Una multitud se hizo presente de manera espontánea en Plaza de Mayo, para volver a juntarse y recordar al ídolo a puro pogo.

En el centro de la Plaza de Mayo, la mística se organiza en fogones improvisados. Hay rondas de pibes con guitarras criollas que raspan las gargantas poderosas cantando “Ji ji ji”: “No voy en trenes, no tengo dónde ir…”. De fondo, la Casa Rosada luce en tinieblas, apagada. El cinismo libertario no entiende, ni va a entender jamás, los códigos de la cultura popular.
La plaza se fragmenta en pequeños altares. Un parlante flota sobre las cabezas, el humo de los choripanes como incienso. Banderas con los nombres de la geografía del desamparo -Lomas, Fiorito, Solano, Moreno- tapan el enrejado de la yuta. Las botellas de plástico cortadas a cuchillo queman fernet como si fuera un fuego sagrado.
Nico trabaja en una pollería y se arrimó a la liturgia desde el fondo de Laferrere. “Mi mujer me vio quebrado y me dijo: ‘Andá o nos separamos’”, cuenta mientras aprieta un viajerito de vino tinto metido en un envase plástico. Perdió a su mamá hace dos años; a su viejo, hace cuatro. Primero dos horas a los tumbos en el 96 y después a pata peregrinó desde Constitución. “El Indio era como un ángel para mi soledad. Lo vi en Olavarría. Esta es la última misa, hermano. Amén”.
Es la hora del amor conurbano y los contrastes brutales. Roberto se enteró de la muerte esta mañana en el frígido microcentro. De noche todavía anda grogui, dando vueltas, perdido, llorando con el saco y la corbata de la oficina alborotados, pero se arremanga la camisa para mostrar sus tatuajes ricoteros mientras tararea “Etiqueta Negra”: “En este bosque siempre cruel».
En un rincón, cerca de las vallas que encierran la Casa Rosada, un parlante empieza a vomitar la guitarra herida de «Tarea fina». La multitud estalla en un coro monótono, espeso, que le gana el aire al frío de junio. «El lugar más lindo y seguro del mundo que tuve fue el escenario«, había dicho el Indio en una de sus últimas entrevistas. El escenario ya no está, pero queda el pogo. El pogo más grande del mundo, esta vez, tiene gusto a lágrimas.
A unos metros, Jorge comparte el suelo con su hijo Santi. El padre, de 57 años, tiene la piel curtida por la memoria larga: los vio en Huracán, aquella noche mítica de cuchillazos, barro y corridas. Santi, de veinte y pocos, no se perdía ningún show de Los Fundamentalistas. “Es la familia, eso es el Indio -dice Jorge-. Es como si hubiésemos perdido al sabio de la tribu”.
El aire espeso de la noche huele a birra, asfalto frío y al perfume dulce del porro que pasa de mano en mano. Con las patas metidas en el agua de la fuente anda Jorgelina, una piba que llegó temprano desde Lomas de Zamora: “Eran sus canciones, pero también su compromiso con el pueblo, y más en este momento de mierda”, dice y canta bajito entre lágrimas: “Violencia es mentir”.
Frente a la Pirámide de Mayo, los trapos agitan el viento. María José se define como fundamentalista del Indio de la primera y de la última hora. Levanta un cartelito de cartón tatuado a mano con unos versos de “El tesoro de los inocentes”, que funciona como bandera hacia la victoria en el final de la noche: “Si no hay amor, que no haya nada”.
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