Columna de opinión.

Houellebecq ya había mostrado su desconfianza hacia un prometedor futuro hipertecnologizado en Las partículas elementales, lo que le valió una sutil pero contundente crítica de Peter Sloterdijk. Para el filósofo alemán, el novelista francés había advertido la crisis del humanismo y su resistencia a una nueva concepción técnica del mundo, pero no se animaba a dar el paso hacia la feliz convivencia entre hombre y máquina. Por eso devolvía a sus personajes al estadio conocido, donde ambos están enfrentados y en constante sospecha.
En retrospectiva, la literatura houellebecquiana encarna esa dualidad en la que estamos inmersos: ante el avance de la máquina nos maravillamos y espantamos con la misma intensidad. Todo sucede como si el ideal tecnológico inspirara los miedos más ancestrales pero al mismo tiempo despertara posibilidades irresistibles. La IA se inscribe en esa matriz. Desafía las capacidades del hombre, pero obliga a imponer un límite ético. Tal vez por eso, la ficción se ocupa una y otra vez de mostrar aquello que se imagina pero se teme, y advierte sobre las consecuencias. Quizá debamos preguntarnos si existe la capacidad de imaginar un espacio donde hombres y máquinas colaboren hacia un universo común. Donde los personajes de Houellebecq se animen a jugar con los monstruos que ellos mismos han creado. En definitiva, que terminen la tarea que el doctor Frankenstein dejó inconclusa.
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