Son las 19 y en Plaza de Mayo suenan las campanas de la Catedral, que acompañan la primera misa ricotera sin el Indio. En medio de la tristeza que deja la muerte, se entrecruzan abrazos de fieles que encuentran contención en una despedida que duele en lo más profundo.

Están todos. La generación que vivió el auge de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desde sus comienzos, los que les transmitieron esa pasión a sus hijos e, incluso, una tercera camada que también sabe bien lo que significa para todo un país la partida de un prócer que cambió la historia del rock argentino y que es parte de la argentinidad.

«Vengo acá con él porque quiero que, cuando crezca, sepa que estuvo cuando despedimos al Indio», dice Ernesto, mientras sostiene a su hijo Enzo de tan solo tres meses —blanco de todos los flashes entre la multitud—.

«A mí la música de los Redondos me cambió la vida», suma Gerardo, de sus treinta y pico, con un tatuaje «PR» en el brazo derecho y un fernet en la mano. «Esto es un antes y un después, a la altura de la muerte del Diego y de Gardel», agrega Fabián, ya entrado en los 60, con su compañera Diana al lado.

«Qué podría ser peor», se escucha desde un parlante mientras retumba Todo un palo. Entre llantos, comienzan los pogos: algunos más tímidos, otros con más intensidad, entre la nostalgia y la gente que arenga hacia arriba intentando evocar al propio Indio. Un pogo de tristeza, melancolía y también de alegría, con vino, fernet y cerveza que llega hasta la cara entre tanto agite.

Con vallas que frenan el acceso a la Casa Rosada, la multitud canta, recuerda y flamea banderas ricoteras. «Matar un rati para vengar a Walter» suena y suena, evocando décadas de historia. Desde el Cabildo en adelante ya no entra nadie, pero entran todos. Hay lugar para el abrazo, para el recuerdo y para comenzar una de las tantas despedidas al prócer que ya se convirtió en bandera.