Lamine, la bandera

Por: Ricardo Gotta

El gesto de la joya del Barcelona reabre la eterna grieta sobre si los futbolistas deben limitarse a jugar o meterse en el barro de la geopolítica. Frente a las amenazas de la Casa Blanca y las derechas globales, Lamine y la selección de Irán anticipan una Copa del Mundo donde la pelota ya no puede rodar al margen del dolor de los pueblos.

Maradona nació en Fiorito, en 1960. Messi, en el barrio rosarino La Bajada, en 1987. Lamine Yamal Nasraoui Ebana, en Rocafonda, Esplugas de Llobregat, Cataluña. Hijo de una camarera de Bata, Guinea Ecuatorial, y de un pintor de Larache, Marruecos. Cumplirá los 19 en pleno Mundial, jugando con la Roja de España. Acaba de celebrar otro título de su Barça blandiendo sobre un micro sin techo una enorme bandera de Palestina.

Usa la 10 blaugrana, como lo hizo Diego, también como Messi. Si bien hace unas horas rentó un helicóptero para pasear sobre Barcelona y seducir a la influencer sevillana Inés García, antes sacudió el debate tomando partido por un pueblo masacrado por el Imperio. El que será sede de buena parte del Mundial; allí donde eligió exhibir Messi sus últimos regates.

Toda actitud es política (también en el deporte) incluso en la negación o en una pretendida indolencia. Tomando distancias, Lamine se perfila como un sucesor: en el fútbol como Lio y en la vida como Diego. Veremos. Pero al aventar los colores del oprimido, aventó sempiternas grietas. Por caso, su propio DT, el alemán Hans Dieter Flick, lo censuró: «Nos dedicamos a jugar fútbol y debemos tener en cuenta lo que la gente espera de nosotros». ¿Qué espera la gente? ¿Que el pibe catalán se reprima, si en EE UU se le antoja bancar a los maltratados migrantes, o a los negros, o a alguna de las minorías segregadas? Mejor que haga como planteó otro símbolo culé, Pep Guardiola: «Un futbolista es un ejemplo a seguir por millones. Su opinión es influyente. Tiene derecho a expresarla. Su postura es algo de lo que debe sentirse orgulloso”.

Lo mismo le pasó a Kylian Mbappé, cuando gritó contra el crecimiento de la derecha francesa. Debió salir al cruce: “Luchamos contra esa idea de que un futbolista debe callarse y limitarse a jugar”.

Restan 25 días para que ruede un Mundial al que no se clasificó Israel y sí Irak, Irán y Jordania, entre 48 representantes de pueblos de todos los credos e ideologías. Otra muestra de un mundo de poderosos y de carentes. Hace unas horas, miles de iraníes desbordaron la plaza Enghelab, en pleno Teherán, para despedir a su Selección, mientras Trump, por enésima vez amenazaba con «aniquilar» a una civilización. Y mientras el capitán del plantel, Ehsan Hajsafi, leía una carta: «Bajo bombardeos y ataques con misiles, trabajamos para enaltecer la bandera de nuestro querido Irán en el escenario internacional». Restan 25 días: el equipo viajó a Turquía, a la espera de que se expidan las visas necesarias para ir a Los Ángeles y debutar el 15 de junio ante Nueva Zelandia. Y que no se cumpla la amenaza de Marco Rubio de impedir el ingreso de parte de la delegación.

La grieta, ellos y nosotros. Así como el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, sin ruborizarse acusó a Yamal de «incitar contra Israel y fomentar el odio», el presidente español Pedro Sánchez (hincha confeso del Atlético Madrid), salió en su defensa: «Sólo expresó la solidaridad por Palestina que sentimos millones…». Agregó «de españoles»: podría no haberlo hecho.

Así como el jugador tiene todo su derecho a plantarse políticamente -quien firma esta reflexión, además lo celebra- no se le debería exigir que, en tiempos de compromisos sociales desteñidos, sea un Che del siglo XXI. Como no se lo exigió a Diego, pese a que lo tenía tatuado en la piel. Aunque lo sospechamos: Maradona habría sido un opositor implacable y pasional de gobiernos como el argentino, el yanqui o el israelí; que así como defendió la causa palestina a lo largo de su vida, lo hubiera hecho hoy; que habría sido maravilloso verlo soltar la lengua en suelo norteamericano a favor de los migrantes. Como habría denostado fuerte al actual gobierno porteño por su «operativo tormenta negra”, repugnante desde el propio nombre, violatorio de derechos y xenófobo.

Una parte del operativo fue en Constitución. A metros del conmovedor mural gigante que recuerda a Diego en un edificio de Av. San Juan. A Lamine también lo pintan por las paredes: Ubay Al-Qurshali y Admed al-Halabi, artistas urbanos palestinos lo hicieron sobre las ruinas de un edificio bombardeado de Gaza.

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