«Jamaica no existe»: la posibilidad de una isla y sus sonidos

Por: Nicolás G. Recoaro

Crónica de viaje, ensayo pop, estudio cultural, manual de supervivencia. En su nuevo libro, Daniel Flores sale en busca del poder del reggae, el ska, el dancehall, el dub y otros gritos sagrados de la música jamaiquina.

“Esta es sólo otra historia más sobre Jamaica. No será muy coherente. No tendrá mucho sentido. Pero como toda historia sobre este país, esta es una historia de fantasmas”. Las palabras pertenecen a la serie detectivesca Get Millie Black. Están tatuadas en la Introducción del nuevo libro de Daniel Flores, Jamaica no existe. Apropiada advertencia para una obra que se propone narrar, o mejor desmontar, un mito: el del país caribeño antiguamente conocido como Xaymaca. Lejos de la postal turística del tirano all inclusive, la guía Marley for export y los folletos new age rastafaris; un viaje al corazón real, los sonidos auténticos de Jamaica. La posibilidad de una isla imaginada.

Jamaica no existe se suma al generoso catálogo de Gourmet Musical. Flores es periodista y pilotea la dirección de la revista Rolling Stone en su versión argenta. También es músico, curtido en los ritmos jamaicanos, desde su teclado en la banda Satélite Kingston. Su pasión por el ska también se hizo libro en el pasado: en 2008 publicó La manera correcta de gritar, una gema sobre la escena 2-Tone y sus “skatelites” en estas estas pampas del diablo. En 2017 volvió al ruedo con Remeras rockeras, un ensayo pop viajero sobre otras de sus pasiones: el punk, la autogestión, los vinilos y los recitales Punky Reggae Party en subsuelos del under de Yakarta, Quito, New Orleans, San Pablo y más allá.

Engordado por 30 capítulos, Jamaica no existe hermana crónicas de viajes a la isla; perfiles de santos patronos del ska, el rocksteady, el dub y el dancehall; entrevistas a héroes anónimos y no tanto; frescos balzaquianos sobre el lado salvaje del paraíso caribeño, sus barrios bajos milagrosos y la tierra santa -el caserío de Nine Mile- donde nació Robert Nesta Marley Booker, sus disquerías no aptas para melómanos con problemas cardíacos, sus bolichitos que rinden culto bailable entre humos de ganja a esos tótems llamados sound systems. Confiesa el jamaicólogo Flores: “Estas páginas se originan en el asombro y la fascinación por la complejidad, la riqueza y el alcance de esa música, por esa alucinante línea de tiempo que une las voces cansinas de los cargadores de bananas en el puerto de Kingston, a principios del siglo XX, con los chicos de dreadlocks y remeras de Bob Marley que patean hoy frustraciones por las barriadas populares de cualquier rincón del mundo”.

Diario de mil y una derivas, estudio cultural, manual de supervivencia, Jamaica no existe es un libro transgénero. Un patchwork hecho con retazos de artistas, discos, películas, salas de ensayo, giras, festivales, política, literatura… Hipervínculos que conectan una crónica novelada de Ricardo Güiraldes –¡el autor de Don Segundo Sombra estuvo en la isla en 1916!- con los “banana boats” y la fiebre del calipso; la escuelita de las Hermanas de la Piedad que fue semillero musical con las andanzas y desandanzas de James Bond en las playas; el rodaje de The Harder They Come con la gira mágica y misteriosa de Haile Selassie; y la dura lucha por la independencia jamaicana con su eterna canción de redención.

Harry Belafonte, Max Romeo, Jimmy Cliff, Toots and The Maytals, Bob Andy y siguen las firmas. Jamaica no existe es más que un libro. La mitad de sus capítulos conforman una suerte de set de DJ hecho palabras. Grandes éxitos -y no tanto- con canciones grabadas entre 1962 y 1972, los diez primeros años de Jamaica como nación independiente. Década dorada. En este invierno argentino de motosierra gélida, DJ Flores y sus amigos jamaiquinos pueden salvarte la vida. Será cuestión de darle play.

Un adelanto: «James Bond va a Jamaica»

Quintaesencia de la “música de espías”, el archiconocido tema principal de las películas de James Bond encontró, con los años, un destino imprevisto: se convirtió en una especie de estándar con vida propia fuera del cine. Fue adoptado por la comunidad ska internacional, nada menos. Algo que se podría explicar simplemente por la fama global del agente “al servicio de su majestad” y también por el encanto de su banda de sonido. Pero lo cierto es que detrás de esta relación entre Hollywood y Jamaica hay una historia más compleja, con protagonistas tan estelares como dispares, del calibre de Ian Fleming, John Barry, Byron Lee, Sean Connery, Chris Blackwell y Ernest Ranglin, y con las espectaculares playas y montañas jamaiquinas como escenografía.

Aclararemos, porque nunca se sabe, que 007 y sus primeros films están basados en una serie de novelas del británico Ian Fleming (1908-1964), periodista, escritor, pero también una especie de asesor del MI6, el servicio de inteligencia de su país, durante la Segunda Guerra Mundial. Su biografía indica que en 1943 participó de una cumbre anglonorteamericana de inteligencia en Jamaica, locación que lo complació tanto que se prometió algún día vivir allí.

Efectivamente, tres años después Fleming se había construido una regia casa sobre un pequeño acantilado en Ocabaressa, parroquia de Saint Mary, a veinte kilómetros de Ocho Ríos, en el norte de la isla, epicentro de la Jamaica turística, geográfica y socialmente muy lejos de Kingston. “He examinado una gran parte del mundo. Después de ver todo aquello, pasé cuatro días en Jamaica en julio de 1943. Julio es el comienzo de la temporada cálida y llovía a cántaros todas las noches. Así y todo, juré que, si sobrevivía, volvería a Jamaica, compraría un terreno, construiría una casa y viviría allí todo lo que mi trabajo me permitiera”, escribió Fleming en un artículo para la revista Horizon.

El escritor bautizó a su residencia jamaiquina Goldeneye, nombre probablemente tomado de una operación militar británica durante la Segunda Guerra. Aunque trabajaba en Londres como periodista, llegó a echarse en esa casa hasta tres meses al año varias temporadas. Incluso se casó ahí, en 1952, con Ann Charteris. Y, de paso, tuvo una amante trascendental para el tema que ocupa estas páginas: su vecina Blanche Blackwell, nada menos que la madre del (entonces) joven Chris, dueño de Island Records, el sello discográfico en gran parte responsable de la repercusión mundial de la música jamaiquina.

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