La máquina siempre es sospechosa; por Ingrid Sarchman

Por: Ingrid Sarchman

Columna de opinión.

En La posibilidad de una isla, Michel Houellebecq avizoraba la eventualidad de que la vida tal como lo conocemos desapareciera para dar lugar a otra. La nueva organización social despojaría al mundo de sus defectos humanos, lo haría más funcional a las necesidades, incluso las amorosas. Las primeras hojas describían a un clon teniendo sexo virtual mientras su perro, también copia, lo acompañaba en lo que aparentaba ser un aséptico habitáculo. Pero la novela daba un giro para mostrar el reverso de la maquinaria. Como si el avance tecnológico fuera insuficiente, el clon sentía curiosidad y emprendía la aventura de encontrarse con otros, aun cuando fueran extraños, hablaran otro lenguaje y olieran mal.

Houellebecq ya había mostrado su desconfianza hacia un prometedor futuro hipertecnologizado en Las partículas elementales, lo que le valió una sutil pero contundente crítica de Peter Sloterdijk. Para el filósofo alemán, el novelista francés había advertido la crisis del humanismo y su resistencia a una nueva concepción técnica del mundo, pero no se animaba a dar el paso hacia la feliz convivencia entre hombre y máquina. Por eso devolvía a sus personajes al estadio conocido, donde ambos están enfrentados y en constante sospecha.

En retrospectiva, la literatura houellebecquiana encarna esa dualidad en la que estamos inmersos: ante el avance de la máquina nos maravillamos y espantamos con la misma intensidad. Todo sucede como si el ideal tecnológico inspirara los miedos más ancestrales pero al mismo tiempo despertara posibilidades irresistibles. La IA se inscribe en esa matriz. Desafía las capacidades del hombre, pero obliga a imponer un límite ético. Tal vez por eso, la ficción se ocupa una y otra vez de mostrar aquello que se imagina pero se teme, y advierte sobre las consecuencias. Quizá debamos preguntarnos si existe la capacidad de imaginar un espacio donde hombres y máquinas colaboren hacia un universo común. Donde los personajes de Houellebecq se animen a jugar con los monstruos que ellos mismos han creado. En definitiva, que terminen la tarea que el doctor Frankenstein dejó inconclusa.

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