El golpe y sus resonancias

Por: Ana María Careaga

El golpe de 1976 dejó consecuencias en lo político, económico, social y cultural. La vigencia de esas resonancias se renueva en interrogantes y debates actuales, como estrategias "blandas" de dominación que no necesitan del asalto militar para atentar contra el Estado de derecho.

Estamos ante un nuevo aniversario del golpe del 24 de marzo de 1976. Un escenario que nos convoca a pensar no solamente en esa etapa histórica, sino en lo que de ella resuena en la actualidad, que no es sino las consecuencias que en el plano político, económico, social y cultural dejó aquella siniestra noche que atravesó cuerpo y alma del pueblo argentino.

Algo de la vigencia de esas resonancias se renueva en interrogantes y debates actuales ante lo que podemos nombrar como estrategias “blandas” de dominación, no por desconocer la dimensión de la crueldad, sino porque no necesitan del asalto militar al poder y ponen de manifiesto cómo se puede atentar, por otros medios, contra el Estado de derecho.

Así, la destrucción de conquistas históricas -a través de luchas que aparecían como consolidadas-, la segregación, la discriminación, la persecución y el odio a la diferencia se desparraman en acciones y expresiones que parecieran despertar las pasiones más oscuras, como modo de tramitación de frustraciones y de la propia exclusión a la que reduce a los seres humanos un sistema profundamente injusto, que se recicla a sí mismo de la peor manera.

En aquel tiempo, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional puso de relieve la necesidad del poder de sembrar el terror para crear las condiciones de posibilidad de implementación de un modelo económico que habría de propiciar un acelerado proceso de concentración económica en desmedro de muchos y en beneficio de muy pocos. Y esto no es sin consecuencias hasta nuestros días, entre otras variables, por la metodología utilizada con una práctica represiva de arrasamiento de la vida.

Y ese atentado contra el acceso a derechos, contra los reclamos legítimos de todos los sectores avasallados, en el marco de un país que ve perder su soberanía, sus bienes, su patrimonio, no es sin el despliegue de un accionar represivo que, no solamente se sostiene en el negacionismo de aquél, sino en su reivindicación. Paradoja que nos evoca, por todo eso, a aquellas representaciones de un desenlace conocido.

Hoy, un aceitado y eficaz engranaje que pone al descubierto la connivencia del gobierno con el poder judicial y el poder mediático, al servicio del poder concentrado, nos dice que, en todo caso, con las formas que adopte su defensa en diverso tiempo y espacio, los dueños del dinero no están dispuestos a resignar nada de su ganancia obscena que, por el contrario, están dispuestos a preservar a cualquier precio. Con la dimensión que ese precio requiera según sus necesidades.

En la Argentina de los años de plomo ese diseño tomó la forma de un modelo concentracionario concienzudamente planificado, como una fórmula matemática en palabras del desaparecedor Jorge Rafael Videla: “Frente al desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido. Si el hombre apareciera tendrá un tratamiento x, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad. No está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”. Así, fue esa la figura por excelencia para llevar adelante el genocidio, poniendo para ello a todo el aparato de las FFAA y de Seguridad al servicio de este dispositivo, que tuvo como objetivo y corolario la desaparición de treinta mil personas -una joven generación comprometida con un proyecto emancipatorio-, la apropiación de bebés, miles de presas y presos políticos, el exilio interno y externo, y un país devastado en el que todavía resuenan, decíamos, esos efectos.

Frente a semejante expresión del mal, la respuesta que construyeron las Madres, las Abuelas, los Familiares, los sobrevivientes, los organismos y otros actores sociales, en plena dictadura, fue del orden de la invención, inventaron un modo de resistencia inédita, que sentó las bases para la fundación de un pacto civilizatorio, que tuvo en el alcance de la justicia el estatuto de lo no negociable.

La tríada Memoria, Verdad y Justicia se inscribió como un nombre de los Derechos Humanos que venía a reponer, a través del testimonio y la reconstrucción de los hechos, un texto arrancado del contexto de la historia. Las Madres visibilizaron como instancia de lucha lo que se pretendía velar a la manera de un secreto a voces. Le dieron otra connotación, hicieron de la desaparición la presencia permanente de una ausencia y restituyeron ese entramado simbólico que había sido arrasado con la vida de sus hijos e hijas.

Hoy, en la estrategia del poder, el odio como pasión oscura, como efecto de sugestión de masas, se impone como intento de desarticulación de los lazos sociales solidarios, junto a la criminalización de la protesta social, de la que el gobierno se jacta en discurso y en acto como mostración, por fuera de la letra de la ley.

Los crímenes del terrorismo de Estado son crímenes imprescriptibles, no tienen vencimiento en el tiempo. Por lo tanto, sus efectos en la subjetividad tampoco lo tienen, perduran como advertencia del horror, hacia el futuro. Aquella respuesta del movimiento de Derechos Humanos introdujo una posición ética que es hoy la que está en crisis en una época en donde la caída de los valores solidarios va de la mano del crecimiento de prácticas fascistas que alertan acerca de esos valores como bienes a afianzar permanentemente frente al malestar en la civilización.

* Doctora en Psicología. Exdetenida desaparecida e hija de Esther Ballestrino de Careaga, Madre de Plaza de Mayo secuestrada por un grupo de tareas de la ESMA en diciembre de 1977,

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