El presidente de EE UU dice que aplazó su "decisión final" sobre Irán, que mantiene su propuesta de acuerdo.

Cuando se acerca el 250° aniversario de la independencia de EE UU, la administración de Donald Trump está atorada en Irán, donde junto con Israel intentó una aventura que salió mal y está buscando la forma de salirse de ese escenario sin pagas demasiados costos. De todas maneras, su problema es que hay un acuerdo posible, del que Teherán no quiere correrse, que es rechazado por Netanyahu y la ultraderecha israelí. Porque los iraníes plantean mantener el control del estrecho de Ormuz, que les devuelvan 20.000 millones de dólares congelados por las sanciones estadounidenses y discutir tras la firma de un acuerdo el plan nuclear. Para Washington (Tel Aviv), Irán debe entregar todo el uranio enriquecido en su poder, renunciar a la fabricación de misiles, abrir el paso marítimo y luego hablar de dinero. El planteo de Irán es que EE UU debe firmar lo que se hable ante representantes del mediador, Pakistán, China y Rusia. No confían y tienen razones de peso incontrastables para eso.
Trump, a todo esto, insistió con su discurso amenazador (e infructuoso a esta altura) y dijo que aplazó la “decisión final” sobre posibles nuevos ataques contra Irán. El secretario de Guerra, Pete Hegseth dijo en Singapur que solo aceptará un acuerdo beneficioso para EE UU. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, se jactó de haber incautado unos mil millones de dólares en criptomonedas con las que Irán habría cobrado por el paso por Ormuz. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI), a su turno, confirmó ataques contra una base aérea estadounidense en Kuwait en represalia a los bombardeos estadounidenses contra la ciudad portuaria de Bandar Abbas. En ese marco, resonaron las palabras del presidente Masud Pezeshkian: “no participamos en la diplomacia con humillación”. «
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