“La CGT de la clase media” y el sueño del progreso argentino

Por: Martín Piqué

Entre el vaciamiento, la IA y los cambios en el empleo, la universidad enfrenta un combo que pone en crisis su mito fundacional

Es toda una experiencia de caminata urbana, y muy recomendable en un día de sol. Transitar desde Plaza Francia hacia la avenida Figueroa Alcorta, en el barrio porteño de Recoleta; caminar sobre el puente peatonal Vítolo -con su parábola curva graffiteada donde los turistas posan para hacerse fotos- para finalmente llegar a las escalinatas de la Facultad de Derecho, marca registrada de la UBA. ¿Cuántos jóvenes argentinos ingresaron a esa mole neoclásica, con sus catorce columnas que remiten al Partenón, con el deseo interior de ser el primer abogado de la familia? ¿Y cuántos, también en la ciudad de Buenos Aires, cruzaron la Plaza Houssay en dirección a la calle Paraguay mientras le daban una ojeada rápida al edificio de diecisiete pisos con seis esculturas alegóricas emplazadas en la fachada que simbolizan la medicina, la anatomía y la ciencia?

La expectativa del progreso personal, el ascenso familiar a través de la educación, está condensada en incontables escenas de jóvenes que entraron por primera vez a una facultad con sus mochilas, en ese momento, aún vacías de apuntes: Derecho, Medicina, cualquiera de las sedes de la UBA pero también en todas las capitales y regiones del país: la Docta, La Plata, Rosario, Comahue, la Universidad del Sur en Bahía Blanca, la del Nordeste en Corrientes y Resistencia, todas las universidades del conurbano… La ilusión de la movilidad social, se ha dicho y se recordará otra vez, constituyó un mojón del sueño de prosperidad y abundancia asociado al difuso objetivo de “hacer la América” que trajo hasta estas latitudes a millones de inmigrantes, la gran mayoría ‘tanos’ y ‘gallegos’.

Si las construcciones edificadas por el hombre van adquiriendo cierto simbolismo, podría decirse que la sede de la CGT de la calle Azopardo -erigida e inaugurada en el año 1950- representa la historia de la clase trabajadora: la historia de sus intereses y de la defensa de sus derechos. En el primer piso de ese inmueble del Bajo porteño se encuentra el salón Felipe Vallese, donde el propio Perón solía dar sus clases de filosofía política sobre “la Comunidad Organizada”: el techo de ese auditorio exhibe desde hace nueve años un mural alusivo realizado por el artista plástico Daniel Santoro. Son diecisiete metros de superficie pintada. “Es la Capilla Sixtina del peronismo”, llegó a decir Juan Carlos Schmid, del gremio Dragado y Balizamiento.

El periodista Martín Rodríguez, coeditor de la revista digital Panamá, como también el historiador Alejandro Galliano, ensayista y docente de la UBA, suelen decir que la Universidad Pública -ellos lo focalizan en la UBA- es “la CGT de la clase media”. Así se refieren a la idea de que el acceso al saber tiene un espacio clave en la constitución de (algo parecido a) la identidad de los sectores medios. Se trata, por eso mismo, de un valor a defender: es la posibilidad de acceder a la universidad como horizonte de progreso, y esto vale tanto para la generación adulta de la población económicamente activa pero también para sus hijos y nietos. Galliano, autor original de la frase, recordó ayer que la universidad pública argentina “ya pasó varias veces por fases de desfinanciamiento” y, sin embargo, “sobrevive”.

“El tema -siguió Galliano en diálogo con el programa ‘Doble Fondo’ de FM La Patriada- es que se va deteriorando por mucho, también por cuestiones de gestión. La universidad se masificó, pero al mismo tiempo se devaluó la educación secundaria.” Galliano, que es un estudioso de los tecnomagnates surgidos de Silicon Valley (escribió junto a Hernán Vanoli el libro Los dueños del futuro. Vida y obra, secretos y mentiras de los empresarios del siglo XXI), consideró que las universidades argentinas resistirán y sobrevivirán a la “ofensiva presupuestaria de este Gobierno” (por el shock ultraliberal mileísta). Pero enseguida advirtió: “El tema es que repiensen su rol en la sociedad.”

¿Por qué sería necesario repensar a la universidad pública en este contexto, en el que enfrenta un ataque sistemático? Un panorama oscuro, por supuesto, que se resume en un recorte presupuestario del 41,6% para las universidades nacionales (variación de diciembre 2022 a abril 2026, datos del think tank CEPA) y en una caída del 34% en el salario universitario docente (cifras verificadas por la ONG Chequeado). ¿Será posible reconstruir, actualizar y mantener vigente aquella legítima y conmovedora aspiración de ‘m’hijo el doctor’ en este contexto en el que la Inteligencia Artificial y las plataformas de datos amenazan todos los procesos productivos? ¿De qué van a trabajar los argentinos?

Galliano recordó que la tensión alrededor de las universidades y el hostigamiento contra ellas trasciende las fronteras: parece ser un rasgo común de Occidente. En EEUU, por caso, tanto el propio Donald Trump como varios tecno-oligarcas de las plataformas que operan grandes volúmenes de datos han cuestionado a las universidades por ser demasiado “rígidas”. Les reprochan no promover el “pensamiento disruptivo”. Trump dedicó varias críticas a las universidades de elite de la Costa Este, las agrupadas en la llamada Ivy League (Harvard, Yale, Princeton y Columbia). Galliano contó, incluso, que varias entidades privadas de EEUU especializadas en I+D (investigación y desarrollo) crearon recientemente “becas de capital” para llevarse investigadores, quienes así van renunciando a las universidades. Detrás de ese proceso están las grandes tecnológicas.

Reconocido por su abordaje de la iconografía peronista, Santoro advirtió sobre “el gran interrogante” que se cierne sobre el sueño de la universidad pública. Dijo que el mundo universitario sigue siendo una “aspiración de lo popular” en la Argentina. Y planteó que cualquier amenaza contra su existencia genera, por esa legitimidad y esa vigencia, “una gran conmoción” en el país. Algunos datos parecen confirmarlo: un estudio conjunto de Alaska Comunicación y Tres Punzo Zero, dirigido por Juan Courel y Shila Vilker, mostró que el 61,4% de los argentinos comulgan con la gratuidad universitaria (34,9% prefieren el arancelamiento; 3,7% no sabe no contesta).

Santoro, de todos modos, se preguntó qué hará el sistema universitario ante “el gran interrogante” que se acerca como una macha indetenible al “mundo del trabajo”. Un mundo que, arriesgó, “cambiará dramáticamente en los próximos años, en no más de una década”. “En cuanto a la proyección hacia el futuro es un gran interrogante. Antes uno iba a la universidad y tenía garantizado un porvenir. El mundo universitario tendrá que adaptarse a esto también”, amplió.

En diálogo con Tiempo, Santoro alertó por la cosmovisión acelerada y deshumanizante que le asigna a “los popes de Silicon Valley”; aquello que representa Peter Thiel. “Una parte de los seres humanos (según esas tesis) estaría sobrando, sería como un sobrante humano. (Para los privilegiados) habría una asignación universal alta, que permitiría comprar bienes. Desde el mundo universitario tenemos un gran problema porque, si somos sinceros, el mundo universitario nunca garantizó nada (a la hora de poner límites): la historia siempre le pasó por los costados”, provocó el artista y pensador, para quien el debilitamiento de la democracia liberal -con su captura por los agentes del tecnofeudalismo– sólo encuentra un límite con la construcción de “un Estado poderoso, al estilo chino”.

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