El triunfo en México 86 y la hazaña de Maradona no nos devolvieron las Malvinas ni las vidas de nuestros héroes, pero fueron nuestro triunfo posible. Cuarenta años después, no deja de ser un rival especial.

Wall, cómo va eso. Qué decirte….
Yo acá a la distancia, todavía en México, el lugar donde se fortaleció para siempre la rivalidad deportiva entre Argentina e Inglaterra hace 40 años. Es increíble cómo el partido del sábado ante Suiza quedará en el recuerdo en las próximas décadas, siempre con nervios, siempre ganando, pero es tan fuerte lo que viene que resulta muy difícil no pensar en otra cosa. No sé si recordás la parte del relato de Víctor Hugo Morales en la que muerde las rr de Inglaterra, con bronca por la guerra de Malvinas reciente, de modo que dice «Inglaterrrrrra», luego del triunfo de México 1986.
El sábado a primera hora había muerto Antonio Rattín, el capitán del Mundial 66, el hombre por el que en buena parte empezó la rivalidad deportiva con Inglaterra. Parte de la historia es verdad, parte es mito. No es cierto que se sentó en la alfombra de la reina inglesa. Era una alfombra normal, no era una alfombra real. Isabel II ni siquiera estaba en Wembley.
Pero sí es verdad que a partir de ahí nacieron las tarjetas amarillas y rojas: el Rata se hizo el desentendido con las señas del árbitro alemán, tardó mucho en salir del campo de juego y, a los pocos meses, el jefe de los réferis ingleses se inspiró en las luces de un semáforo. El rojo como sinónimo para detenerse o ser expulsado, el amarillo como símbolo de precaución o amonestación.
Tras el partido, ya sin relación con Rattín, llegó el desmadre. El Mono Más, delantero de River, quiso cambiar la camiseta con un jugador inglés y el técnico de ellos, Alf Ramsey, se lo impidió. Acto seguido, el entrenador nos dijo «animals». Nuestros medios empezaron a tratarlos de «piratas», por la obvia usurpación de las Malvinas, y nació una rivalidad que en 1967 y 1968 tendría dos capítulos a nivel clubes: Racing-Celtic y Estudiantes-Manchester United.
Hasta entonces, el fútbol había tenido una relación cordial, de respeto hacia los inventores del deporte, que tendría un último capítulo pre bélico en un amistoso en 1980 en Londres, cuando Diego Maradona estuvo a punto de hacer un gol muy similar al que terminaría convirtiendo seis años después, en México.
El triunfo en México y la hazaña de Maradona no nos devolvieron las Malvinas ni las vidas de nuestros héroes que murieron en una guerra que implicó, además, el último delirio de los dictadores. Pero fueron nuestro triunfo posible. Y muchos de los soldados que combatieron dijeron -se los pregunté cuando escribía El Partido– lo tomaron como una revancha.
Si ellos lo consideraron así, ¿quiénes somos nosotros para levantar el dedo y decir «no, es una barbaridad comparar el fútbol con una guerra» y pegonar una sarta de frases políticamente correctas? Si el fútbol siempre es más que fútbol, un partido con Inglaterra es muchísimo más que fútbol.
Es cierto: pasaron 40 años de aquel triunfo en el Azteca y 44 de la guerra. Pero los ingleses siguen ocupando nuestro territorio y nuestro reclamo de soberanía sobre las islas continúa firme, aunque tengamos un presidente que dice admirar a Margaret Thatcher. El partido ya no está tan contaminado como el de México, es inevitable, pero no deja de ser un rival especial, por más que respetemos su innegable cultura del fútbol: es la hinchada más viajera de Europa.
Ya estoy nervioso, y todavía faltan más de dos días.
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