«Tristán y los días por venir»: una adolescencia trans en primer plano, siete años de rodaje y la lucha contra los discursos de odio

Por: Daniel Cholakian

Las directoras cuentan cómo fue acompañar a su protagonista desde los 14 años y por qué eligieron dejar que la realidad marcara el rumbo de la película. El resultado es un relato íntimo que encuentra su mayor fuerza en lo que no subraya.

Tristán y los días por venir es el nuevo documental de las directoras Martina Matzkin y Gabriela Uassouf. Ellas han trabajado juntas en distintas producciones sobre las identidades travestis trans: el cortometraje El nombre del hijo, dirigido por Matzkin, y el largometraje Cuidadoras, que codirigieron. Durante el casting para la primera conocieron a Tristán, por entonces un adolescente trans de 14 años, que las cautivó. Allí nació la idea de acompañar su crecimiento y desarrollo a través de un documental, proyecto que llevó siete años de filmación.

Esta es, en el más amplio sentido del término, una película bella. Nos acerca a Tristán con la sencillez de la cercanía, con empatía por él y su familia, sin poner el acento en explicaciones y menos aún constituyendo un panegírico. Es el acompañamiento (casi) alegre a una persona creativa, que vive con felicidad la posibilidad de asumir su identidad de género en el convulsionado pasaje de la adolescencia a la juventud.

En la conversación que Tiempo tuvo con ambas directoras, Gabriela Uassouf reforzó estas ideas. “No me canso de repetir un comentario de una crítica en Chile, que dijo que Cuidadoras ponía en primer plano la ternura como gesto político. Me parece que Tristán tiene también eso. Lejos de ser naif, es una manera de decidir qué tipo de vinculación y de conversación queremos tener alrededor de la identidad, de cómo somos como sociedad y del modo en que tratamos temas como la vejez, la infancia y la adolescencia”.

El documental acompaña el paso de la adolescencia a la adultez desde la observación y la vida cotidiana.

En esos siete años acompañaron con la cámara la vida de Tristán y su entorno, en primer lugar su madre, Virginia, principal sostén en sus decisiones. La relación entre ellos no es sino la relación de amor y tensión entre una madre y su hijo adolescente. Según Martina Matzkin, “en su vida hay una madre amorosa que acompaña, en un momento en que el Estado y la sociedad acompañaban. Hay un montón de cosas luminosas y un montón de complejidades que rondan la transición. Nos parecía interesante enfocarlo así, con todas esas complejidades y no diciendo que es facilísimo transicionar”. Uassouf agrega: “La relación de Tristán y Virginia no es una relación sencilla. Virginia lo tuvo siendo muy joven y tiene aspiraciones distintas de las que tiene Tristán. Expectativas sobre Tristán distintas de las que Tristán tiene sobre sí mismo. Y todo eso emerge no solamente con su identidad de género, sino también con el futuro, con lo que va a estudiar y de qué va a trabajar”. Para ellas, esa relación no deja de hablar de la pregunta universal de las madres y los padres: saber si sus hijos van a ser felices. En la película, esto tan complejo y simple está contado con el simple andar del tiempo.

La decisión de contar la cuestión de la identidad de género a través de todo aquello que no es un saber o un hacer específico es consciente. “Es ponderar la potencia de la vida cotidiana, porque eso universaliza los temas”, continuó Uassouf. “Veníamos de un momento de muchísima narrativa creada alrededor de la diversidad, pero en ese momento nos era muy necesario también contar historias que sorprendieran por sus otros costados”.

Lejos de los lugares comunes, la película apuesta por una mirada íntima sobre la identidad y el crecimiento.

Lo que sorprende en el documental no es el trabajo de observación que acompaña a su protagonista, sino que puede trazar una línea temporal sin ninguna referencia concreta a esos años de crecimiento de Tristán. “No teniendo un mapa de cuánto tiempo íbamos a filmar, desde el principio sabíamos que teníamos que articular ciertos hitos, como el momento del recibimiento, una celebración, el cambio registral del documento, que son muy movilizadores para una vida, con un montón de cosas que pasan entre estos grandes hitos, que es la vida mientras uno va creciendo”, cuenta Matzkin. “Estar sentado con amigos en la plaza, cenando con la familia, estar en una clase embolado. Ahí se refleja ese crecimiento”. Los años de rodaje siguieron el crecimiento de Tristán, pero este crecer no se detiene, como tampoco lo hace el proceso de transición hacia el hombre adulto que será. Pero la película encuentra en su título el sentido de su proyección más allá del final. “Cuando terminás de ver la película entendés el lugar en el que está Tristán, se puede ver el crecimiento entre ese niño que aparece al principio y el Tristán del final. La película mira hacia el futuro, habla de los días por venir en este contexto. El mundo en el que empieza la película no es el mismo donde termina. Entonces, Los días por venir tiene que ver con dónde dejamos a Tristán, pero también con dónde dejamos a este mundo. Y hay que ver desde dónde nos posicionamos en esa pelea”.

En una escena donde varios jóvenes trans conversan, una chica se pregunta si se puede ser trans sin sufrir tanto. La pregunta surge y se vive con naturalidad, hasta con una risa compartida. Para las realizadoras, ese momento “refleja la importancia de lo que tiene que estar pasando alrededor de una persona para que llegue a hacerse esa pregunta”. En el actual contexto está habilitado que emerjan y se materialicen los discursos de odio, y esto aparece incluso como sombras y amenazas en la película. “Siempre estuvieron ahí”, explica Uassouf. “El problema con el contexto actual es que volvemos a debatir lo más básico, no cómo consolidar esos derechos obtenidos, cómo hacer un Estado más eficiente. Hay que volver a discutir con aquellos que ya sabíamos que no nos quieren, que ahora se ven habilitados a materializar eso en exclusión, marginación y violencia simbólica, física y económica”.

Sobre qué buscaron con el material que presentan después de siete años de rodaje, ella es coherente con lo que se ve en la pantalla. “El gran desafío fue deshacernos de lo que creíamos que íbamos a encontrar y no forzar el material. Nos hemos dado la cabeza contra la pared una y otra vez hasta soltar esas ideas y ver qué es lo que el material cuenta. La película no intenta dar respuestas ni comprobar nada. Con suerte genera más preguntas y más conversaciones que respuestas. Con eso estamos felices”.

Tristán y los días por venir

Dirección y guion: Martina Matzkin y Gabriela Uassouf. Con: Tristán Miranda, Virginia Viera. En cines.

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