatro libracos con infinidad de aventuras, giras, grabaciones, viajes”.

Las imágenes cumplen un rol central dentro del libro. Según explica, “completan el combo y la experiencia del libro”, a partir de material propio y de fotógrafos cercanos. Ese uso responde a una decisión sostenida en toda su obra: “Si es como una norma en mis cuatro libros”. También detalla la estructura que organiza su escritura: “Siempre son 10 capítulos, que tiene una introducción, el desarrollo y un epílogo, como algo de cine”, un esquema que le permite ordenar la “vorágine” del material. En cuanto al proceso, describe una práctica fragmentaria y constante: “A veces escribí en el medio de una prueba de sonido… siempre tengo la computadora y voy corrigiendo algo”. Ese flujo de trabajo, explica, se apoya en la aparición de ideas y recuerdos: “Van bajando y los recuerdos afloran”. En ese sentido, define la escritura como una forma de reconstrucción: “es como recrear la vida”, un ejercicio que, según afirma, produce sobre todo “gratitud”. Finalmente, subraya el valor de las imágenes como refuerzo del relato y como puente con distintos universos: figuras conocidas y también personas anónimas que forman parte de ese recorrido, en un contexto más amplio de la música que, concluye, también tiene un atractivo narrativo.

Viviendo el futuro – Fernando Samalea

Páginas: 544. Editorial: Sudamericana.

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